La Haftará comienza con el profeta Zejariá describiendo un mundo quebrado: “Las naciones suben a Ierushalaim para hacer la guerra”.
Pero unos versículos después, imagina, profetiza, a esas mismas naciones volviendo a subir: “Subirán año tras año… para celebrar la fiesta de Sucot”.
Es el mismo camino, la misma ciudad sagrada, la misma humanidad. Pero ya no suben para enfrentarse, sino que suben para encontrarse.
Quizás por eso Sucot llega apenas después de Iom Kipur.
En Iom Kipur hablamos de las grietas que abrimos entre nosotros, de las palabras con las que alejamos, de las veces que convertimos al otro en enemigo. Y pocos días después entramos todos debajo de una Sucá.
Una casa frágil, abierta, en la que nadie puede convencerse demasiado de que su pared es más fuerte que la del otro.
El sueño de Zejariá no es un mundo en el que todos pensemos igual. Es un mundo en el que aprendamos a dejar de subir hacia el otro לַמִּלְחָמָה lamiljamá, para la guerra, y empecemos a subir hacia el otro לָחֹג lajog, para celebrar juntos.
De la guerra al encuentro. De la grieta a la Sucá.Trabajemos juntos por ese sueño.
Jag Sucot Sameaj,
Rab Mati Bomse
“BAILAR BAJO UN TECHO QUE GOTEA”
Sem. Brian Bruh
“Vesamajta bejagueja vehaita aj sameaj”
— “Te alegrarás en tu fiesta y serás solamente feliz.” (Devarim 16:14-15)
¿Qué hay que hacer entonces en Sucot?
Hermoso.
Poético.
Pero cruel, ¿no?
¿Qué pasa con el que no tiene fiesta?
Con el que no tiene mesa, ni familia, ni techo.
¿Cómo se le dice a alguien así: sé feliz?
Discúlpenme pero nosotros dedicamos nuestro día a día a acompañar almas, muchísimas
en momentos mega felices, y otras tantas a gente que sin duda no está pudiendo sonreír,
¿Cómo le digo?: Dont worry, be happy!
Y sin embargo, justo después de Iom Kipur —cuando la gente todavía se sacude culpas,
lágrimas, pérdidas, la Torá viene y dice:
“Salí a la sucá, viví en una cabaña frágil, y ahí… vas a encontrar alegría.”
Sucot no niega la fragilidad. Te invita a habitarla.
El Zohar (III, 103a) llama a la sucá tzilá dehemnutá — “la sombra de la fe”.
No dice “la casa de la fe”, dice sombra.
La sombra no protege. No calienta. No construye.
Pero acompaña.
“El que entra a la sucá entra bajo la sombra de la fe, y la Presencia Divina lo
envuelve como un abrazo.”
Un abrazo que no resuelve, pero contiene.
El Sfat Emet (Rav Yehuda Aryeh Leib Alter (1847–1905), también conocido como el Rebe
de Gur en Sucot 5643) escribió:
“La sucá enseña que el lugar del judío no es donde hay paredes firmes, sino
donde hay confianza.”
Sucot no viene a prometer que vas a tener más.
Sucot viene a recordarte que aún sin tener, no estás solo. Hay sombra para vos.
¿Y si alguien no tiene nada?
¿Puede ser feliz igual?
¿O la Torá exige algo imposible?
El Talmud (Ta’anit 20b) cuenta de Najum Ish Gam Zu, que decía:
“Gam zu letová” – “Esto también es para bien.”
Incluso cuando perdió todo.
Pero el Talmud no lo romantiza:
Najum estaba ciego, mutilado, pobre.
Y aun así, encontraba sentido.
No porque estaba feliz.
Sino porque no había perdido la fe de que su historia tenía dirección y un norte.
Sucot no te pide sonreír, cuando hay algo que duele.
Te pide creer que incluso lo que duele puede ser parte de algo bueno. Es encontrar en la
perdida de un ser querido, el freno al sufrimiento y al dolor por la enfermedad.
Esa es la diferencia entre felicidad y simjá.
La felicidad depende de lo que tenés.
La simjá depende de lo que significa.
Y entonces leemos Kohelet, de los textos más tristes si no es EL texto más triste del Tanaj.
“Hevel havalim, hakol hevel” — “Vapor de vapores, todo es vapor.”
¿Quién programa eso? Quién mando a leer este texto hoy?
¿El mismo día que decís “zman simjatenu” — tiempo de nuestra alegría?
Leer un libro sobre el sinsentido no es contradicción. Es verdad.
Sucot dice: no hay alegría sin conciencia del vacío.
El que no se permitió llorar en Elul, no va a poder reír en Sucot.
El Rebe de Piasetzna, que enseñaba Torá en el gueto de Varsovia, escribió:
“La alegría del judío no es ausencia de dolor, sino decisión de que el dolor no
gobierne su alma.”
Es bailar con un techo que gotea.
Rav Kook dice (Olat Re’iyá II):
“Sucot es la alegría del alma reconciliada con el mundo.”
No la alegría del que ganó, sino del que aceptó.
No la del que acumuló, sino del que pertenece.
La sucá no distingue al rico del pobre.
Todos comen bajo el mismo techo improvisado.
Y tal vez por eso el Midrash (Vayikrá Rabá 30:12) dice:
“El Kadosh Baruj Hu deja su palacio y viene a habitar con Israel en sus sucot.”
Dios no te espera en el cielo.
Te busca en la choza.
En el olor a ramas.
En la risa que sobrevive al viento.
No se trata de tener techo, sino de tener propósito.
No se trata de escapar del dolor, sino de encontrar sentido dentro de él.
Porque cuando el cielo es tu techo, y el viento te despeina la certeza del tenerlo
todo y aun así elegís agradecer, ahí empieza la verdadera alegría.
Que este Sucot nos encuentre como al mismisimo Moshe Rabenu, encontrando al Kadosh
Baruj Hu en algo tan simple como una zarza ardiente, en el medio del desierto. No negando
la fragilidad, sino abrazándola, porque en esa fragilidad vamos a encontrar nuestra simja.
Jag sameaj
Sem. Brian Bruh









