Después de caerse, siempre es posible levantarse
A veces creemos que los textos proféticos hablan de un tiempo muy lejano, de un mundo que ya no existe. Pero cuando leemos al profeta Amós con atención, descubrimos algo sorprendente, su voz suena increíblemente actual.
Esta haftará -que corresponde al libro de Amós (9:7–15) se lee cuando en la Torá se unen las parashiot Ajarei Mot y Kedoshim, dos secciones del libro de Vayikrá (Levítico), que hablan sobre la responsabilidad moral del pueblo y sobre el llamado a vivir con santidad en la vida cotidiana.
El nombre de la parashá “Ajarei Mot” significa “…después de la muerte de…” (Levítico 16:1), la Torá abre esta sección recordando un momento doloroso, las muertes de Nadav y Avihu, los hijos de Aarón, quienes habían ofrecido un fuego no ordenado en el Santuario. A partir de ahí, D’s advierte sobre la importancia de no entrar de manera indebida al lugar sagrado, marcando límites claros y recordando que la cercanía con lo divino exige responsabilidad y conciencia.
La segunda parashá, “Kedoshim”, significa “Santos”. Toma su nombre del versículo Levítico 19:2, donde aparece uno de los llamados más profundos de la Torá “…Santos serán…”.
Pero la santidad que explica la Torá, no se limita al espacio sagrado. Se expresa en la vida cotidiana, en la justicia, en el cuidado del prójimo, en la educación, en la honestidad y en el respeto por el otro. En definitiva, en la forma que una sociedad decide vivir.
Ese mismo espíritu atraviesa la voz del profeta Amós. No pertenecía a una familia sacerdotal. Era un simple pastor que vivía en una pequeña localidad del reino de Yehudá. Sin embargo, en algún momento del siglo VIII a.e.c., D’s lo llama a llevar un mensaje al reino del norte de Israel.
El reino vivía un período de estabilidad política y prosperidad económica durante el reinado de Jeroboam II. Pero esa prosperidad escondía una realidad más profunda, crecían las desigualdades sociales, se abusaba de los débiles y la religión comenzaba a transformarse en un ritual vacío, sin ética.
En ese contexto surge la voz del profeta.
Su mensaje es directo, incómodo y profundamente moral. Denuncia la injusticia social, el abuso de poder y la hipocresía religiosa. Para Amós, la verdadera fe no se mide solo por sacrificios o ceremonias, sino por la forma en que una sociedad trata al pobre, al débil y al extranjero.
Los versículos finales de su libro, que leemos en esta haftará, tienen, sin embargo, un tono diferente. Después de las advertencias, aparece una promesa.
El profeta, transmite una idea muy fuerte, el pueblo de Israel puede atravesar crisis, sacudidas y momentos muy difíciles, pero no será destruido completamente. Utiliza una imagen poderosa, Israel será zarandeado como el grano en un tamiz, pero el grano verdadero no se perderá.
Es decir, la historia puede sacudir, pero no borrar la esencia.
Luego aparece una de las imágenes más bellas de la profecía, D’s promete levantar la “…sucá caída de David…”.
No habla de un palacio ni de una fortaleza, sino de una sucá, en una estructura sencilla, frágil y humilde. Y aun esa sucá que parece derrumbada será reconstruida y levantada nuevamente.
El mensaje es claro, lo que se rompe puede volver a levantarse.
La profecía describe un tiempo de abundancia, de tierra fértil, de viñas plantadas y frutos compartidos. Culmina con una promesa que atraviesa generaciones, el pueblo será plantado en su tierra y no volverá a ser arrancado.
Cuando leemos estas palabras hoy, en un tiempo donde el pueblo judío vuelve a atravesar momentos de tensión, dolor y desafíos, pero también de reconstrucción constante, la voz de Amós adquiere una resonancia especial.
Nos recuerda que la historia de Israel nunca fue simple, ni fácil, ni lineal. Siempre hubo caídas, exilios, crisis y preguntas difíciles. Pero también hubo una fuerza profunda que permitió levantarse una y otra vez. La resiliencia esta en su ADN.
Tal vez esa sea la enseñanza más profunda, en diálogo con Ajarei Mot–Kedoshim, la santidad no significa perfección, sino la capacidad de reconstruir lo que parecía perdido y seguir caminando con responsabilidad moral.
Porque la historia de nuestro pueblo, como la de tantas vidas humanas, no se define por las caídas, sino por la capacidad de volver a ponerse de pie.
¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover
