Haftara Pinjas

Todavía estamos a tiempo de escuchar

Esta semana la Parashá es Pinjás, pero la Haftará cambia.
Comenzamos las Tres Semanas, el período que une el 17 de Tamuz con el 9 de Av (Tishá BeAv), días en los que recordamos los acontecimientos que llevaron a la destrucción de los Templos de Jerusalén y al exilio. Por eso dejamos momentáneamente la Haftará habitual y comenzamos a leer las llamadas Haftarot de Advertencia.

La primera que se nos presenta es la del profeta Irmiahu (Jeremías 1:1-2:3).
Vivió hace unos dos mil seiscientos años, en los últimos tiempos del Reino de Judá. Eran años de incertidumbre.
Una época muy oscura. La sociedad se había acostumbrado a la injusticia, las diferencias entre las personas eran cada vez mayores y muchos creían que nada podía sucederles simplemente porque el Templo seguía en pie.

Es entonces cuando D’s llama a un joven que no se siente preparado.
Jeremias responde con la sinceridad de quien conoce sus propias limitaciones: “… Y dije: «¡Ay, Señor Dios! He aquí, no sé hablar porque soy joven…» (Jeremías 1:6).
Pero D’s le enseña que no siempre elige a quienes se sienten fuertes, sino a quienes están dispuestos a asumir una responsabilidad.
Su misión no era anunciar una tragedia. Era intentar evitarla. Tratar de despertar al pueblo hablándole al corazón, antes de que fuera demasiado tarde.
Y, sin embargo, la Haftará termina de una manera que sorprende. Después de las advertencias, D’s recuerda con ternura el comienzo de la relación con Su pueblo: “…Recuerdo el cariño de tu juventud, el amor… cuando me seguías por el desierto…”.
Es la imagen de D’s que, como lo hacen los padres, antes de corregir a un hijo le recuerda cuánto lo ama. Porque las advertencias que nacen del amor no buscan condenar, sino ofrecer la oportunidad de reflexionar, reparar y volver a empezar.

Creo que allí está la enseñanza que más nos interpela.
Muchas veces pensamos que las grandes crisis aparecen de un día para otro. Sin embargo, casi nunca es así. Siempre hay pequeñas señales que nadie quiso ver.
Palabras que dejamos pasar. Injusticias que consideramos normales. Personas que dejaron de ser escuchadas. Y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, aquello que nos parecía sólido, comienza a resquebrajarse.

Hoy también vivimos rodeados de voces. Opiniones, noticias y hasta de discusiones permanentes.
Pero escuchar de verdad es otra cosa, porque no es lo mismo oír que escuchar.

Escuchar implica prestar atención, abrir el corazón y estar dispuestos a dejar que algo nos transforme.

Quizás por eso Jeremias no nos habla solamente del pasado. Nos recuerda que siempre existe un instante antes de que sea demasiado tarde. Un momento en el que todavía podemos pedir perdón, reparar un vínculo, cambiar una actitud, empatizar con el otro o elegir un camino diferente.

Tal vez esa sea la invitación de esta primera Haftará, no esperar a que las ruinas nos enseñen el valor de aquello que todavía podemos cuidar.

Que en este Shabat podamos escuchar esa voz interior que nos inspire a transformar la oscuridad en luz.

Susy Lapilover
Am Israel Jai

Parasha Pinjas

Hay parashiot que se recuerdan por un momento dramático, un celo, un castigo, una plaga que se detiene. Pinjás tiene ese comienzo. Pero si seguimos leyendo, la parashá se abre hacia algo distinto: dos escenas de cierre, casi al final del libro de Bamidbar, que hablan menos de fuego y más de estructura. De cómo un pueblo que está por entrar a su tierra necesita, antes que nada, saber a quién le pertenece esa tierra y quién va a conducirlo hacia ella.

La primera escena es la de las hijas de Tzelofjad. Majlá, Noá, Joglá, Milká y Tirtzá se presentan ante Moshé, ante Elazar, ante los príncipes y ante toda la comunidad, en la entrada del Mishkán, la Tienda de Reunión. Su padre murió en el desierto sin dejar hijos varones, y ahora que la tierra está por repartirse por familias, ellas corren el riesgo de quedar afuera de la herencia, no por haber pecado, sino simplemente por haber nacido mujeres en una estructura pensada para los hijos varones. Su reclamo es corto: “¿Por qué ha de ser eliminado el nombre de nuestro padre de su familia, por no haber tenido hijo? Dennos posesión entre los hermanos de nuestro padre” (Bamidbar 27:4).
Lo notable no es solo lo que piden, sino cómo lo piden. Se presentan juntas, con argumento ordenado, sin resentimiento y sin acusar a nadie de injusticia deliberada. Y Moshé, que ha resuelto solo casi todos los conflictos del pueblo hasta ahora, esta vez no responde de inmediato: lleva el caso ante el Kadosh BarujHu. La Torá registra la respuesta divina sin matices: “Bien hablan las hijas de Tzelofjad” (27:7). No hay una corrección incómoda ni una concesión a medias. Hay razón, lisa y llana, y una ley que a partir de ese momento cambia para todo el pueblo.
Me parece que ahí hay algo que vale la pena señalar: la Torá no presenta este episodio como una excepción compasiva, sino como una corrección estructural. Las hijas de Tzelofjad no piden un favor personal, señalan un vacío legal genuino. Y el sistema, a través de Moshé, que reconoce no tener la respuesta y busca una superior, se muestra capaz de escuchar y modificarse. Eso, en el desierto, después de tantos episodios de queja, castigo y rebeldía, es en sí mismo un logro simbólico: una demanda de justicia que llega en el momento correcto y encuentra un canal legítimo para resolverse.

La segunda escena parece, a primera vista, no tener relación con la primera. Apenas resuelto el asunto de la herencia, Moshé se dirige a Hashem con un pedido propio: que el pueblo no quede “como ovejas sin pastor” (27:17) cuando él ya no esté. Pide un sucesor, no por su propio prestigio, sino por la comunidad que necesita conducción para entrar a la tierra que él mismo no va a pisar. Hashem le indica que ponga su mano sobre Iehoshúa bin Nun, “un hombre en quien hay espíritu” (27:18), y que lo instale frente a Elazar el sacerdote y frente a toda la congregación, transmitiéndole autoridad, aunque, dice el texto, no toda su gloria.
Y ahí está, creo, el hilo que une ambas escenas. La parashá “cierra” el libro de Bamidbar resolviendo dos preguntas sobre continuidad: quién hereda la tierra, y quién conduce al pueblo hacia ella. En los dos casos, lo que se pide y lo que se entrega no es un privilegio personal sino una responsabilidad hacia el futuro. Las hijas de Tzelofjad no piden tierra para enriquecerse, piden que el nombre de su padre no se borre. Iehoshúa no recibe el liderazgo para su propia gloria, lo recibe con la instrucción explícita de que deberá consultar a Elazar, de que no gobernará solo. La autoridad, en ambos casos, viene acompañada de límites y de vínculo comunitario, nunca es un poder aislado.

Quizás la enseñanza más simple, y a la vez más exigente, de esta parashá sea esa: que tanto pedir justicia como recibir liderazgo son actos que se sostienen en la comunidad, no por encima de ella. Las hijas de Tzelofjad se presentan frente a todo el pueblo. Iehoshúa es investido frente a todo el pueblo. Nada de lo que define el futuro de Israel, ni el derecho a la herencia, ni la conducción, sucede en privado. Sucede a la vista de todos, porque a todos les pertenece.

Shabat shalom
Yael Krochmal

Haftara Jukat-Balak

Hay una pregunta que aparece al final de la haftará de esta semana que, en realidad, es una de las grandes preguntas de toda persona de fé.

¿Con qué me presentaré ante Adonai? (Mijá 6:6).

Es una pregunta profundamente humana. ¿Cómo se acerca una persona a Dios?¿Con más rezos? ¿Con más sacrificios? ¿Con más rituales?
El profeta Mijá imagina una respuesta exagerada y dice ¿Habrá que ofrecer miles de carneros? ¿Ríos de aceite?. Y entonces llega una de las respuestas más famosas de todo el Tanaj: “Ya se te dijo, hombre, qué es lo bueno y qué pide Adonai de vos: hacer justicia, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios.” (Mijá 6:8)

Es interesante que el texto no elimina los rituales, tampoco dice que no importan. Lo que dice es que, si todo eso que haces no transforma la manera en que vivís, entonces perdiste de vista lo esencial.

En el segundo principio el texto no dice solamente hacer jesed, dice amar el jesed. Porque hacer el bien puede convertirse en una obligación, uno puede ayudar porque corresponde, porque queda bien o porque siente culpa.
Mijá nos llama a algo mucho más profundo, llegar al punto de disfrutar hacer el bien, de buscar oportunidades para ser generosos, de que la bondad deje de ser una acción ritual aislada y se convierta en parte de nuestra identidad.

Y el tercer principio es quizás el más difícil de todos, caminar humildemente con Dios. No hacer grandes demostraciones de espiritualidad para el afuera, no vivir la fe para ser vistos. Sino caminar con Dios en silencio, en lo cotidiano, en las decisiones que nadie aplaude y que muchas veces nadie ve.

Mijá nos recuerda que una parte esencial de la vida espiritual ocurre justamente donde no hay cámaras, ni aplausos, ni reconocimiento.

Si alguna vez te preguntaste qué espera Dios de vos, la respuesta no parece estar en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir de manera extraordinaria las cosas más simples, actuar con justicia, enamorarnos de la bondad y caminar, cada día, con humildad junto al Kadosh Baruj Hu.

Shabat Shalom
Sem. Mati Bomse

Parasha Jukat-Balak

Empecemos con una pregunta un poco incómoda, de esas que uno preferiría que no le hagan: ¿somos personas que vemos las cosas como son? Casi todos diríamos que sí. Miramos, evaluamos, sacamos conclusiones. Y si alguien nos demuestra que estábamos equivocados, damos el brazo a torcer. Somos gente sensata. Pero pensemos un segundo: ¿cuándo fue la última vez que vimos a alguien cambiar de opinión de verdad, en una sobremesa de domingo, en una charla con un amigo, con alguien con el que discutimos siempre lo mismo desde hace mucho tiempo? Yo tampoco me acuerdo. Y sin embargo todos juramos que miramos el mundo con los ojos bien abiertos.

Esta misma pregunta, que parece de hoy, está en la parashá de esta semana. El rey Balak ve cómo el pueblo de Israel, después de cuarenta años en el desierto, vence a dos imperios poderosos y se acerca a la Tierra Prometida. Y la Torá elige unas palabras curiosas para contarlo: “vio Balak todo lo que había hecho Israel” (Bamidbar 22:2). Esas palabras, “todo lo que había hecho”, ya las habíamos escuchado antes, casi idénticas, en otra escena: cuando Itró, el suegro de Moshé, “escuchó todo lo que había hecho Dios” por su pueblo (Shemot 18:1). Y no es la única coincidencia. Balak es “hijo de Tzipor”, un pájaro, y la única otra persona con ese nombre en toda la Torá es Tziporá, la esposa de Moshé, hija de Itró. Los dos, además, tienen raíces en Midián: Itró es su sacerdote, y Rashí cuenta que Balak mismo era un príncipe midianita antes de ser rey de Moav. La Torá nos toma de la mano y parece decirnos: prestá atención, este Balak es otro Itró. Nos prepara para una historia hermosa, la de un extranjero que reconoce la grandeza de lo que está pasando y se suma a la fiesta.

Y entonces leemos cómo reacciona Balak, y se nos cae todo. Porque Itró, cuando se enteró, salió corriendo a abrazar a Moshé y a festejar. Balak, en cambio, se llena de espanto y lo primero que hace es contratar a alguien para que maldiga a ese pueblo. Eso ya no suena a Itró. Suena, palabra por palabra, a Faraón, que también se asustó de los hebreos cuando se multiplicaron, los llamó “más numerosos y fuertes que nosotros” (Shemot 1:9), y también quiso frenarlos. Misma escena, dos hombres, dos reacciones opuestas.

¿Por qué tan distintas? No porque uno fuera bueno y el otro malo de nacimiento. Reaccionaron distinto porque estaban mirando lo mismo con anteojos diferentes. Itró vio la mano de algo más grande sosteniendo esa historia y decidió acercarse. Faraón sólo vio una amenaza, gente que le hacía sombra, y decidió aplastarla. La misma realidad, dos relatos, dos vidas. Y Balak tuvo la oportunidad de elegir cuáles anteojos ponerse. Tuvo cuarenta años para atar cabos, porque la salida de Egipto no era un rumor, era historia conocida por todos. Y aun así eligió no ver. Fíjense cómo habla: llama a los israelitas “el pueblo que salió de Egipto”, como si una mañana se hubieran levantado y se hubieran ido caminando solos, sin milagros, sin nada más grande detrás. Balak edita la historia para que le quede cómoda. No es que no podía ver. Es que no quería.

Y acá podríamos cerrar con un tranquilo “qué muchacho obtuso, este Balak” e irnos a comer. Pero sería caer en su misma trampa. Porque la Torá no nos está mostrando a un personaje raro de hace tres mil años: nos está poniendo un espejo. Los Sabios ya lo habían visto con una agudeza que asusta. En el Midrash (Bereshit Rabá 55:8) enseñan que “el amor altera el orden de las cosas y el odio altera el orden de las cosas”: cuando una emoción fuerte nos domina, hasta las personas más grandes actúan fuera de su lugar, y dejan de ver con claridad. Y no es casualidad que el ejemplo que trae el Midrash sea, justamente, Bilam, el de nuestra historia. Hoy la neurociencia lo diría con otras palabras: creemos que primero juntamos los datos y después decidimos, pero en realidad es al revés. El corazón decide, y después la cabeza sale a buscar los argumentos que le den la razón. Lo que nos molesta, lo que no encaja con lo que ya queríamos creer, lo barremos abajo de la alfombra con una elegancia notable. Lo hacemos con la política, con la familia, con esa persona a la que decidimos hace años que era “imposible”. Creemos que estamos pensando, y en realidad solo estamos confirmando. Y lo más incómodo es darse cuenta de que uno también lo hace. Que a veces la verdad nos está mirando de frente y elegimos mirar para otro lado.

¿Hay salida? Yo creo que sí, modesta pero real. La Torá nos pide “alejate de la palabra falsa” (Shemot 23:7), y el Rebe de Kotzk agregaba que la mentira más difícil de soltar no es la que le decimos a los demás, sino la que nos decimos a nosotros mismos. No hace falta volverse otra persona. Alcanza con un gesto chico: la próxima vez que estemos seguros de tener razón, antes de contestar, probar por un minuto a defender lo contrario. O sentarse a escuchar de verdad a alguien que piensa distinto, no para refutarlo, sino para entenderlo. Es difícil, no les voy a mentir; a mí me cuesta horrores. Cuesta recordarse que creer que tengo razón no es lo mismo que tenerla. Pero esto, me parece, es de lo más humano y más hondo que nos enseña la Torá: nunca nos pidió ser perfectos ni infalibles, nos pide algo más difícil y más digno, que es animarnos a mirar con honestidad, aunque lo que veamos nos arruine un poco el relato que tanto nos gustaba.

No tengo garantías de lograrlo. Pero de algo estoy seguro: la responsabilidad de intentarlo es mía. Y tal vez la de todos. Que tengamos un Shabat de ojos un poquito más abiertos.

Shabat shalom
Wally Liebhaber

Haftara Koraj

En Parashat Koraj Moshé enfrenta la rebelión liderada por Koraj, Datán y Aviram, quienes cuestionan su autoridad y la de Aharón. Frente a estas acusaciones, Moshé responde con humildad y honestidad; no busca defender su posición por interés personal, sino demostrar que actúa siguiendo la voluntad de D’s, enfatizando que nunca utilizó su liderazgo para beneficio propio ni abusó de su poder.

En la Haftará de esta semana, el profeta Shmuel se dirige a Israel después de la instauración de la monarquía y le pregunta al pueblo si alguna vez abusó de su poder tomando lo que no es suyo, oprimiendo a alguna persona o aceptando sobornos y el pueblo lo niega.

Hay una relación entre ambos líderes de Israel, Moshé y Shmuel presentan un modelo de liderazgo basado en la integridad, la humildad y el servicio al pueblo. Ambos se someten al juicio de la comunidad y pueden afirmar con tranquilidad que han actuado con honestidad y desinterés personal. Los dos recuerdan al pueblo que el verdadero liderazgo en Israel implica responsabilidad ante D’s y compromiso con el bienestar colectivo, y no la búsqueda de prestigio o beneficios propios.

Moshé y Shmuel resaltan que la tradición judía valora a los líderes que ejercen su autoridad con ética y humildad, nos enseñan que el poder debe estar acompañado de honestidad, transparencia y dedicación al servicio de los demás.

Su ejemplo nos invita a creer que es posible ejercer un liderazgo basado en valores, respeto y responsabilidad. En un mundo donde muchas veces el poder se asocia con el beneficio personal, ambos nos recuerdan que la verdadera grandeza reside en servir a los demás con humildad e integridad.

Que su mensaje nos ayude a construir una sociedad basada en la justicia, la humildad y la confianza renovando la esperanza de un futuro en el que los valores de la Torá guíen nuestras acciones y nos ayuden a acercarnos, juntos, a un mundo mejor.

¡Shabat Shalom!
Debi Fridman

Parasha Koraj

La Parashá de esta semana nos trae un suceso que a menudo lo vemos en nuestros días. Vemos que aparece un personaje de entre los Hijos de Israel llamado “Koraj” que él, junto con 250 personas más (todos líderes del pueblo) fueron los encargados de descolocar a Moshé y Aharón planteándoles lo siguiente: “¡Suficiente, pues toda la comunidad, todos son santos y Adonai se encuentra dentro de todos ellos! ¿Por qué, entonces, Ustedes se erigen como autoridad sobre la comunidad de Adonai? (Bemidvar 16: 3).

Podríamos deducir que tanto Koraj como aquellos que lo acompañaron en esta rebelión, sentían que al tener que acatar las directivas de Moshé y Aharón, tenían un rol menos “importante” en el pueblo y hasta tal vez sentían en cierto modo, un estado de inferioridad. Ellos entendían que Moshé y Aharón al tener el rol de líderes y responsables de transmitir los mandatos Divinos al pueblo, gozaban de ciertos privilegios y comodidades.

A veces en la vida solemos actuar ante situaciones como éstas con mezquindad y egocentrismo, aspiramos a envidiar y desear lo que el otro tiene y lo que el otro es, olvidándonos de ser agradecidos y valorar lo que cada uno de nosotros en base a sus posibilidades, pudo obtener y construir con el fruto de su esfuerzo.

Quiera Dios que cada uno de nosotros pueda crecer y desarrollarse en todos los roles que tenga en su vida, que podamos transmitir amor y pasión al realizar las tareas que nos son encomendadas y que no busquemos anhelar la vida del que tenemos al lado, por el contrario, que podamos estar orgullosos de nosotros mismos por lo que tenemos, por lo que somos y por todo aquello que nos propongamos lograr para nuestras vidas.

¡Shabat Shalom Umeboraj!
Sem. Martín Smith

Haftara Shlaj Lejá

“Confianza para escuchar una nueva voz de esperanza”, por Seba Cabrera Koch.

HAFTARÁ SHLAJ LEJÁ
Comentario a Iehoshua / Josué 2:1–24

Recuerdo que no fue hace mucho, durante un ciclo virtual de formación para dirigentes de Masorti AMLAT, una de las consignas proponía dividirnos en pequeños grupos, para intercambiar ideas sobre un concepto central: expresar una visión de lo que creíamos que nos depararía el futuro judío. Hubo debate, por supuesto; pero lo llamativo es que, en lugar de palabras de elogio y esperanza, lo que salió de la boca de la mayoría fueron preocupaciones y temores conocidos: el problema de la asimilación, los matrimonios mixtos, cada vez más familias se distancian de las instituciones judías, el antisemitismo, la escasa oferta de educación judía para adultos… La lista era larga y legítima. En ese momento, parecía que habíamos silenciado el llamado a imaginar otra realidad posible.

Tal como enseña el Rab. Israel Salanter “el más imponente sonido del universo es el que hace aquel que logra cambiarse a sí mismo, y entonces, crece”. Después de escucharnos, nos tomamos unos minutos de reflexión y continuamos la experiencia grupal con una convicción: sabíamos que debían aflorar las voces esperanzadoras.

Tanto los comentarios a la parashá como a la haftará que nos convocan esta semana, son un espejo que nos interpelan acerca de nuestras actitudes: asi como en la porción semanal de la Torá (Números 13:1-15:41), Iehoshua y Caleb se pronuncian en contra de los informes inverosímiles de los otros diez espías, en la haftará (Josué 2:1-24) la figura de Rajab (*) se acrecienta al arriesgarse para ayudar a los benei Israel a infiltrarse en la ciudad de Ierijo.

En ambos episodios, los protagonistas tomaron decisiones que desafiaron la lógica imperante, negándose a aceptar que la “realidad” tenga la última palabra.

Si el informe de los diez espías desnuda la baja autoestima y, quizás lo más devastador, una aplastante falta de confianza que impidió a los israelitas entrar en la Tierra Prometida; es justamente la confianza de Rajab la que nos permite escuchar una nueva voz de esperanza, aquella que nos moviliza a hacer posible un futuro diferente.

Tenemos tanto para seguir aprendiendo de quienes nos precedieron. Y tenemos tanto para aprender de los jóvenes que nos siguen mientras van consolidando sus primeros pasos en la identidad y el liderazgo judio.

Adolescentes aprovechan los espacios de peulot para expresar sus ideales más profundos, reavivando el llamado profético a la justicia social y el tikun olam.

Padres de nenes de gan, de shule y adultos de todas las edades accedemos al aprendizaje judío a través de múltiples formatos, canales y plataformas.

Libros de PJ Library, ediciones de VHK y las iniciativas de las principales instituciones llegan a las comunidades del interior, y se transforman en un vehículo vital de vida judía en cada familia.

Espacios de voluntariado esperan con ansias volver a resonar con el bullicio de la vida comunitaria.

A lo largo y a lo ancho del país, cientos de azkanim y profesionales de kehilot e instituciones judías se esfuerzan semana a semana para mantenerlas activas como espacios dinámicos, manteniendo la llama del iaadut encendida.

Quizás estas voces representen las uvas que cuelgan en racimos ante nosotros. Abundantes, sustanciosas, pero sobre todo sostenidas por la fuerza de muchos. Quizás esta fue la esperanza encarnada en el hilo púrpura de Rajab, un camino de regreso, que nos une a todos a la misma historia.

Beezrat H´, con la ayuda de D-s, nos encaminamos hacia un futuro desconocido e incierto, pero sin dudas, prometedor. Espero que podamos avanzar como Pueblo hacia ese futuro con esperanza y visión. Depende de nosotros.

¡Shabat Shalom amigos!
Sebastián Cabrera Koch

Bibliografía, notas y lecturas recomendadas:

  • Cabrera Koch, S. Una breve semblanza de Rajab, la mujer que se reconstruyó a sí misma. 2024 © Radio Jai
  • Iehoshua / Josué 2:1–24, texto y comentarios. 2026 © Sefaria
  • Kushner, S. Spiritual Authenticity. 2015 © Reform Judaism
  • Levy, Y. Haftara Parashat Shelaj Leja. 2026 © Judaísmo Hoy
  • Lichtenstein, M. La figura de Rajab. 2026 © HaTanakh

(*) La definición de Jazal, nuestros Sabios de Bendita Memoria, acerca de que Rajab se convirtió al judaísmo es la contundente manifestación de su elección por el mundo del pueblo de Israel y sus valores. Los Sabios destacan que Rajab no solo se separó de su pueblo: contrajo enlace con Iehoshua y entre sus descendientes hubo profetas y sacerdotes. “Rajab, la prostituta, se casó con Iehoshua. Ocho profetas que eran sacerdotes, descendieron de Rajab, la prostituta, y ellos son: Neriá, Baruj, Sharia, Majsaia, Ayrmiiá, Jilkiá, Janamel, Shalum” (Meguilá 14b).