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Parasha Tazria-Metzora

“El reflejo de lo que somos”,
por Seba Cabrera Koch.

Parashá Tazria-Metzorá:
Comentario a Levítico 12:1-15:33

A mediados del siglo XIX, cuando una epidemia de cólera provocó una gran cantidad de víctimas en la ciudad de Vilna, los judíos del lugar comenzaron a examinar sus acciones y las de sus prójimos para averiguar los motivos de tamaña tragedia.

Un buen día, uno de los “buscadores de pecados” apareció en casa de Rabí Israel Lipkin de Salant (1810-1883) diciendo conocer al supuesto “culpable” de la epidemia, pidiéndole su pronta intervención.

Israel Salanter, reconocido fundador del movimiento Musar, lo escuchó con paciencia, tal como acostumbraba, y luego le dijo:

“Es sabido, dice la Torá, que el leproso debe ser echado fuera del campamento. Este mecanismo puede ser explicado del siguiente modo: nuestros Sabios, de bendita memoria, consideraban que la lepra venía como castigo por el pecado de la difamación (Talmud Bavli, Tratado Arajin 16a). La calumnia, en realidad, no está prohibida por temor a que se difunda una mentira. Lo malo de la calumnia es que el calumniador se encarga de buscar defectos solo en el prójimo. Por ello se le dice al calumniador: ‘Si eres tan sabio para hallar pecados en tu compañero, sal del campamento, quédate en soledad por unos días, y así podrás encontrar tus propias falencias que, por cierto, no son pocas…’”.

Esta semana nos reencontramos con las porciones de Tazría y Metzorá, que contienen, casi en su totalidad, descripciones de afecciones en las que el Lashón haRá, la utilización hiriente del lenguaje y la palabra, ocasionaba una enfermedad mal traducida como “lepra”.

Hacia el final del capítulo 13 de Levítico, leemos: “En cuanto al leproso, el que tiene la llaga, portará las ropas descocidas y su cabeza estará descubierta y hasta el bigote habrá de cubrirse, e ¡Impuro! ¡Impuro! habrá de proclamar” (Lev. 13:45).

El proceso de purificación de la lepra requería que el afectado fuera apartado de la comunidad. Alli, en lugar de buscar los defectos en su prójimo, como lo hizo hasta ahora, sus pensamientos se enfocarían en reconocer sus propios defectos.

En ese sentido, el Sheláh haKadosh (Yeshaiahu Ben Avraham Horowitz, rabino y místico, 1555-1630) explica que esta experiencia desoladora era el espejo donde el enfermo examinaba sus propias acciones. Asi, el leproso sentía en carne propia, en el más amplio sentido del término, la vivencia que les había causado a los otros con sus conversaciones indiscretas, sus maledicencias y habladurías.

El Baal Shem Tov (1700-1760) explicó la Mishná que señala que “la persona ve todas las afecciones, menos las propias” (Mishná Negaim 2,5). Según el texto de la Mishná, toda persona requiere de un ojo externo para mostrarle aquello que lo afecta. Pero el Baal ShemTov expresa una idea más profunda aún, relacionada con nuestra capacidad de percibir la realidad: según sus enseñanzas, todas las afecciones que una persona pueda ver fuera de uno, son en realidad “nuestras propias afecciones”. Todo lo que percibimos en la realidad circundante es un reflejo de nuestras ideas sobre la realidad y el mundo.

La persona ve en el otro defectos que él mismo posee, “todo aquel que descalifica, lo hace a partir de su propio defecto” (Talmud Bavli, Tratado Kidushin 70b).

Esta idea es también una poderosa herramienta para el auto-conocimiento: si queremos aprender acerca de uno, examinemos nuestro entorno: si vemos lo bueno del Otro, o si solo vemos defectos, dice mucho más de nosotros de lo que creemos. Es el reflejo de lo que somos.

Rashi (acrónimo del gran exegeta francés Rabí Shlomo Yitzjaki, 1040-1105), enseña que “las llagas vienen a causa de la arrogancia”.

Solía decir Rabí Rafael de Barshad (1751-1827): “En el mundo venidero, podré hallar una excusa para cada uno de mis pecados, menos para el pecado de la soberbia. Si preguntaran por qué no he estudiado más Torá, respondería que fui un ignorante que no supo estudiar. Si me preguntaran por qué no he dado más tzedaká, respondería que no tuve suficiente dinero. Si me preguntaran por qué no he ayunado ni me he contenido más de las necesidades corporales, respondería que fui hombre débil. Pero si me preguntaran por qué entonces fui soberbio, no sabré qué responder”. (Surazski, G. Iturei Torá, vol. 4, p. 82).

En épocas bíblicas, el Miklat era el refugio en el cual podía protegerse toda persona que había matado a otra en forma no intencional. Allí un asesino involuntario podría vivir años, pudiendo reflexionar acerca de su conducta y sus consecuencias.

Los Sabios de Israel enseñaron que la lengua también mata. Como analogía, se podría inferir que el alejamiento social no solo representa un periodo de introspección y de reflexión; es un Miklat bazman “Un refugio en el tiempo”, para hacer ese jeshvón hanefesh (recuento del alma) tan necesario para hacer una pausa y ajustar el rumbo en esta vida tan vertiginosa que llevamos.

Semana a semana, el Shabat es nuestro refugio; es una oportunidad para todo aquel que desea detenerse, respirar hondo y recalibrarse espiritualmente, un espacio seguro para reencontrarnos con nosotros mismos; y desde donde, esperemos, podamos salir al encuentro del prójimo.

Shabat Shalom amigos!
Seba Cabrera Koch

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