¿Qué hacemos cuando tenemos poder? ¿Estamos dispuestos a juzgar con equidad? ¿Qué nos pasa cuando, en ese momento, tenemos la posibilidad de decidir sobre los demás? ¿Qué ocurre cuando nuestra palabra pesa; cuando la decisión que tomamos puede beneficiar o perjudicar a otra persona; o cuando tenemos autoridad para decir por sí o no?
Muchas veces creemos en el poder como algo lejano, reservado para presidentes, gobernantes, jueces o personas que ocupan lugares importantes. Sin embargo, si miramos un poco más cerca, descubrimos que todos, en algún momento, tenemos alguna forma de poder.
Lo tenemos cuando dirigimos nuestras familias, cuando educamos, cuando decidimos, cuando opinamos sobre alguien y especialmente, cuando juzgamos quizas sin saber.
Entonces el verdadero desafío no sea alcanzar el poder, sino descubrir qué hacemos con él cuando lo tenemos.
Esta semana nos encontramos nuevamente en el libro de Devarim Deuteronomio, en la Parashá Shoftim, cuyo nombre significa “Jueces” Devarim 16 18 – 21:9.
Moshé le habla al pueblo que está a punto de entrar en la Tierra Prometida.
Después de cuarenta años en el desierto, deberán comenzar a organizar una sociedad. Ya no alcanza con haber aprendido a vivir en libertad. Ahora tendrán que aprender algo quizás mucho más difícil, vivir juntos y construir una sociedad donde la justicia no dependa de quién sos, de cuánto tenés o del lugar que ocupás.
Entonces aparece uno de esos versículos que, aunque fue escrito hace miles de años, parece no haber envejecido “…Justicia, justicia perseguirás…” (Devarim 16 20)
¿Por qué repetir dos veces la palabra justicia?
Tal vez porque no alcanza con decir que buscamos lo justo. También importa el camino que elegimos para llegar hasta allí.
No podemos reclamar honestidad mientras justificamos nuestras propias pequeñas deshonestidades.
No podemos pedir respeto mientras descalificamos al que piensa diferente.
No podemos exigir que los demás sean imparciales mientras nosotros decidimos quién tiene razón antes siquiera de haber escuchado la otra parte.
Por eso Shoftim comienza hablando de jueces, pero inmediatamente les pone límites.
Les exige imparcialidad, les prohíbe favorecer a una persona por sobre otra y les advierte especialmente sobre el soborno, porque puede distorsionar incluso la mirada de quien cree estar actuando correctamente.
Porque es muy fácil leer estas palabras pensando en los demás.
En los jueces. En los políticos. En los gobernantes. En quienes tienen poder.
Pero ¿y nosotros?
Nosotros también juzgamos.
A veces lo hacemos sin conocer toda una historia. Escuchamos una versión, vemos una actitud, recibimos un comentario y rápidamente construimos nuestra propia sentencia.
Shoftim parece recordarnos que antes de juzgar hace falta algo mucho más difícil: escuchar.
La parashá continúa hablando del rey que algún día tendrá Israel. Y resulta llamativo que, justamente cuando habla de la persona que tendrá más poder, la Torá se preocupe por decirle todo aquello que no podrá hacer.
No deberá acumular excesivas riquezas ni utilizar su posición simplemente para engrandecerse.
Incluso deberá tener consigo una copia de la Torá y leerla durante toda su vida.
¿Por qué?
Quizás porque cuanto más poder tenemos, más necesitamos recordar que no todo nos está permitido.
El límite no disminuye la autoridad.
Muchas veces es aquello que evita que la autoridad se convierta en abuso.
Y esto tampoco pertenece solamente a los reyes.
Poder, justicia, límites y paz parecen palabras reservadas para grandes decisiones. Sin embargo, están mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos.
Hay poder dentro de una familia, en un trabajo, en una comunidad, entre amigos. Lo tenemos cuando alguien depende de una decisión nuestra, cuando nuestra palabra tiene más peso o simplemente cuando podemos imponer nuestra voluntad y elegimos no hacerlo.
También allí aparece el límite.
Y también allí aparece nuestra responsabilidad.
Más adelante Shoftim introduce una idea profundamente humana, las ciudades de refugio. Eran lugares destinados a proteger a quien hubiera causado una muerte accidental.
La Torá establece así una diferencia fundamental entre quien quiso hacer daño y quien provocó una tragedia sin intención.
No todo puede juzgarse de la misma manera.
A veces conocemos el resultado de una acción, pero desconocemos el camino que llevó hasta ella. Vemos lo ocurrido, pero no siempre sabemos qué había detrás.
Eso no significa que no exista responsabilidad. Significa que justicia y venganza no son lo mismo. Y quizás también nosotros necesitemos recordarlo cuando alguien se equivoca.
Porque hay momentos en los que buscamos rápidamente un culpable cuando quizás primero deberíamos intentar comprender qué ocurrió.
Finalmente, la parashá nos lleva a una situación extrema: la guerra.
Y justamente allí, cuando parecería que ya no queda lugar para hablar de límites, la Torá vuelve a colocarlos.
Antes de combatir contra una ciudad, se debe ofrecer la posibilidad de la paz.Es difícil leer estas palabras hoy sin pensar en el mundo que nos rodea.
Vivimos tiempos atravesados por guerras, violencia, intolerancia, racismo, antisemitismo y enfrentamientos en los que muchas veces pareciera que escuchar al otro se ha convertido en una señal de debilidad.
Pero Shoftim fue escrita para una sociedad real, con conflictos reales.
No propone un mundo donde todos piensen igual ni donde desaparezcan mágicamente las diferencias.
Propone algo mucho más difícil, que aun en medio del conflicto no perdamos nuestros límites.
Y si incluso frente a una guerra la Torá nos obliga a considerar primero la posibilidad de la paz, quizás nosotros también podamos preguntarnos qué hacemos frente a nuestras propias pequeñas guerras.
Esas que ocurren dentro de una familia, entre amigos, en una comunidad o simplemente con alguien que piensa diferente.
¿Cuántas veces queremos tener razón antes que encontrar una solución?
¿Cuántas veces una palabra dicha en un momento de enojo termina levantando una pared que después resulta muy difícil derribar?
Quizás ahí descubrimos que Shoftim no habla solamente de jueces, reyes, ciudades de refugio o guerras.
Habla de algo mucho más cercano.
Habla de nosotros cuando tenemos que elegir.
Porque todos tenemos, alguna vez, una pequeña cuota de poder. Todos podemos juzgar.
Todos podemos cruzar un límite. Y todos podemos decidir si frente al conflicto intentamos primero construir un camino hacia la paz.
Tal vez la verdadera medida de una persona no aparezca cuando no tiene opciones, sino precisamente cuando puede elegir qué hacer con el poder que tiene.
Por eso, después de leer Shoftim, queda una pregunta que ya no está dirigida a los jueces ni a los gobernantes.
Está dirigida a nosotros.
Y vos, cuando tenés el poder de decidir, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar sin perder de vista la justicia, la responsabilidad y la paz?
Que en este Shabat podamos aprender que ser justos no significa solamente exigir justicia a los demás. También significa revisar nuestras propias decisiones, saber poner límites a nuestros actos, escuchar antes de juzgar y comprender que buscar la paz nunca debería ser entendido como una debilidad.
Quizás sea, justamente, una de nuestras mayores fortalezas.
Shabat Shalom.
Susy Lapilover
Am Israe Jai









