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Haftara Behaaloteja

En el centro de la haftará hay una imagen que, la primera vez que uno la lee, resulta un poco desconcertante: una menorá de oro que nadie necesita llenar de aceite. Dos olivos a sus costados la alimentan solos, de manera continua. Zacarías mira la visión y no entiende lo que está viendo. Le pregunta al ángel que lo acompaña: ”¿Qué son estos dos olivos?”. El ángel le devuelve otra pregunta, como si la respuesta debiera ser obvia. Pero no lo es. Zacarías insiste, y recién al final de la visión llega la respuesta: los dos olivos son “los dos ungidos que están junto al Señor de toda la tierra”, Zerubavel, el líder político, y Iehoshúa, el Sumo Sacerdote.

No es un detalle menor. Zacarías profetiza en un momento muy difícil de la historia del pueblo judío: el regreso del exilio babilónico. Después de décadas lejos de la tierra, el pueblo está intentando reconstruir el Templo con pocos recursos, mucha resistencia externa y un desánimo que se siente en varios pasajes del libro. No es un momento de gloria, es un momento de esfuerzo sostenido sin resultados inmediatos visibles. Y en ese contexto, la visión que recibe Zacarías no le promete un milagro ni un golpe de suerte. Le muestra algo más sutil: que la luz de la comunidad se sostiene desde dos fuentes complementarias, la conducción política y la espiritual, y que ninguna de las dos es suficiente por sí sola. El poder sin espiritualidad se vacía. La espiritualidad sin conducción concreta se diluye. Las dos juntas, en cambio, pueden mantener la llama encendida incluso en los momentos más duros.

Esto conecta directamente con la parashá. En Behalotjá, el encendido de la Menorá por parte de Aharón es el puente temático que une la parashá con la haftará. Pero si seguimos leyendo Behalotjá, encontramos algo que va más allá de ese vínculo simbólico. Vemos a Moshé agotado, al límite, diciéndole a Dios que no puede seguir cargando solo con todo el pueblo. “No puedo yo solo con todo este pueblo, porque es demasiado pesado para mí” (Bamidbar 11:14). La respuesta divina no es un reproche, es una solución práctica: distribuir la responsabilidad entre setenta ancianos. Hasta el liderazgo de Moshé, el más grande de la historia según la tradición, tiene un límite. Ninguna persona puede cargar sola con la responsabilidad de iluminar y sostener a un pueblo. La Torá misma parece decírnoslo con bastante claridad.

En ese marco aparece el versículo más conocido de esta haftará, uno de los más citados de toda la profecía hebrea: “No con ejército ni con fuerza, sino con Mi espíritu, dice el Señor de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Es importante notar a quién va dirigido: a Zerubavel, el líder político, el que tiene en sus manos la reconstrucción concreta del Templo. No es una frase dicha en abstracto. Es casi una advertencia dirigida al poder institucional: los recursos, la organización, la capacidad de gestión, son necesarios, nadie lo niega, pero no son lo que sostiene a una comunidad en el tiempo. Hay algo más, que la tradición llama ruaj, espíritu, aliento, presencia, y que no se puede votar ni administrar ni planificar en un presupuesto.

La pregunta que deja esta haftará me parece tan vigente hoy como en tiempos de Zacarías: ¿de dónde viene realmente la luz de una comunidad? La imagen que propone el profeta es clara, la menorá necesita los dos olivos, y los dos olivos necesitan estar conectados a algo más grande que cualquier liderazgo humano. Una comunidad que concentra todo en una sola figura, sea religiosa o institucional, es una menorá a la que le falta un brazo. Y una comunidad que tiene estructuras y organización pero perdió el espíritu que le da sentido a todo, es una menorá sin aceite. No sé si siempre tenemos clara la respuesta a esta pregunta, pero quizás el primer paso es no dejar de hacérnosla.

Shabat Shalom,
Yael Krochmal

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