Shavuot: La festividad de la entrega de la Torá
Una mochila que en lugar de pesar, equilibra
Shavuot es uno de mis momentos favoritos del año; es la festividad donde literalmente “cargo nafta” espiritual para seguir adelante.
Al reflexionar sobre esta época, siempre me detengo en el concepto de que una persona debe asemejarse a un desierto (midbar) para recibir la Torá, una enseñanza central en el pensamiento rabínico, donde nuestros Sabios utilizan este simbolismo para transmitir que la adquisición de la sabiduría divina requiere de humildad, la anulación del ego y el estado de hefker, es decir, aquello que no tiene dueño privado y está disponible para todos. El Talmud realiza una hermosa exégesis de los viajes del pueblo de Israel jugando con las palabras hebreas midbar (desierto) y mataná (regalo). La lección es clara: si una persona se hace a sí misma como este desierto, que es hefker, la Torá le es entregada como un regalo.
En mi día a día como educador, ya sea cuando preparo mis clases, planifico cómo hacer una idea más accesible, o cuando acompaño el crecimiento de mis estudiantes a lo largo de los años, veo este principio en acción profunda. El desierto no pertenece a ninguna tribu ni a ninguna nación; ser como un desierto significa reconocer que el conocimiento de la Torá no es propiedad privada y uno debe estar dispuesto a compartirlo con los demás. Por eso la Torá fue dada públicamente, en un lugar abierto, para que todo el que desee aceptarla pueda acercarse y hacerlo.
Sin embargo, esto plantea una paradoja que aborda el Rab Dessler: respecto al ser humano limitado, con una comprensión mental finita, ¿cómo es posible que la persona adquiera la Torá eterna e ilimitada?. A nosotros nos corresponde reconocer que la posibilidad de recibir la Torá aquí abajo es solamente como un regalo, un verdadero milagro proveniente del Kadosh Baruj Hú. Y, al mismo tiempo, aprendemos que la Torá fue entregada justamente dentro de la limitación del ser humano para ayudar a la persona a derrotar y superar esas mismas limitaciones. Para lograr esto necesitamos humildad (anavá), pero no debemos confundirla con la falta de autoestima. El humilde no es una persona carente de respeto propio, por el contrario, reconoce su propia dignidad y entiende que su vida sobre la faz de la tierra es una vida de misión. Quien es verdaderamente humilde se presenta a esta misión listo y preparado con toda la fuerza de su presteza, diciendo “Hineni” (Heme aquí), poniendo todas sus fuerzas al servicio de su tarea. Este humilde está muy lejos de ser una persona vacía o sin carácter; conoce su valor, pero está entregado por completo a su misión.
En este camino de asumir nuestro rol y pararnos frente a los demás, a veces nos enfrentamos a lo que hoy llamamos el “Síndrome del impostor”. Es esa brecha entre los pensamientos que uno tiene sobre sí mismo y el respeto excesivo que a veces nos profesa el entorno, haciéndonos sentir como si fuéramos falsos o llevados “en andas” de una simpatía que no merecemos.
Para lidiar con esto, quiero cerrar con un consejo hermoso del Rab Kook, transmitido por el Rab Jaim Sabato. La recomendación es la siguiente: a donde quiera que vayas, ve con una mochila en la espalda. Cuando te den un halago exagerado, no lo metas directamente en el corazón, pero tampoco lo rechaces; simplemente mételo en la mochila. A veces la vida te deparará insultos, que probablemente también serán exagerados, pero tendrás menos control sobre ellos y entrarán directo a tu corazón. Justo en ese momento, es la hora de abrir tu mochila, sacar el halago que guardaste allí, y meterlo en el corazón para equilibrar.
La Torá busca un equilibrio en nosotros, la receta justa que necesitas para sintonizar con tu espiritualidad judía la vas a ir buscando y aprendiendo. Es parte de este camino que hacemos juntos en comunidad. Es parte de tu misión en el mundo.
¡Jag Shavuot Sameaj!
Rab Meir Szames
La Ieshive









