
Hasta en la guerra, primero la paz.
Hay frases de la Torá que parecen escritas por un guionista de Netflix en su mejor día. Una de ellas: “Cuando te acerques a una ciudad para pelear contra ella, primero le ofrecerás la paz” (Devarim 20:10).
A ver… ¿en serio? Estás con las lanzas, los caballos, los catapultazos listos, y en medio del quilombo, la instrucción es: “¡Pará, antes de tirar la piedra, mandales un WhatsApp de paz!”
Es tan contraintuitivo que parece un chiste. Pero no lo es.
Rabí Iojanán ben Zakai lo entendió mejor que nadie. En el Talmud (Brajot 17a) dice que jamás nadie lo saludó primero, porque él siempre se adelantaba con un “Shalom Aleijem”. Hasta un romano en el mercado recibía su saludo antes de decir “oferta dos por uno”. El hombre convirtió la paz en un hábito. Y cuando llegó el sitio de Jerusalem, ese reflejo cotidiano lo preparó para negociar, incluso con Vespasiano, el César que estaba a punto de arrasar la ciudad.
Acá está la primera enseñanza: las grandes batallas de la vida no se ganan en el ring, se ganan en la previa, con los hábitos que cultivamos todos los días. El judaísmo no arranca en los gestos heroicos, sino en lo chico, repetido hasta que se convierte en carácter.
El Midrash (Tanjuma, Tzav 5) se anima incluso a decir que fue Moshé quien le enseñó a Dios a frenar la mano. Dios había pensado que la guerra debía ser directa, sin chances. Pero Moshé le recordó: “Tu Torá es de Zevaj Hashlamim, sacrificios de paz”. Y Dios cambió. Sí, la paz es tan esencial que, según nuestros sabios, hasta Dios tuvo que aprenderla.
El Shelá HaKadosh lo resumió en una frase que parece de manual de autoayuda, pero que tiene filo de espada: “Afilu bam iljamá nitzaveinu bashalom” – incluso en la guerra estamos obligados a la paz.
Ahora bien, seamos honestos. La mayoría de nosotros no anda sitiando ciudades ni discutiendo con emperadores romanos. Nuestra “guerra” son los roces en el laburo, el vecino que estaciona donde no debe, la pareja que dice “no pasa nada” con tono de que pasa todo. Y ahí, nuestra primera reacción es pelear. Nos sale automático.
Pero la Torá te pone un espejo incómodo: ¿y si la verdadera valentía es frenar antes del grito y ofrecer primero la paz?
Ese gesto no solo calma al otro, sino que nos calma a nosotros. Porque la paz que le damos al de enfrente, en el fondo, es la que estamos buscando adentro nuestro.
En Pirkei Avot (4:15) Rabí Matia ben Jarash lo convierte en principio de vida: “Adelanta el saludo a toda persona.” Parece una pavada, pero empieza con un “hola” sincero al portero, al colectivero, al colega. Eso te entrena para que cuando llegue el quilombo grande, no explotes, sino que tu reflejo sea buscar armonía.
Por eso, esta parashá no es un tratado militar. Es una pedagogía espiritual: nos enseña a pelear la batalla más difícil: la de frenar nuestra compulsión a la confrontación.
La paz no es ingenuidad ni debilidad. Es un músculo. Y como todo músculo, se entrena. A veces con un saludo, a veces con un silencio, y a veces (paradoja divina) incluso en medio de la guerra.
Shabat Shalom.
Wally Liebhaber