Hay parashiot que se recuerdan por un momento dramático, un celo, un castigo, una plaga que se detiene. Pinjás tiene ese comienzo. Pero si seguimos leyendo, la parashá se abre hacia algo distinto: dos escenas de cierre, casi al final del libro de Bamidbar, que hablan menos de fuego y más de estructura. De cómo un pueblo que está por entrar a su tierra necesita, antes que nada, saber a quién le pertenece esa tierra y quién va a conducirlo hacia ella.
La primera escena es la de las hijas de Tzelofjad. Majlá, Noá, Joglá, Milká y Tirtzá se presentan ante Moshé, ante Elazar, ante los príncipes y ante toda la comunidad, en la entrada del Mishkán, la Tienda de Reunión. Su padre murió en el desierto sin dejar hijos varones, y ahora que la tierra está por repartirse por familias, ellas corren el riesgo de quedar afuera de la herencia, no por haber pecado, sino simplemente por haber nacido mujeres en una estructura pensada para los hijos varones. Su reclamo es corto: “¿Por qué ha de ser eliminado el nombre de nuestro padre de su familia, por no haber tenido hijo? Dennos posesión entre los hermanos de nuestro padre” (Bamidbar 27:4).
Lo notable no es solo lo que piden, sino cómo lo piden. Se presentan juntas, con argumento ordenado, sin resentimiento y sin acusar a nadie de injusticia deliberada. Y Moshé, que ha resuelto solo casi todos los conflictos del pueblo hasta ahora, esta vez no responde de inmediato: lleva el caso ante el Kadosh BarujHu. La Torá registra la respuesta divina sin matices: “Bien hablan las hijas de Tzelofjad” (27:7). No hay una corrección incómoda ni una concesión a medias. Hay razón, lisa y llana, y una ley que a partir de ese momento cambia para todo el pueblo.
Me parece que ahí hay algo que vale la pena señalar: la Torá no presenta este episodio como una excepción compasiva, sino como una corrección estructural. Las hijas de Tzelofjad no piden un favor personal, señalan un vacío legal genuino. Y el sistema, a través de Moshé, que reconoce no tener la respuesta y busca una superior, se muestra capaz de escuchar y modificarse. Eso, en el desierto, después de tantos episodios de queja, castigo y rebeldía, es en sí mismo un logro simbólico: una demanda de justicia que llega en el momento correcto y encuentra un canal legítimo para resolverse.
La segunda escena parece, a primera vista, no tener relación con la primera. Apenas resuelto el asunto de la herencia, Moshé se dirige a Hashem con un pedido propio: que el pueblo no quede “como ovejas sin pastor” (27:17) cuando él ya no esté. Pide un sucesor, no por su propio prestigio, sino por la comunidad que necesita conducción para entrar a la tierra que él mismo no va a pisar. Hashem le indica que ponga su mano sobre Iehoshúa bin Nun, “un hombre en quien hay espíritu” (27:18), y que lo instale frente a Elazar el sacerdote y frente a toda la congregación, transmitiéndole autoridad, aunque, dice el texto, no toda su gloria.
Y ahí está, creo, el hilo que une ambas escenas. La parashá “cierra” el libro de Bamidbar resolviendo dos preguntas sobre continuidad: quién hereda la tierra, y quién conduce al pueblo hacia ella. En los dos casos, lo que se pide y lo que se entrega no es un privilegio personal sino una responsabilidad hacia el futuro. Las hijas de Tzelofjad no piden tierra para enriquecerse, piden que el nombre de su padre no se borre. Iehoshúa no recibe el liderazgo para su propia gloria, lo recibe con la instrucción explícita de que deberá consultar a Elazar, de que no gobernará solo. La autoridad, en ambos casos, viene acompañada de límites y de vínculo comunitario, nunca es un poder aislado.
Quizás la enseñanza más simple, y a la vez más exigente, de esta parashá sea esa: que tanto pedir justicia como recibir liderazgo son actos que se sostienen en la comunidad, no por encima de ella. Las hijas de Tzelofjad se presentan frente a todo el pueblo. Iehoshúa es investido frente a todo el pueblo. Nada de lo que define el futuro de Israel, ni el derecho a la herencia, ni la conducción, sucede en privado. Sucede a la vista de todos, porque a todos les pertenece.
Shabat shalom
Yael Krochmal
