¿Qué nos está pasando como sociedad?
La Parashá Behaaloteja -que significa “Cuando hagas subir” o “Cuando enciendas”- toma su nombre de la orden que D’s le da a Aarón respecto de la Menorá del Mishkán -el Candelabro de siete brazos del Tabernáculo-.
Sin embargo, si la leemos más allá de su sentido literal, vemos que el verbo utilizado resulta llamativo. No habla simplemente de encender una llama, sino de ayudarla a elevarse hasta que pueda sostenerse por sí misma.
Quizás por eso el nombre de la parashá encierra una enseñanza que va mucho más allá de las luces del Santuario. Porque educar, liderar, acompañar o construir una comunidad también consiste en ayudar a otros a crecer hasta que puedan desplegar su propia luz.
Sin embargo, al continuar la lectura descubrimos una realidad muy diferente.
Behaalotja describe una serie de conductas humanas que resultan sorprendentemente actuales; la queja constante, la dificultad para compartir responsabilidades y la facilidad con la que hablamos sobre la vida de los demás.
El primer episodio es el de las quejas.
El pueblo de Israel ya había sido liberado de Egipto. Había recibido la Torá y era acompañado diariamente por milagros. Sin embargo, comienza a enfocarse en lo que le falta. De pronto, lo que tiene deja de ser suficiente. Quieren más.
Allí encontramos uno de los rasgos más característicos de nuestros días.
Vivimos en una sociedad que constantemente nos invita a mirar aquello que no tenemos. Siempre existe algo más para alcanzar, comprar, conseguir o demostrar. Como consecuencia, muchas veces dejamos de valorar aquello que ya forma parte de nuestra vida.
La parashá nos recuerda que la gratitud no nace de la abundancia sino de la capacidad de reconocer las bendiciones que ya existen.
Más adelante aparece otro desafío.
Moshé se siente agotado. La responsabilidad de conducir al pueblo se vuelve demasiado pesada para una sola persona. Entonces D’s le ordena reunir a setenta ancianos para compartir la tarea.
La respuesta es llamativa. No le pide que trabaje más. No le exige que sea más fuerte. Le enseña a delegar.
Tal vez porque ningún liderazgo, ninguna familia y ninguna comunidad pueden sostenerse cuando una sola persona intenta cargar con todo sobre sus hombros.
También hoy solemos caer en ese error; a veces por orgullo, otras por desconfianza, por miedo o simplemente porque creemos que nadie hará las cosas mejor que nosotros.
Sin embargo, una comunidad crece cuando las responsabilidades se comparten, cuando se confía en los demás y cuando cada persona tiene la oportunidad de aportar lo mejor de sí. Después de todo, ayudar a que otros desarrollen sus propias capacidades también es una forma de encender nuevas luces.
Finalmente, la parashá nos enfrenta a una situación que parece escrita para nuestro tiempo.
Miriam habla acerca de Moshé. La Torá no oculta el episodio ni minimiza sus consecuencias.
Quizás porque las palabras tienen un poder mucho mayor del que imaginamos.
Hoy vivimos rodeados de opiniones.
Opinamos de todo, sobre dirigentes, vecinos, familiares, compañeros de trabajo y hasta sobre personas que ni siquiera conocemos.
En un mundo globalizado, las redes sociales han multiplicado esa tendencia y muchas veces hablamos sin conocer toda la historia.
Opinamos con rapidez, sin detenernos a pensar que detrás de cada persona hay una realidad que desconocemos y que nuestras palabras también pueden lastimar.
Behaalotja nos recuerda algo sencillo pero profundo: detrás de cada persona existe una realidad que no siempre vemos.
Por eso la Torá nos invita a ejercer la misma prudencia con nuestras palabras que la que esperamos recibir de los demás.
Tal vez el mensaje que atraviesa toda la parashá sea precisamente ese.
Las sociedades no se debilitan solamente por los grandes conflictos. También lo hacen cuando pierden la capacidad de agradecer, de empatizar con los demás, cuando nadie quiere compartir responsabilidades y cuando las palabras dejan de construir para comenzar a dividir.
En tiempos donde abundan las críticas, la desconfianza y la necesidad de opinar sobre todo, Behaalotja nos propone un camino diferente.
Valorar más lo que tenemos.
Confiar más en quienes nos rodean.
Y pensar mejor nuestras palabras antes de pronunciarlas. Porque una vez que salen de nuestra boca, ya no nos pertenecen únicamente a nosotros, sino también a quienes las escuchan.
Porque encender una luz no consiste únicamente en iluminar nuestro propio espacio. También implica ayudar a que otros brillen, sin apagar su voz, sin ocupar su lugar y sin hablar por detrás de ellos.
Quizás allí se encuentre una de las enseñanzas más profundas de esta parashá, una sociedad mejor no se construye cuando todos quieren ser la luz principal, sino cuando cada uno ayuda a que la luz del otro también pueda elevarse.
Shabat Shalom.
Susy Lapilover
Am Israel Jai.
