Empecemos con una pregunta un poco incómoda, de esas que uno preferiría que no le hagan: ¿somos personas que vemos las cosas como son? Casi todos diríamos que sí. Miramos, evaluamos, sacamos conclusiones. Y si alguien nos demuestra que estábamos equivocados, damos el brazo a torcer. Somos gente sensata. Pero pensemos un segundo: ¿cuándo fue la última vez que vimos a alguien cambiar de opinión de verdad, en una sobremesa de domingo, en una charla con un amigo, con alguien con el que discutimos siempre lo mismo desde hace mucho tiempo? Yo tampoco me acuerdo. Y sin embargo todos juramos que miramos el mundo con los ojos bien abiertos.
Esta misma pregunta, que parece de hoy, está en la parashá de esta semana. El rey Balak ve cómo el pueblo de Israel, después de cuarenta años en el desierto, vence a dos imperios poderosos y se acerca a la Tierra Prometida. Y la Torá elige unas palabras curiosas para contarlo: “vio Balak todo lo que había hecho Israel” (Bamidbar 22:2). Esas palabras, “todo lo que había hecho”, ya las habíamos escuchado antes, casi idénticas, en otra escena: cuando Itró, el suegro de Moshé, “escuchó todo lo que había hecho Dios” por su pueblo (Shemot 18:1). Y no es la única coincidencia. Balak es “hijo de Tzipor”, un pájaro, y la única otra persona con ese nombre en toda la Torá es Tziporá, la esposa de Moshé, hija de Itró. Los dos, además, tienen raíces en Midián: Itró es su sacerdote, y Rashí cuenta que Balak mismo era un príncipe midianita antes de ser rey de Moav. La Torá nos toma de la mano y parece decirnos: prestá atención, este Balak es otro Itró. Nos prepara para una historia hermosa, la de un extranjero que reconoce la grandeza de lo que está pasando y se suma a la fiesta.
Y entonces leemos cómo reacciona Balak, y se nos cae todo. Porque Itró, cuando se enteró, salió corriendo a abrazar a Moshé y a festejar. Balak, en cambio, se llena de espanto y lo primero que hace es contratar a alguien para que maldiga a ese pueblo. Eso ya no suena a Itró. Suena, palabra por palabra, a Faraón, que también se asustó de los hebreos cuando se multiplicaron, los llamó “más numerosos y fuertes que nosotros” (Shemot 1:9), y también quiso frenarlos. Misma escena, dos hombres, dos reacciones opuestas.
¿Por qué tan distintas? No porque uno fuera bueno y el otro malo de nacimiento. Reaccionaron distinto porque estaban mirando lo mismo con anteojos diferentes. Itró vio la mano de algo más grande sosteniendo esa historia y decidió acercarse. Faraón sólo vio una amenaza, gente que le hacía sombra, y decidió aplastarla. La misma realidad, dos relatos, dos vidas. Y Balak tuvo la oportunidad de elegir cuáles anteojos ponerse. Tuvo cuarenta años para atar cabos, porque la salida de Egipto no era un rumor, era historia conocida por todos. Y aun así eligió no ver. Fíjense cómo habla: llama a los israelitas “el pueblo que salió de Egipto”, como si una mañana se hubieran levantado y se hubieran ido caminando solos, sin milagros, sin nada más grande detrás. Balak edita la historia para que le quede cómoda. No es que no podía ver. Es que no quería.
Y acá podríamos cerrar con un tranquilo “qué muchacho obtuso, este Balak” e irnos a comer. Pero sería caer en su misma trampa. Porque la Torá no nos está mostrando a un personaje raro de hace tres mil años: nos está poniendo un espejo. Los Sabios ya lo habían visto con una agudeza que asusta. En el Midrash (Bereshit Rabá 55:8) enseñan que “el amor altera el orden de las cosas y el odio altera el orden de las cosas”: cuando una emoción fuerte nos domina, hasta las personas más grandes actúan fuera de su lugar, y dejan de ver con claridad. Y no es casualidad que el ejemplo que trae el Midrash sea, justamente, Bilam, el de nuestra historia. Hoy la neurociencia lo diría con otras palabras: creemos que primero juntamos los datos y después decidimos, pero en realidad es al revés. El corazón decide, y después la cabeza sale a buscar los argumentos que le den la razón. Lo que nos molesta, lo que no encaja con lo que ya queríamos creer, lo barremos abajo de la alfombra con una elegancia notable. Lo hacemos con la política, con la familia, con esa persona a la que decidimos hace años que era “imposible”. Creemos que estamos pensando, y en realidad solo estamos confirmando. Y lo más incómodo es darse cuenta de que uno también lo hace. Que a veces la verdad nos está mirando de frente y elegimos mirar para otro lado.
¿Hay salida? Yo creo que sí, modesta pero real. La Torá nos pide “alejate de la palabra falsa” (Shemot 23:7), y el Rebe de Kotzk agregaba que la mentira más difícil de soltar no es la que le decimos a los demás, sino la que nos decimos a nosotros mismos. No hace falta volverse otra persona. Alcanza con un gesto chico: la próxima vez que estemos seguros de tener razón, antes de contestar, probar por un minuto a defender lo contrario. O sentarse a escuchar de verdad a alguien que piensa distinto, no para refutarlo, sino para entenderlo. Es difícil, no les voy a mentir; a mí me cuesta horrores. Cuesta recordarse que creer que tengo razón no es lo mismo que tenerla. Pero esto, me parece, es de lo más humano y más hondo que nos enseña la Torá: nunca nos pidió ser perfectos ni infalibles, nos pide algo más difícil y más digno, que es animarnos a mirar con honestidad, aunque lo que veamos nos arruine un poco el relato que tanto nos gustaba.
No tengo garantías de lograrlo. Pero de algo estoy seguro: la responsabilidad de intentarlo es mía. Y tal vez la de todos. Que tengamos un Shabat de ojos un poquito más abiertos.
Shabat shalom
Wally Liebhaber
