Iejezkel está en el exilio. El Templo ya no está. El pueblo está roto, disperso, preguntándose qué queda cuando lo que te definía se incendió.
Y en medio de ese desastre, el profeta hace algo raro. Empieza a describir, con detalle casi obsesivo, las reglas de los kohanim en un Templo que todavía no existe. Un Tercer Templo. En algún futuro sin fecha. Un futuro que a lo mejor nunca llega —o que llega de otra manera.
Ropa. Peinado. Matrimonio. Vino. Duelos. Todo minuciosamente reglamentado para sacerdotes que, por ahora, no tienen dónde servir.
Hasta que, casi al final, aparece la frase que detiene todo: “Y les será por herencia: Yo soy su herencia. Y posesión no les darán en Israel: Yo soy su posesión.” (Iejezkel 44:28)
A primera vista suena hermoso. Dios es tu porción. Qué frase para un póster, qué frase para un retiro espiritual con vista a la montaña.
Pero cuando la leés en serio (cuando pensás qué significa concretamente en la vida de un kohén) es incómoda. Muy incómoda.
Todos los demás tienen tierra. Todos los demás tienen algo que se puede tocar, medir, heredar, dejarle a un hijo. Todos los demás tienen un lugar al que volver cuando se terminó el trabajo.
El kohén no.
El kohén trabaja en el espacio más sagrado del mundo y al final del día no le corresponde ni una parcela. Es, básicamente, el único empleado cuyo jefe le dice: “tu premio soy yo”. Que en cualquier otro contexto laboral sería motivo de denuncia.
El versículo no usa una palabra. Usa dos, y la distinción importa.
Najalá viene de la raíz de fluir, descender: es lo que te llega por herencia, lo que recibís porque te corresponde por linaje. El río que te baja.
Ajuzá viene de la raíz de aferrar, sostener: es lo que tomás posesión, lo que agarrás con la mano, lo que fijás como propio.
La Torá le está diciendo al kohén dos cosas, no una: no vas a heredar, y no vas a agarrar. Ni pasado ni presente. Ni lo que te dieron ni lo que te ganaste. Las dos formas de pertenencia humana, clausuradas.
Y eso no es un accidente del texto. Es la tesis.
Hay un mundo (claramente no todos) que funciona así: cuanto más importante sos, más tenés. Más poder, más espacio, más cosas a tu nombre. Ser alguien es acumular. Sos lo que tenés, nos enseñaron desde chicos, aunque después lo neguemos en voz alta.
El mundo del kohén funciona exactamente al revés.
Cuanto más te acercás al centro, menos te llevás. El Kohén Gadol, que entra al lugar más sagrado el día más sagrado, es el que menos posee. El Levi, que canta y enseña, no tiene campo. El que está más cerca de la Presencia es el que tiene menos cosas en el bolsillo.
En ese mundo nadie enseñó a leer la importancia así. Al revés: aprendemos a medir la vida con la vara opuesta. Por eso este versículo nos resulta tan extraño, y por eso nos sigue hablando.
Iejezkel no está escribiendo para darle instrucciones operativas a sus lectores. Está escribiendo después del desastre. Para gente que perdió el Templo, la tierra, la certeza, la estructura entera de su identidad.
Y les dice: va a haber un futuro. No va a ser como antes. Y lo que va a sostener ese futuro no son las cosas que tenían.
Esa es la haftará que nos toca leer ahora. No el manual de un Templo que no existe. La pregunta de qué queda cuando se cae lo que creíamos que nos definía.
Porque todos tenemos esa pregunta en algún momento. Después de un diagnóstico, de una separación, de perder un trabajo, de enterrar a alguien, de darnos cuenta de que el proyecto con el que estuvimos diez años no era lo que queríamos.
En esos momentos, la pregunta de Iejezkel aparece aunque uno no sea religioso: ¿Qué parte de mí no necesita tener nada para ser?
Una sola pregunta, que no hay que contestar rápido: ¿Qué tengo que, si mañana no lo tuviera, me haría sentir que dejé de ser yo?
Y después, más bajito: ¿Tiene razón esa sensación?
Tal vez no seamos kohanim. Pero todos tenemos algo en el pecho que funciona como uno. Una parte que sabe, en silencio, que lo más sagrado que hay no se puede poseer.
Shabat Shalom.
Wally Liebhaber
