Parasha Bamidbar

Liderazgo a través de la Contracción

Iniciamos la lectura del cuarto libro de la Torá traducido al castellano como Números que comienza once meses después de la revelación en el Sinaí (Éxodo 19:1), y un mes después de la finalización del Mishkan. Lo que sigue es una serie de acontecimientos apasionantes que marcan y explican una ¿inesperada? travesía de cuarenta años por el desierto que culmina en las estepas del Moab, al este del río Jordán, justo antes de la muerte de Moshe. De ahí que el nombre hebreo del libro, Bamidbar, literalmente, En el Desierto, le de contexto y sentido a la magnitud del relato.

El título Números, que deriva de las antiguas traducciones griegas y latinas de la Torá, enfatiza un único aspecto del libro: el censo repetido dos veces al Pueblo de Israel (capítulos 1 y 26) y dos veces de los Levitas (capítulos 3-4). De hecho, tres de estos censos aparecen en nuestra parashá y constituyen la mayor parte de los preparativos previos a la partida de las cercanías del monte Sinaí. Además, la parashá describe la disposición de las tribus alrededor del Tabernáculo que no es un dato menor en relación al aspecto comunitario.

Un midrash inusual que me parece oportuno, consideró profundizar en el tema del liderazgo que aseguraría el éxito en la travesía por el desierto. Di-s había puesto al frente de los Israelitas no a uno, sino a tres líderes cuyas virtudes combinadas servirían para satisfacer todas sus necesidades básicas. Di-s colmó a Israel de maná gracias a Moshe, los protegió del calor del sol con nubes gracias a Aarón y les proporcionó un pozo de agua gracias a Miriam. Una lectura atenta de varios textos bíblicos sugiere que no nos enviaron al Desierto sin provisiones (Bamidbar Rabba 1:2)…

El midrash ofrece una visión del liderazgo en la que el poder se comparte. Su autor se muestra muy reacio a otorgarle a Moshe autoridad exclusiva, a pesar del hecho innegable de que, por lo general, Di-s se comunicaba solo con Moshe antes y después del Sinaí. Sin embargo, el midrash afirma que Aarón y Miriam gozaban del mismo favor ante los ojos de Di-s. No todas las bendiciones divinas fluyeron a través de la persona de Moshe… Un gobernante con poder absoluto a menudo carece de la sabiduría necesaria para gobernar y siempre corre el riesgo de abusar de él…

Los cabalistas del Zafed, en siglo XVI, imaginaron que antes de que Di-s pudiera crear el cosmos debía retraerse o contraerse. Si EL y el espacio eran idénticos, no habría vacío alguno en el que pudiera crearse el cosmos. De ahí la necesidad de la contracción divina para dar origen al vacío que llenaría el universo. De esta proposición teológica, me animo a tres conclusiones:

En primer lugar, intelectualmente, los líderes deben adquirir el hábito de la concentración para liberarse del bombardeo de distracciones. Sin el silencio que se logra mediante la introspección, la voz interior jamás se hace audible. La sabiduría para discernir y la energía para crear fluyen del pensamiento solitario. Como Moshe, cada uno de nosotros debe encontrar y generar, su espacio interior donde escucharse y escuchar los ecos de la eternidad.

En segundo lugar, a nivel de gestión, un estilo de liderazgo sin la confianza para negociar y delegar resulta asfixiante e ineficiente. El mismo Moshe carecía de ella al principio. Cuando su suegro, Itro, lo vio intentando resolver todas las disputas por su cuenta, se lo señaló. Tendemos a preservar nuestra autoridad negando, a menudo, a otros la oportunidad de participar, crecer y empoderarse. Negociar implica dar cabida a otras posturas, ser flexibles. Esta conducta amplía el horizonte de un líder y de quienes dependen de él.

Finalmente, desde una perspectiva psicológica, el Tzintzun trata de la reducción del Yo. El poder no debe darnos la ilusión de ser omnipotentes o infalibles. En el gran esquema del universo nuestra importancia es modesta y efímera. Esa comprensión fue la que hizo de Moshe el más humilde de los líderes (Números 12:3).

El Sefer Números o Bamídbar trata no solo de la transformación personal y comunitaria, del pasaje de La Esclavitud al ejercicio de la Libertad en Plenitud, sino, también, sobre la profunda naturaleza del liderazgo.

Y la razón por la que Moshe finalmente prevalece contra todo pronóstico es porque personifica el poder espiritual del Tzintzun.

El Liderazgo a través de la Contracción…

Shabat Shalom Umevoraj
Sandra Leb Epstein

Haftara Bamidbar

Más que la suma de las partes

Comentario a Hoshea (Oseas) 2, 1-22

Una vez más nos reencontramos para comenzar la lectura de Números, el cuarto Libro de la Torá. El nombre en hebreo es Bamidbar y significa “en el desierto”, título que resulta más que apropiado para el libro que narra gran parte de los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto.

Para la lectura de la haftará de esta semana leemos el capítulo segundo del libro de Oseas, profeta que vivió en la época posterior a la muerte del Rey Salomón y la separación de los reinos de Judá y de Israel, entre los años 750 y 730 AEC. Profetizó tanto en los reinos del norte como del sur, en un tiempo en el que el Pueblo sufre el alejamiento de sus principios éticos y religiosos.

A primera vista, parece existir una relación inversa entre la parashá y la haftará. Mientras que la parashá describe un censo de los hijos de Israel, la haftara comienza con la declaración: “Sin embargo, el número de los hijos de Israel será como la arena del mar que no puede ser medida ni contada…” (Oseas 2,1)

Esto podría ser una expresión de una situación cambiante. Por una parte, el Libro de Números describe un Pueblo nómade durante su travesía, y era necesario contarlos, siendo el censo una preparación para la conquista de la tierra.

La profecía de Oseas, en cambio, describe el estado de ese mismo Pueblo tras el asentamiento en la tierra, cuando ya no había necesidad (ni quizás posibilidad) de contarlos. La paradoja es que los Sabios en el Talmud aprendieron de este versículo que está prohibido contar judíos incluso para una mitzvá, por ejemplo para saber si hay diez mayores de edad de bar mitzva para el minian.

Pero, ¿por qué no podemos contarnos o al menos enumerarnos? ¿Acaso Oseas no advirtió que no somos, ni lo fuimos en su época ni en ningún otro momento de la historia judía, tan numerosos como la arena del mar?

Rabí Meir Simja Hacohen de Dvinsk (1843-1926) en su libro “Méshej Jojmá”, explica que cuando los hijos de Israel están unidos unos con otros, ellos se asemejan a la arena del mar: aunque está compuesta por diminutas partículas minerales, son elementos diferentes, únicos en su belleza y complejidad; pero cuando se unen pueden formar una roca compacta.

Por eso, parafraseando al profeta: los hijos de Israel serán como la arena del mar, sólo cuando son contados en conjunto. Así, aunque sean pequeños como granos de arena, cuando están unidos pueden incluso enfrentar la fuerza del mar.

Y justamente, separar a los individuos para contarlos es lo que está prohibido, tal como exhorta el profeta Oseas al decir que la descendencia de Israel “no será medida ni contada”.

La reticencia a contar personas, incluso cuando hay buenas razones para hacerlo, quizás se deba a la idea de que es demasiado fácil convertir a los seres humanos en estadísticas. En la historia reciente, los nazis intentaron deshumanizar a los judíos convirtiéndolos en números. Como señala Najmanides, una de las características del censo en la Parashá Bamidbar es que cada persona es contada por su nombre, y reconocida como un individuo con valor intrínseco.

Nuestra mayor fortaleza es cuando nos sabemos parte de un todo: somos más que la suma de las partes. Pero, así como un rollo de la Torá se invalida por la falta de una sola letra, así también deberíamos sentirnos cuando un solo judío se desvincula de nuestras instituciones, o cuando una familia se aleja del minian o deja de participar de las actividades comunitarias. Cada ausencia debería preocuparnos, porque nos transforma en una familia incompleta.

Si realmente “Kol Israel Arevim Ze LaZe” (“Todo Israel es garante el uno del otro”), esta máxima implica un nivel de responsabilidad colectiva, solidaridad e interconexión entre todos los judíos, que hoy debería ser uno de nuestros pilares en nuestras instituciones, sea cual fuere.

El remedio ante el desinterés es reconocer que uno no tiene valor sin un Otro.

Por eso, la prohibición de contar directamente a los israelitas es también un alerta ante la indiferencia, que nos advierte que no debemos olvidar los rostros, los nombres y las historias que se atesoran detrás de cada persona.

Sí, no se debe contar a los judíos, ¡pero cada judío cuenta!

¡Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Parasha Behar-Bejukotái

Hemos llegado al final del Sefer Vaikra.
En el monte Sinaí, Ha Kadosh Baruj Hu, instruye a Moshé para cuando entremos en la tierra que Él nos entrega, y le dice que hable a los hijos de Israel: ¨…cuando entréis a la tierra que YO os doy a vosotros, habrá de descansar la tierra¨.

Ha Kadosh Baruj Hu nos presta y nos elige para cuidar y administrar bienes que sólo a Él pertenecen. Seguidamente, detalla las formas de cuidar la tierra y el trato que entre los hombres debe darse, ordenándonos no dejar caer en desgracia a un hermano. Además, habla de cuidar de Su Shabat para los hombres y de un Shabat para la tierra, Shemitá.

Shemitá (año sabático)
La tierra necesitará descanso luego de haberla puesto a trabajar y a entregarnos sus frutos durante seis años corridos. En el séptimo año no se la sembrará ni cosechará, y todo lo que crezca espontáneamente en ella será compartido, ya que nada nos es propio. Todo fue, es y será de Ha Kadosh Baruj Hu.
Ha Kadosh Baruj Hu nos garantiza que el sexto año será tan fructífero, que se acopiarán las reservas de alimentos para el tiempo de Shemitá y para todo el período futuro necesario de preparación, siembra y recolección de la nueva cosecha.

Yovel (Jubileo)
La instrucción a Moshé continúa… Deberás contar para ti 7 años sabáticos, o sea siete veces siete, y estos serán 49 años. Entonces el décimo día del séptimo mes, sumará un total de 50 años y será Iom haKipurim, en que sonará el Shofar anunciando el Yovel (Jubileo) tiempo de liberación y alegría en la tierra y de todos los que habitan en ella.
Será un tiempo de reseteo y nuevo comienzo. En el Yovel ocurrirán eventos de cambio, como la devolución de sus tierras a quienes debieron entregarlas para pagar deudas y la liberación de los esclavos.
Yovel es un símbolo de la posibilidad de un renacer espiritual, que nos propone abandonar las esclavitudes y estrecheces mentales que nos encarcelan, porque nada es para siempre en este mundo.
Todo es efímero y cambiante y existen siempre nuevas oportunidades para redimirnos.

La Parasha Behar es un manifiesto de Justicia Social para con el prójimo, ordena la prohibición de usuras y cobro de intereses en los préstamos, enfatizando la responsabilidad de no dejar caer a un hermano cuando está en problemas y vuelve a advertirnos acerca de las distintas idolatrías que en cada época se ofrecerán a nuestros sentidos.

En Bejukotaiv, Ha Kadosh Baruj Hu derrama bendiciones y promesas de abundancia si seguimos sus caminos y con la bondad rigurosa de un padre que nos ama, nos advierte sobre las Causas y Efectos que se presentarán en nuestras vidas al desviarnos del sendero de Torá, enumerando con detalles estremecedores Tojejot (reprensiones). Quizá, para iluminar nuestra conciencia sobre los peligros que acecharán con nuestro alejamiento.
Él sabe que los momentos de exilio sucederán y también conoce nuestro acercarnos y alejarnos como en una permanente tensión de opuestos. Sin embargo, Ha Kadosh Baruj Hu no olvida su pacto con nuestros antepasados y su promesa de no abandonarnos, porque somos Su pueblo, al que sacó de Egipto.
Para concluir, Behar nos confronta con nuestros apegos y nos enseña sobre el desapego y luego Bejukotaiv nos interpela en nuestra ética y nos invita a elegir qué camino queremos para nuestras vidas, si el de las Brajot o el de las Tojejot.

Después de estos mandamientos que Ha Kadosh Baruj Hu dio a Moshé para los israelitas en el Monte Sinai, creo que solo resta decir dentro de nuestro corazón y en comunidad la frase con que finalizamos cada libro de nuestra amada Torá: JAZAK JAZAK VENITJAZEK (Sé fuerte, sé fuerte y nos fortaleceremos!)

Shabat Shalom.
Dalia Ruth Bat Jana y Bat Shlomó

Haftara Behar-Bejukotái

En la primera de las Parashot de esta semana, Parashat Behar, aparece el Iovel, el año del jubileo. Cada 50 años, la Torá dice que toda la tierra vuelva a sus dueños originales, que los esclavos sean liberados, y que el sistema económico se reinicie.

Casi como una especie de botón rojo que devuelve dignidad, justicia y equilibrio.

Suena utópico. imaginate despues de tanto trabajo y de construir tu casa tener que devolverlo todo, pero no lo es. Es una advertencia divina: “Ki li ha’aretz – porque Mía es la Tierra” (Vayikrá 25:23).

No es tuya. No es mía. Ni del banco, ni del terrateniente, ni del político de turno.

Es del Kadosh Baruj Hu.
Y entonces me hago la pregunta:
¿Qué parte de “no es tuyo” a lo largo del tiempo, no entendimos?
¿Cómo llegamos, como sociedad, a convencernos de que acumular es un derecho absoluto, aunque al lado haya gente revolviendo la basura?
¿Qué nos pasa como judíos, como argentinos, como seres humanos, que naturalizamos la injusticia, que convivimos con ella como si fuera normal.

Miremos nuestra Argentina.
Un país con los recursos para alimentar a 400 millones de personas pero donde millones no comen todos los días.
Un país con libertad para estudiar y crece pero donde los chicos abandonan la escuela porque necesitan trabajar.
Un país con leyes, pero sin justicia.
Con democracia, pero sin diálogo.

Y las frases más habituales en nosotros son: “Yo con la política no me meto.” “No es mi problema.” “Es Argentina es así”

Pero la Torá sí se mete. Si le importa.
Behar no es un texto espiritual. Es un llamado político, social, económico y moral que nos dice que lo injusto no es inevitable. Lo injusto es intolerable.

Y desde esa voz antigua, también miramos a Israel hoy.
Un país real. Complejo. Amado y Herido.
Donde el alma del pueblo judío está en juego todos los días.
Cuando el mundo entero pone en duda su derecho a existir, nosotros si nos metemos, si es nuestro problema.
Cuando niegan o banalizan la Shoá, cuando se secuestran bebés judíos y se los justifica en nombre de una causa, cuando la ignorante, violenta y payasa de Vanina Biasi justifica el 7 de octubre y aun asi increibleimente consigue su banca nosotros no podemos titubeamos, saltamos y denunciamos, como corresponde. Cuando el terror disfrazado de Free Palestine aparece a infundir miedo, no nos quedamos de brazos cruzados.
Pero también:
Cuando dentro de Israel hay corrupción, exclusión o fanatismo religioso, nosotros tampoco podemos justificarlo.
“Ki li ha’aretz” – la tierra es del KBH, ni de los extremistas, ni de los mezquinos, ni de los candidatos ni de nadie.
Cada 50 años, había que soltar.
Tenías que dejar ir. Perdonar deudas. Liberar esclavos.
¿Por qué?
Porque si no frenás, te volvés el faraón.
Hoy no hay año de Iovel en el calendario, pero nos viene bien un Iovel espiritual.
Un reset. Un reinicio.

  • En cómo tratamos al otro.
  • En cómo aceptamos la pobreza como si fuera parte del paisaje.
  • En cómo nos relacionamos con el Estado, con la política, con el poder.
  • En cómo hablamos de Israel: con amor pero también con responsabilidad.

Para que este país, Israel y este mundo, tengan el futuro prometedor que nos merecemos, tenemos que volver a mirar para arriba.
No al dólar.
No los likes.
A los valores de quienes somos, de nuestros pasados y nuestros futuros.
Vinimos a crear paz. A construir un país. A reclamar justicia. A enseñar Torá.
Y si después de esta mensaje, alguien se incomoda, se enoja, se sacude, se siente interpelado…
Entonces el Iovel ya empezó.

Shabat Shalom para todos.
Am Israel Jai.
Sem. Brian Bruh

Parasha Emor

Emor nos habla del tiempo, de las grandes fiestas del pueblo de Israel, y dice: “moadei Adonai asher tikre’u otam” , “los tiempos de Dios que ustedes convocarán”.

Los comentaristas explican algo clave y dicen: son ustedes quienes los declaran. Incluso si existe un calendario celestial, la santidad del tiempo acá en la tierra depende de vos.

No alcanza con marcar una fecha. Se trata de darle contenido, sentido, hacerlo distinto, vivirlo distinto.

Porque no todo momento es sagrado, pero cualquier momento puede volverse sagrado si lo sabés mirar así.

El judaísmo no te pide solo creer en lo sagrado, te pide crear espacios en el tiempo donde lo sagrado pueda aparecer.

Dios crea el mundo,pero el significado del tiempo lo construimos nosotros. Por eso Shabat, un Jag u otro tiempo o evento en tu vida, puede ser un día más o algo completamente distinto,si te animás a transformarlo.

Shabat Shalom.
Sem. Mati Bomse

Haftara Emor

Iejezkel está en el exilio. El Templo ya no está. El pueblo está roto, disperso, preguntándose qué queda cuando lo que te definía se incendió.

Y en medio de ese desastre, el profeta hace algo raro. Empieza a describir, con detalle casi obsesivo, las reglas de los kohanim en un Templo que todavía no existe. Un Tercer Templo. En algún futuro sin fecha. Un futuro que a lo mejor nunca llega —o que llega de otra manera.

Ropa. Peinado. Matrimonio. Vino. Duelos. Todo minuciosamente reglamentado para sacerdotes que, por ahora, no tienen dónde servir.

Hasta que, casi al final, aparece la frase que detiene todo: “Y les será por herencia: Yo soy su herencia. Y posesión no les darán en Israel: Yo soy su posesión.” (Iejezkel 44:28)

A primera vista suena hermoso. Dios es tu porción. Qué frase para un póster, qué frase para un retiro espiritual con vista a la montaña.

Pero cuando la leés en serio (cuando pensás qué significa concretamente en la vida de un kohén) es incómoda. Muy incómoda.

Todos los demás tienen tierra. Todos los demás tienen algo que se puede tocar, medir, heredar, dejarle a un hijo. Todos los demás tienen un lugar al que volver cuando se terminó el trabajo.

El kohén no.

El kohén trabaja en el espacio más sagrado del mundo y al final del día no le corresponde ni una parcela. Es, básicamente, el único empleado cuyo jefe le dice: “tu premio soy yo”. Que en cualquier otro contexto laboral sería motivo de denuncia.

El versículo no usa una palabra. Usa dos, y la distinción importa.

Najalá viene de la raíz de fluir, descender: es lo que te llega por herencia, lo que recibís porque te corresponde por linaje. El río que te baja.

Ajuzá viene de la raíz de aferrar, sostener: es lo que tomás posesión, lo que agarrás con la mano, lo que fijás como propio.

La Torá le está diciendo al kohén dos cosas, no una: no vas a heredar, y no vas a agarrar. Ni pasado ni presente. Ni lo que te dieron ni lo que te ganaste. Las dos formas de pertenencia humana, clausuradas.

Y eso no es un accidente del texto. Es la tesis.

Hay un mundo (claramente no todos) que funciona así: cuanto más importante sos, más tenés. Más poder, más espacio, más cosas a tu nombre. Ser alguien es acumular. Sos lo que tenés, nos enseñaron desde chicos, aunque después lo neguemos en voz alta.
El mundo del kohén funciona exactamente al revés.

Cuanto más te acercás al centro, menos te llevás. El Kohén Gadol, que entra al lugar más sagrado el día más sagrado, es el que menos posee. El Levi, que canta y enseña, no tiene campo. El que está más cerca de la Presencia es el que tiene menos cosas en el bolsillo.

En ese mundo nadie enseñó a leer la importancia así. Al revés: aprendemos a medir la vida con la vara opuesta. Por eso este versículo nos resulta tan extraño, y por eso nos sigue hablando.

Iejezkel no está escribiendo para darle instrucciones operativas a sus lectores. Está escribiendo después del desastre. Para gente que perdió el Templo, la tierra, la certeza, la estructura entera de su identidad.

Y les dice: va a haber un futuro. No va a ser como antes. Y lo que va a sostener ese futuro no son las cosas que tenían.

Esa es la haftará que nos toca leer ahora. No el manual de un Templo que no existe. La pregunta de qué queda cuando se cae lo que creíamos que nos definía.

Porque todos tenemos esa pregunta en algún momento. Después de un diagnóstico, de una separación, de perder un trabajo, de enterrar a alguien, de darnos cuenta de que el proyecto con el que estuvimos diez años no era lo que queríamos.

En esos momentos, la pregunta de Iejezkel aparece aunque uno no sea religioso: ¿Qué parte de mí no necesita tener nada para ser?

Una sola pregunta, que no hay que contestar rápido: ¿Qué tengo que, si mañana no lo tuviera, me haría sentir que dejé de ser yo?

Y después, más bajito: ¿Tiene razón esa sensación?

Tal vez no seamos kohanim. Pero todos tenemos algo en el pecho que funciona como uno. Una parte que sabe, en silencio, que lo más sagrado que hay no se puede poseer.

Shabat Shalom.
Wally Liebhaber

Parasha Ajarei Mot-Kedoshim

Cuando el entorno te empuja a reaccionar… elegí quién querés ser.

Hay momentos en la vida en los que algo se rompe.
No siempre es algo visible. A veces es una ilusión, una certeza, una forma de ver el mundo que ya no vuelve a ser igual. Así empieza la Parashá Ajarei Mot “Después de la muerte”.

No es casual que la Torá elija comenzar desde ahí, desde lo que duele, desde lo que nos desordena.
Porque cuando algo se quiebra, lo primero que necesitamos no es inspiración… es volver a encontrar un eje.
La parashá nos habla de límites, de cuidado, de espacios que no se pueden atravesar de cualquier manera.

Eso, hoy resuena más que nunca. Vivimos en un tiempo donde todo es inmediato, donde opinamos y reaccionamos rápido, sentimos todo muy intensamente.

Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos, ¿desde dónde estoy actuando?

Ajarei Mot nos susurra algo simple pero profundo, no todo lo que sentimos debe convertirse en acción.
No todo lo que podemos hacer, deberíamos hacerlo.

Justo cuando logramos entender eso… aparece Kedoshim. “Kedoshim tihyú” que significa “Serán santos”.
Pero la Torá no nos pide que nos alejemos del mundo.
Al contrario, nos devuelve a él.
Nos dice que la santidad está en lo cotidiano, en cómo miramos al otro, en cómo hablamos, en si elegimos la empatía en lugar de la indiferencia, en si somos capaces de frenar antes de herir.

En un mundo tan cargado de ruido, de tensiones, de polarización, de globalización ser “Kadosh” (“santo”) hoy quizás no sea algo grandioso… sino algo profundamente difícil, es simplemente seguir siendo humanos.
No endurecernos. No acostumbrarnos al dolor ajeno. No perder la capacidad de registrar al otro.

Primero aprendemos a poner límites para no desbordarnos.
Después aprendemos a vivir con sensibilidad dentro de esos límites.

Porque no se trata solo de no hacer daño.
Se trata de elegir conscientemente hacer el bien.
En tiempos donde todo empuja a reaccionar, hacer una pausa… es elegir quién queremos ser.

¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Ajarei Mot-Kedoshim

Después de caerse, siempre es posible levantarse

A veces creemos que los textos proféticos hablan de un tiempo muy lejano, de un mundo que ya no existe. Pero cuando leemos al profeta Amós con atención, descubrimos algo sorprendente, su voz suena increíblemente actual.

Esta haftará -que corresponde al libro de Amós (9:7–15) se lee cuando en la Torá se unen las parashiot Ajarei Mot y Kedoshim, dos secciones del libro de Vayikrá (Levítico), que hablan sobre la responsabilidad moral del pueblo y sobre el llamado a vivir con santidad en la vida cotidiana.

El nombre de la parashá “Ajarei Mot” significa “…después de la muerte de…” (Levítico 16:1), la Torá abre esta sección recordando un momento doloroso, las muertes de Nadav y Avihu, los hijos de Aarón, quienes habían ofrecido un fuego no ordenado en el Santuario. A partir de ahí, D’s advierte sobre la importancia de no entrar de manera indebida al lugar sagrado, marcando límites claros y recordando que la cercanía con lo divino exige responsabilidad y conciencia.

La segunda parashá, “Kedoshim”, significa “Santos”. Toma su nombre del versículo Levítico 19:2, donde aparece uno de los llamados más profundos de la Torá “…Santos serán…”.

Pero la santidad que explica la Torá, no se limita al espacio sagrado. Se expresa en la vida cotidiana, en la justicia, en el cuidado del prójimo, en la educación, en la honestidad y en el respeto por el otro. En definitiva, en la forma que una sociedad decide vivir.

Ese mismo espíritu atraviesa la voz del profeta Amós. No pertenecía a una familia sacerdotal. Era un simple pastor que vivía en una pequeña localidad del reino de Yehudá. Sin embargo, en algún momento del siglo VIII a.e.c., D’s lo llama a llevar un mensaje al reino del norte de Israel.

El reino vivía un período de estabilidad política y prosperidad económica durante el reinado de Jeroboam II. Pero esa prosperidad escondía una realidad más profunda, crecían las desigualdades sociales, se abusaba de los débiles y la religión comenzaba a transformarse en un ritual vacío, sin ética.

En ese contexto surge la voz del profeta.

Su mensaje es directo, incómodo y profundamente moral. Denuncia la injusticia social, el abuso de poder y la hipocresía religiosa. Para Amós, la verdadera fe no se mide solo por sacrificios o ceremonias, sino por la forma en que una sociedad trata al pobre, al débil y al extranjero.
Los versículos finales de su libro, que leemos en esta haftará, tienen, sin embargo, un tono diferente. Después de las advertencias, aparece una promesa.

El profeta, transmite una idea muy fuerte, el pueblo de Israel puede atravesar crisis, sacudidas y momentos muy difíciles, pero no será destruido completamente. Utiliza una imagen poderosa, Israel será zarandeado como el grano en un tamiz, pero el grano verdadero no se perderá.

Es decir, la historia puede sacudir, pero no borrar la esencia.
Luego aparece una de las imágenes más bellas de la profecía, D’s promete levantar la “…sucá caída de David…”.
No habla de un palacio ni de una fortaleza, sino de una sucá, en una estructura sencilla, frágil y humilde. Y aun esa sucá que parece derrumbada será reconstruida y levantada nuevamente.

El mensaje es claro, lo que se rompe puede volver a levantarse.
La profecía describe un tiempo de abundancia, de tierra fértil, de viñas plantadas y frutos compartidos. Culmina con una promesa que atraviesa generaciones, el pueblo será plantado en su tierra y no volverá a ser arrancado.

Cuando leemos estas palabras hoy, en un tiempo donde el pueblo judío vuelve a atravesar momentos de tensión, dolor y desafíos, pero también de reconstrucción constante, la voz de Amós adquiere una resonancia especial.

Nos recuerda que la historia de Israel nunca fue simple, ni fácil, ni lineal. Siempre hubo caídas, exilios, crisis y preguntas difíciles. Pero también hubo una fuerza profunda que permitió levantarse una y otra vez. La resiliencia esta en su ADN.

Tal vez esa sea la enseñanza más profunda, en diálogo con Ajarei Mot–Kedoshim, la santidad no significa perfección, sino la capacidad de reconstruir lo que parecía perdido y seguir caminando con responsabilidad moral.

Porque la historia de nuestro pueblo, como la de tantas vidas humanas, no se define por las caídas, sino por la capacidad de volver a ponerse de pie.

¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Tazria Metzora

Tanto en la Parasha como en la Haftará de esta semana leemos acerca de personas que sufren Tzaraat (צָרַעַת), una afección física contagiosa, que se manifiesta en la piel, ropa o casas pero que representa una impureza espiritual relacionada a las consecuencias del mal comportamiento, especialmente el habla negativa (Lashón Hará).

Las personas enfermaban, pero si reconocían su error, y tomaban el compromiso de mejorar, HaShem les enviaba una recompensa especial.
Muchas veces sucede que necesitamos recordatorios para repensar ciertos aspectos de nuestro ser que necesitan una reflexión interna para lograr la corrección y el crecimiento personal, para lograr convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Que en estas semanas de cuenta del Omer donde nuestra tradición nos convoca a una introspección diaria nos animemos a repensarnos y a transformarnos en todo aquello que queremos ser.

Shabat Shalom
Debi Fridman

Parasha Tazria-Metzora

“El reflejo de lo que somos”,
por Seba Cabrera Koch.

Parashá Tazria-Metzorá:
Comentario a Levítico 12:1-15:33

A mediados del siglo XIX, cuando una epidemia de cólera provocó una gran cantidad de víctimas en la ciudad de Vilna, los judíos del lugar comenzaron a examinar sus acciones y las de sus prójimos para averiguar los motivos de tamaña tragedia.

Un buen día, uno de los “buscadores de pecados” apareció en casa de Rabí Israel Lipkin de Salant (1810-1883) diciendo conocer al supuesto “culpable” de la epidemia, pidiéndole su pronta intervención.

Israel Salanter, reconocido fundador del movimiento Musar, lo escuchó con paciencia, tal como acostumbraba, y luego le dijo:

“Es sabido, dice la Torá, que el leproso debe ser echado fuera del campamento. Este mecanismo puede ser explicado del siguiente modo: nuestros Sabios, de bendita memoria, consideraban que la lepra venía como castigo por el pecado de la difamación (Talmud Bavli, Tratado Arajin 16a). La calumnia, en realidad, no está prohibida por temor a que se difunda una mentira. Lo malo de la calumnia es que el calumniador se encarga de buscar defectos solo en el prójimo. Por ello se le dice al calumniador: ‘Si eres tan sabio para hallar pecados en tu compañero, sal del campamento, quédate en soledad por unos días, y así podrás encontrar tus propias falencias que, por cierto, no son pocas…’”.

Esta semana nos reencontramos con las porciones de Tazría y Metzorá, que contienen, casi en su totalidad, descripciones de afecciones en las que el Lashón haRá, la utilización hiriente del lenguaje y la palabra, ocasionaba una enfermedad mal traducida como “lepra”.

Hacia el final del capítulo 13 de Levítico, leemos: “En cuanto al leproso, el que tiene la llaga, portará las ropas descocidas y su cabeza estará descubierta y hasta el bigote habrá de cubrirse, e ¡Impuro! ¡Impuro! habrá de proclamar” (Lev. 13:45).

El proceso de purificación de la lepra requería que el afectado fuera apartado de la comunidad. Alli, en lugar de buscar los defectos en su prójimo, como lo hizo hasta ahora, sus pensamientos se enfocarían en reconocer sus propios defectos.

En ese sentido, el Sheláh haKadosh (Yeshaiahu Ben Avraham Horowitz, rabino y místico, 1555-1630) explica que esta experiencia desoladora era el espejo donde el enfermo examinaba sus propias acciones. Asi, el leproso sentía en carne propia, en el más amplio sentido del término, la vivencia que les había causado a los otros con sus conversaciones indiscretas, sus maledicencias y habladurías.

El Baal Shem Tov (1700-1760) explicó la Mishná que señala que “la persona ve todas las afecciones, menos las propias” (Mishná Negaim 2,5). Según el texto de la Mishná, toda persona requiere de un ojo externo para mostrarle aquello que lo afecta. Pero el Baal ShemTov expresa una idea más profunda aún, relacionada con nuestra capacidad de percibir la realidad: según sus enseñanzas, todas las afecciones que una persona pueda ver fuera de uno, son en realidad “nuestras propias afecciones”. Todo lo que percibimos en la realidad circundante es un reflejo de nuestras ideas sobre la realidad y el mundo.

La persona ve en el otro defectos que él mismo posee, “todo aquel que descalifica, lo hace a partir de su propio defecto” (Talmud Bavli, Tratado Kidushin 70b).

Esta idea es también una poderosa herramienta para el auto-conocimiento: si queremos aprender acerca de uno, examinemos nuestro entorno: si vemos lo bueno del Otro, o si solo vemos defectos, dice mucho más de nosotros de lo que creemos. Es el reflejo de lo que somos.

Rashi (acrónimo del gran exegeta francés Rabí Shlomo Yitzjaki, 1040-1105), enseña que “las llagas vienen a causa de la arrogancia”.

Solía decir Rabí Rafael de Barshad (1751-1827): “En el mundo venidero, podré hallar una excusa para cada uno de mis pecados, menos para el pecado de la soberbia. Si preguntaran por qué no he estudiado más Torá, respondería que fui un ignorante que no supo estudiar. Si me preguntaran por qué no he dado más tzedaká, respondería que no tuve suficiente dinero. Si me preguntaran por qué no he ayunado ni me he contenido más de las necesidades corporales, respondería que fui hombre débil. Pero si me preguntaran por qué entonces fui soberbio, no sabré qué responder”. (Surazski, G. Iturei Torá, vol. 4, p. 82).

En épocas bíblicas, el Miklat era el refugio en el cual podía protegerse toda persona que había matado a otra en forma no intencional. Allí un asesino involuntario podría vivir años, pudiendo reflexionar acerca de su conducta y sus consecuencias.

Los Sabios de Israel enseñaron que la lengua también mata. Como analogía, se podría inferir que el alejamiento social no solo representa un periodo de introspección y de reflexión; es un Miklat bazman “Un refugio en el tiempo”, para hacer ese jeshvón hanefesh (recuento del alma) tan necesario para hacer una pausa y ajustar el rumbo en esta vida tan vertiginosa que llevamos.

Semana a semana, el Shabat es nuestro refugio; es una oportunidad para todo aquel que desea detenerse, respirar hondo y recalibrarse espiritualmente, un espacio seguro para reencontrarnos con nosotros mismos; y desde donde, esperemos, podamos salir al encuentro del prójimo.

Shabat Shalom amigos!
Seba Cabrera Koch