Parasha Ajarei Mot-Kedoshim

Cuando el entorno te empuja a reaccionar… elegí quién querés ser.

Hay momentos en la vida en los que algo se rompe.
No siempre es algo visible. A veces es una ilusión, una certeza, una forma de ver el mundo que ya no vuelve a ser igual. Así empieza la Parashá Ajarei Mot “Después de la muerte”.

No es casual que la Torá elija comenzar desde ahí, desde lo que duele, desde lo que nos desordena.
Porque cuando algo se quiebra, lo primero que necesitamos no es inspiración… es volver a encontrar un eje.
La parashá nos habla de límites, de cuidado, de espacios que no se pueden atravesar de cualquier manera.

Eso, hoy resuena más que nunca. Vivimos en un tiempo donde todo es inmediato, donde opinamos y reaccionamos rápido, sentimos todo muy intensamente.

Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos, ¿desde dónde estoy actuando?

Ajarei Mot nos susurra algo simple pero profundo, no todo lo que sentimos debe convertirse en acción.
No todo lo que podemos hacer, deberíamos hacerlo.

Justo cuando logramos entender eso… aparece Kedoshim. “Kedoshim tihyú” que significa “Serán santos”.
Pero la Torá no nos pide que nos alejemos del mundo.
Al contrario, nos devuelve a él.
Nos dice que la santidad está en lo cotidiano, en cómo miramos al otro, en cómo hablamos, en si elegimos la empatía en lugar de la indiferencia, en si somos capaces de frenar antes de herir.

En un mundo tan cargado de ruido, de tensiones, de polarización, de globalización ser “Kadosh” (“santo”) hoy quizás no sea algo grandioso… sino algo profundamente difícil, es simplemente seguir siendo humanos.
No endurecernos. No acostumbrarnos al dolor ajeno. No perder la capacidad de registrar al otro.

Primero aprendemos a poner límites para no desbordarnos.
Después aprendemos a vivir con sensibilidad dentro de esos límites.

Porque no se trata solo de no hacer daño.
Se trata de elegir conscientemente hacer el bien.
En tiempos donde todo empuja a reaccionar, hacer una pausa… es elegir quién queremos ser.

¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Ajarei Mot-Kedoshim

Después de caerse, siempre es posible levantarse

A veces creemos que los textos proféticos hablan de un tiempo muy lejano, de un mundo que ya no existe. Pero cuando leemos al profeta Amós con atención, descubrimos algo sorprendente, su voz suena increíblemente actual.

Esta haftará -que corresponde al libro de Amós (9:7–15) se lee cuando en la Torá se unen las parashiot Ajarei Mot y Kedoshim, dos secciones del libro de Vayikrá (Levítico), que hablan sobre la responsabilidad moral del pueblo y sobre el llamado a vivir con santidad en la vida cotidiana.

El nombre de la parashá “Ajarei Mot” significa “…después de la muerte de…” (Levítico 16:1), la Torá abre esta sección recordando un momento doloroso, las muertes de Nadav y Avihu, los hijos de Aarón, quienes habían ofrecido un fuego no ordenado en el Santuario. A partir de ahí, D’s advierte sobre la importancia de no entrar de manera indebida al lugar sagrado, marcando límites claros y recordando que la cercanía con lo divino exige responsabilidad y conciencia.

La segunda parashá, “Kedoshim”, significa “Santos”. Toma su nombre del versículo Levítico 19:2, donde aparece uno de los llamados más profundos de la Torá “…Santos serán…”.

Pero la santidad que explica la Torá, no se limita al espacio sagrado. Se expresa en la vida cotidiana, en la justicia, en el cuidado del prójimo, en la educación, en la honestidad y en el respeto por el otro. En definitiva, en la forma que una sociedad decide vivir.

Ese mismo espíritu atraviesa la voz del profeta Amós. No pertenecía a una familia sacerdotal. Era un simple pastor que vivía en una pequeña localidad del reino de Yehudá. Sin embargo, en algún momento del siglo VIII a.e.c., D’s lo llama a llevar un mensaje al reino del norte de Israel.

El reino vivía un período de estabilidad política y prosperidad económica durante el reinado de Jeroboam II. Pero esa prosperidad escondía una realidad más profunda, crecían las desigualdades sociales, se abusaba de los débiles y la religión comenzaba a transformarse en un ritual vacío, sin ética.

En ese contexto surge la voz del profeta.

Su mensaje es directo, incómodo y profundamente moral. Denuncia la injusticia social, el abuso de poder y la hipocresía religiosa. Para Amós, la verdadera fe no se mide solo por sacrificios o ceremonias, sino por la forma en que una sociedad trata al pobre, al débil y al extranjero.
Los versículos finales de su libro, que leemos en esta haftará, tienen, sin embargo, un tono diferente. Después de las advertencias, aparece una promesa.

El profeta, transmite una idea muy fuerte, el pueblo de Israel puede atravesar crisis, sacudidas y momentos muy difíciles, pero no será destruido completamente. Utiliza una imagen poderosa, Israel será zarandeado como el grano en un tamiz, pero el grano verdadero no se perderá.

Es decir, la historia puede sacudir, pero no borrar la esencia.
Luego aparece una de las imágenes más bellas de la profecía, D’s promete levantar la “…sucá caída de David…”.
No habla de un palacio ni de una fortaleza, sino de una sucá, en una estructura sencilla, frágil y humilde. Y aun esa sucá que parece derrumbada será reconstruida y levantada nuevamente.

El mensaje es claro, lo que se rompe puede volver a levantarse.
La profecía describe un tiempo de abundancia, de tierra fértil, de viñas plantadas y frutos compartidos. Culmina con una promesa que atraviesa generaciones, el pueblo será plantado en su tierra y no volverá a ser arrancado.

Cuando leemos estas palabras hoy, en un tiempo donde el pueblo judío vuelve a atravesar momentos de tensión, dolor y desafíos, pero también de reconstrucción constante, la voz de Amós adquiere una resonancia especial.

Nos recuerda que la historia de Israel nunca fue simple, ni fácil, ni lineal. Siempre hubo caídas, exilios, crisis y preguntas difíciles. Pero también hubo una fuerza profunda que permitió levantarse una y otra vez. La resiliencia esta en su ADN.

Tal vez esa sea la enseñanza más profunda, en diálogo con Ajarei Mot–Kedoshim, la santidad no significa perfección, sino la capacidad de reconstruir lo que parecía perdido y seguir caminando con responsabilidad moral.

Porque la historia de nuestro pueblo, como la de tantas vidas humanas, no se define por las caídas, sino por la capacidad de volver a ponerse de pie.

¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Tazria Metzora

Tanto en la Parasha como en la Haftará de esta semana leemos acerca de personas que sufren Tzaraat (צָרַעַת), una afección física contagiosa, que se manifiesta en la piel, ropa o casas pero que representa una impureza espiritual relacionada a las consecuencias del mal comportamiento, especialmente el habla negativa (Lashón Hará).

Las personas enfermaban, pero si reconocían su error, y tomaban el compromiso de mejorar, HaShem les enviaba una recompensa especial.
Muchas veces sucede que necesitamos recordatorios para repensar ciertos aspectos de nuestro ser que necesitan una reflexión interna para lograr la corrección y el crecimiento personal, para lograr convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Que en estas semanas de cuenta del Omer donde nuestra tradición nos convoca a una introspección diaria nos animemos a repensarnos y a transformarnos en todo aquello que queremos ser.

Shabat Shalom
Debi Fridman

Parasha Tazria-Metzora

“El reflejo de lo que somos”,
por Seba Cabrera Koch.

Parashá Tazria-Metzorá:
Comentario a Levítico 12:1-15:33

A mediados del siglo XIX, cuando una epidemia de cólera provocó una gran cantidad de víctimas en la ciudad de Vilna, los judíos del lugar comenzaron a examinar sus acciones y las de sus prójimos para averiguar los motivos de tamaña tragedia.

Un buen día, uno de los “buscadores de pecados” apareció en casa de Rabí Israel Lipkin de Salant (1810-1883) diciendo conocer al supuesto “culpable” de la epidemia, pidiéndole su pronta intervención.

Israel Salanter, reconocido fundador del movimiento Musar, lo escuchó con paciencia, tal como acostumbraba, y luego le dijo:

“Es sabido, dice la Torá, que el leproso debe ser echado fuera del campamento. Este mecanismo puede ser explicado del siguiente modo: nuestros Sabios, de bendita memoria, consideraban que la lepra venía como castigo por el pecado de la difamación (Talmud Bavli, Tratado Arajin 16a). La calumnia, en realidad, no está prohibida por temor a que se difunda una mentira. Lo malo de la calumnia es que el calumniador se encarga de buscar defectos solo en el prójimo. Por ello se le dice al calumniador: ‘Si eres tan sabio para hallar pecados en tu compañero, sal del campamento, quédate en soledad por unos días, y así podrás encontrar tus propias falencias que, por cierto, no son pocas…’”.

Esta semana nos reencontramos con las porciones de Tazría y Metzorá, que contienen, casi en su totalidad, descripciones de afecciones en las que el Lashón haRá, la utilización hiriente del lenguaje y la palabra, ocasionaba una enfermedad mal traducida como “lepra”.

Hacia el final del capítulo 13 de Levítico, leemos: “En cuanto al leproso, el que tiene la llaga, portará las ropas descocidas y su cabeza estará descubierta y hasta el bigote habrá de cubrirse, e ¡Impuro! ¡Impuro! habrá de proclamar” (Lev. 13:45).

El proceso de purificación de la lepra requería que el afectado fuera apartado de la comunidad. Alli, en lugar de buscar los defectos en su prójimo, como lo hizo hasta ahora, sus pensamientos se enfocarían en reconocer sus propios defectos.

En ese sentido, el Sheláh haKadosh (Yeshaiahu Ben Avraham Horowitz, rabino y místico, 1555-1630) explica que esta experiencia desoladora era el espejo donde el enfermo examinaba sus propias acciones. Asi, el leproso sentía en carne propia, en el más amplio sentido del término, la vivencia que les había causado a los otros con sus conversaciones indiscretas, sus maledicencias y habladurías.

El Baal Shem Tov (1700-1760) explicó la Mishná que señala que “la persona ve todas las afecciones, menos las propias” (Mishná Negaim 2,5). Según el texto de la Mishná, toda persona requiere de un ojo externo para mostrarle aquello que lo afecta. Pero el Baal ShemTov expresa una idea más profunda aún, relacionada con nuestra capacidad de percibir la realidad: según sus enseñanzas, todas las afecciones que una persona pueda ver fuera de uno, son en realidad “nuestras propias afecciones”. Todo lo que percibimos en la realidad circundante es un reflejo de nuestras ideas sobre la realidad y el mundo.

La persona ve en el otro defectos que él mismo posee, “todo aquel que descalifica, lo hace a partir de su propio defecto” (Talmud Bavli, Tratado Kidushin 70b).

Esta idea es también una poderosa herramienta para el auto-conocimiento: si queremos aprender acerca de uno, examinemos nuestro entorno: si vemos lo bueno del Otro, o si solo vemos defectos, dice mucho más de nosotros de lo que creemos. Es el reflejo de lo que somos.

Rashi (acrónimo del gran exegeta francés Rabí Shlomo Yitzjaki, 1040-1105), enseña que “las llagas vienen a causa de la arrogancia”.

Solía decir Rabí Rafael de Barshad (1751-1827): “En el mundo venidero, podré hallar una excusa para cada uno de mis pecados, menos para el pecado de la soberbia. Si preguntaran por qué no he estudiado más Torá, respondería que fui un ignorante que no supo estudiar. Si me preguntaran por qué no he dado más tzedaká, respondería que no tuve suficiente dinero. Si me preguntaran por qué no he ayunado ni me he contenido más de las necesidades corporales, respondería que fui hombre débil. Pero si me preguntaran por qué entonces fui soberbio, no sabré qué responder”. (Surazski, G. Iturei Torá, vol. 4, p. 82).

En épocas bíblicas, el Miklat era el refugio en el cual podía protegerse toda persona que había matado a otra en forma no intencional. Allí un asesino involuntario podría vivir años, pudiendo reflexionar acerca de su conducta y sus consecuencias.

Los Sabios de Israel enseñaron que la lengua también mata. Como analogía, se podría inferir que el alejamiento social no solo representa un periodo de introspección y de reflexión; es un Miklat bazman “Un refugio en el tiempo”, para hacer ese jeshvón hanefesh (recuento del alma) tan necesario para hacer una pausa y ajustar el rumbo en esta vida tan vertiginosa que llevamos.

Semana a semana, el Shabat es nuestro refugio; es una oportunidad para todo aquel que desea detenerse, respirar hondo y recalibrarse espiritualmente, un espacio seguro para reencontrarnos con nosotros mismos; y desde donde, esperemos, podamos salir al encuentro del prójimo.

Shabat Shalom amigos!
Seba Cabrera Koch

Parasha Shemini

PARASHA ShEMinI – שמיני
Vaikrah (Deuteronomio) 9-11
Shabat MeVaRJiM
OMER dia 9

Esta semana leemos la PARASHÁH SHEMINI, la tercera del libro Vaikrah.

Algunos de los temas desarrollados en esta Parasha: la iniciación del servicio de los Kohanim, la muerte de Nadab y Abihú hijos de Aharon, MOshé enseña a los Kohanim como comportarse durante el periodo de duelo, y les advierte acerca de que no tomar bebidas que embriaguen antes de servir en el Mishkán, intercambio de opiniones entre MOshé y Aharon, leyes de Kashrut aplicadas a los animales terrestres, a los peces, a los animales que vuelan y a los insectos, la impureza que representan los animales muertos y lo no apto o apropiado de comer cierto tipo de animales.

Volviendo al nombre de la Parashá, Esta porción tiene algo particular justamente en el nombre…

SHeMiNi, OCtAVo. “y sucedió en el OCtAVo Día que Moshé”… así comienza.

Ya es particular que tenga por nombre un numero, pero además ese “octavo” el relato no lo ubica en un momento calendario, no lo ubica en un mes ni en un periodo. No vincula el octavo día a nada.

Dice ”y sucedió En El OCtAVo Día  que Moshé… ”  qué significa eso?

En el OCTAVO día de qué?  qué pasó en ese tiempo “anterior” al octavo día?…

cual seria el dia uno y contar ocho a partir de ahí?

Lo que sucedió es que pasaron SIETE. Siete días… SIETE.

Pasaron “siete algo”… antes del octavo…

Este es el octavo día DE ALGO… y como NO ACLARA el octavo día de qué, entonces asumimos que se trata de una ley universal… reconocemos que esta secuencia de SIETE, remata en OCHO que significa “algo…” queriendo decir que al octavo (día) (momento) de un proceso sucede algo específico.

Dias… días. Los días son una medida de algo… son en si mismo una unidad que incluye la oscuridad y la luz. Es en SI MISMO una etapa.

Entonces comenzamos a entender que El 7 (siete) define un proceso de completud, que son siete etapas las que conforman lo completo, lo pleno.

Cuando leemos que indica 7, habla de completar todos esos momentos del 1 al 7 para alcanzar determinada objetivo de evolución o maduración.

Siete días de la creación. Siete capas de atmósfera, Siete notas musicales, Siete colores, S I E T E… S I E T E… S I E T E…

Ahora bien… el OCtAVo!! es de esto de lo que queremos hablar, porque así se llama nuestra parashá. La energía disponible, la potencia que nos empuja y nos envuelve esta semana  es de OCtAVo. es La fuerza de ShEMiNi…

Sabemos que los números en el saber judío aluden a una condición. Un número describe un contexto dentro de un proceso…y El OCHO, el OCTAVO, cuando sea que parece el OCHO, se refiere a lo que está por encima del mundo físico, a lo que trasciende las leyes de la naturaleza, alude a lo que supera lo conocido de lo comprobable y acentúa lo infinito.

Porque lo natural es riguroso y predecible. Es imaginable y pronosticable.

El OCHO no.

El OCTAVO es ese estadío en el que trascendemos las leyes físicas y nos animamos a ser ilimitados.

El OCTAVO es ese momento en el que nos paramos por encima de lo natural, y logramos recuperar ese orden sobrenatural que era el Gran Eden.

El OCTAVO es ese momento en el que se rompe lo natural, lo obvio, lo previsible.

Nos toca reparar ese universo sobrenatural que hemos roto.

Nos toca reconstruir ese mundo que va mas allá de lo siete colores que podemos ver, o de las siete notas musicales que podemos oir. HAY mucho mas que eso, pero si solo usamos nuestras herramientas físicas, estaremos limitados.

Nos toca restituir esa definición inicial que le devolverá a este universo su brillo original. Abrir esa compuertas para que este mundo libere esa porción de luz que guarda escondida.

Estar en el OCTAVO DIA significa, estar en ese NIVEL significa por encima de lo limitado. Es estar mas allá de lo restringido, de lo obvio, de lo predecible.

El OCtaVo día es salir de lo escaso, de lo pequeño, de lo insuficiente.

El OCTAVO día es encontrar ese lugar de quietud en donde la fuerzas se aquietan. Es ese lugar donde el balance de energía es tal y es tan perfecto que no tengo que hacer algo para que algo mejore en mi vida, simplemente porque veo cuán perfecta YA ES.

OCTAVO entonces, es un punto de vista.
OCTAVO, es una mirada.
OCTAVO, es poder ver lo completo. Y comprender que esa LUZ o esa ENERGIa es escaparte que somos capaces de apreciar. No es la que hay, sino es la que dejamos entrar,

Por eso al entrar al OCTAVO, limpiemos nuestro filtro. Cambiemos nuestra percepción.
Porque TODA LA LUZ ESTA DISPONIBLE. SIEMPRE.

El OCHO, el OCTAVO, EL INFINITO, no es ni mucho ni poco.
Es TODO ESO Y MAS.
Será lo que podamos percibir.

SHABAT SHALOM UMEBORAJ.
Silvia Dvoskin

Haftara Shemini

La Haftará de esta semana está dentro del libro de “Shmuel Bet” y nos regala una de las imágenes más hermosas del Tanaj, rey David bailando con todas sus fuerzas frente al Arca. No baila como rey, sino como un ser humano sin etiquetas. Se deshace de su dignidad externa para expresar una alegría profunda y genuina frente la presencia del Kadosh Baruj Hu. En ese gesto, David nos enseña que la verdadera espiritualidad no nace de la formalidad, sino de la autenticidad.

Mijal, su esposa, lo desprecia al verlo, incapaz de entender esa entrega. Para ella un rey tiene que cuidar la compostura, para David, el encuentro con lo sagrado te pide verdad interior.Este contraste nos habla de una tensión profundamente humana y es la de vivir pendientes de la mirada ajena por lo que “deberíamos ser” o animarnos a transformarnos en quienes realmente somos frente a Dios y frente a la vida.

¿Cuántas veces dejamos de “bailar” por miedo al qué dirán? ¿Cuántas veces reprimimos lo que sentimos por sostener una imagen?

La Haftará nos dice que la conexión con lo trascendente sucede cuando nos permitimos ser auténticos, sin máscaras ni apariencias. La Emuná, la fé, como la alegría, no se actúa se vive de verdad.

Tal vez el mensaje de este Shabat posterior a Pesaj nos hable de que la verdadera libertad es animarnos a bailar con nuestra propia vida, sabiendo que cuando el corazón se abre con sinceridad, la Shejiná encuentra un lugar donde habitar.

Shabat Shalom
Sem Mati Bomse

Haftara Jol Hamoed Pesaj 1

La historia nos enseña que, una y otra vez, volvemos a levantarnos.

La Haftará que se lee en Jol HaMoed Pésaj -los días intermedios de la festividad de Pésaj- nos lleva a una de las visiones más impactantes del profeta Ezequiel: el “valle de los huesos secos” (del Libro de Iejezkel 37:1–14).

El profeta vivió en el siglo VI a.e.c., durante uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo de Israel. Tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por el Imperio Babilónico, en el año 586 a.e.c., gran parte del pueblo fue llevado al exilio en Babilonia. Allí, lejos de su tierra y de su centro espiritual, la sensación dominante era de derrota y desesperanza. Fue precisamente en ese contexto donde compartió sus visiones.

En una de ellas, Ezequiel es conducido a un valle lleno de huesos. No son pocos, son muchísimos y están completamente secos. Es la imagen de un pueblo que ha perdido la esperanza.

Cuando D’s le pregunta: “…¿podrán vivir estos huesos?…”, la respuesta del profeta es humilde y profunda: “…Señor, Tú lo sabes…”

Entonces ocurre algo extraordinario. Los huesos comienzan a unirse, aparece la carne, la piel… pero aún falta algo esencial: el espíritu. Solo cuando entra el aliento de vida, ese conjunto vuelve realmente a vivir.

La visión es una metáfora poderosa. Los huesos representan al pueblo de Israel en el exilio, cuando todo parece perdido y la esperanza se ha secado. Pero el mensaje divino es claro: incluso cuando la historia parece terminada, siempre existe la posibilidad de volver a levantarse y seguir adelante.

Por eso esta Haftará se lee en Pésaj. La salida de Egipto no fue solamente una liberación física; fue el nacimiento de un pueblo capaz de volver a ponerse de pie una y otra vez, con resiliencia y perseverancia, sin importar los desafíos que le toque atravesar.

La enseñanza es profundamente actual. En la vida personal y colectiva, hay momentos en que sentimos que todo está fragmentado, como huesos dispersos en un valle. Sin embargo, la tradición nos recuerda que la reconstrucción es posible. Primero se juntan las piezas, luego vuelve la forma y finalmente llega el espíritu que devuelve el sentido.

Y quizás hoy, más que nunca, esta imagen nos atraviesa. Vivimos tiempos en los que el dolor, la incertidumbre y las pérdidas pueden hacernos sentir como esos huesos secos, dispersos, sin dirección, sin rumbo.
La historia del pueblo de Israel nos vuelve a enseñar algo, incluso después de la destrucción, del exilio o del quiebre, siempre existe la posibilidad de volver a levantarse.
Pésaj no es solo memoria, es presente y es futuro.
Es la certeza de que, aun en los momentos más difíciles, hay un aliento que nos vuelve a reunir, que nos reconstruye como pueblo y como personas.
Mientras haya espíritu, mientras haya vida, no hay historia que esté terminada.
Porque la vida siempre encuentra la forma de volver.

Jag Pésaj Sameaj.
Am Israel Jai.
Susy Lapilover

Parasha Jol Hamoed Pesaj 1

Sostener lo que empezó

Después de la intensidad del Seder, llega Jol HaMoed. Días más simples, sin grandes ceremonias, sin la estructura tan marcada de los primeros y últimos días de la festividad. Y, sin embargo, son días profundamente significativos. Porque Pesaj no es solo el momento de la salida de Egipto. Es un proceso que recién empieza ahí.

La Torá nos cuenta que el pueblo sale en una noche, casi de golpe, con apuro, con urgencia. Pero todos sabemos —y la experiencia lo confirma— que dejar atrás lo que nos oprime no siempre sucede con la misma rapidez. Salir puede ser inmediato. Transformarse, no.

Y es justamente en ese espacio donde aparece Jol HaMoed. Un tiempo intermedio, más silencioso, donde ya no hay grandes gestos ni momentos extraordinarios. Donde no hay una mesa preparada con símbolos que nos guíen paso a paso, ni una narrativa que nos sostenga.

Ahora la pregunta es otra. ¿Qué hacemos con lo que despertamos? ¿Qué lugar le damos a esas preguntas que surgieron en la noche del Seder? ¿Qué hacemos con esa incomodidad, con ese registro distinto, con ese deseo  de vivir de otra manera?

Jol HaMoed nos invita a algo muy concreto: sostener.

Sostener sin aplausos. Sostener sin emoción intensa. Sostener incluso cuando vuelve la rutina.

Porque la verdadera libertad no se define en el momento en que salimos, sino en la capacidad de construir algo distinto después. En lo cotidiano. En las pequeñas decisiones. En los gestos que nadie ve.

Quizás por eso estos días no tienen la misma espectacularidad. Porque lo que se juega en ellos es más sutil, pero también más profundo. Se trata de no soltar aquello que empezó a moverse. De darle lugar. De cuidarlo. De elegir, una vez más, el camino que queremos construir.

Que podamos sostener, en lo simple y en lo cotidiano, lo que empezamos a despertar en Pesaj.

Shabat Shalom -Pesaj Kasher veSameaj

Haftara Tzav

La haftará de la parashá Tzav, que generalmente se lee del libro de Jeremías, nos trae un mensaje bastante fuerte: el profeta cuestiona una religiosidad que se queda solo en lo externo. Jeremías le habla al pueblo y le dice, básicamente, que no alcanza con cumplir rituales o hacer sacrificios si eso no viene acompañado de una vida ética, de escuchar a Dios y actuar con justicia.

Es un llamado a volver a lo esencial, a entender que lo más importante no es la forma sino el contenido de nuestra relación con lo divino.

Pero cuando Tzav coincide con Shabat HaGadol, como pasa este año, esa haftará no se lee. En su lugar, se elige un texto del profeta Malaquías, que tiene un tono completamente distinto, más enfocado en la preparación y la esperanza.

Malaquías habla de un proceso de purificación y de la llegada de un momento de redención, e introduce también la figura de Eliahu, quien según la tradición vendrá antes de ese gran día. Y no es casual: estamos a las puertas de Pésaj, la fiesta que conmemora nuestra salida de Egipto.

En ese contexto, la haftará de Shabat HaGadol nos invita no solo a recordar una redención pasada, sino a conectarnos con la idea de que siempre estamos en proceso de cambio, de crecimiento, de “salir” de nuestras propias limitaciones.

Siento que este cambio de haftará también dice algo muy actual: hay momentos para la crítica y la introspección, como plantea Jeremías, y hay momentos para levantar la mirada y prepararnos para lo que viene.

Shabat HaGadol es justamente eso, una pausa antes de Pésaj para revisar dónde estamos parados, pero también para ilusionarnos con hacia dónde queremos ir.