Parasha Shavuot II

Shavuot: La festividad de la entrega de la Torá
Una mochila que en lugar de pesar, equilibra

Shavuot es uno de mis momentos favoritos del año; es la festividad donde literalmente “cargo nafta” espiritual para seguir adelante.

Al reflexionar sobre esta época, siempre me detengo en el concepto de que una persona debe asemejarse a un desierto (midbar) para recibir la Torá, una enseñanza central en el pensamiento rabínico, donde nuestros Sabios utilizan este simbolismo para transmitir que la adquisición de la sabiduría divina requiere de humildad, la anulación del ego y el estado de hefker, es decir, aquello que no tiene dueño privado y está disponible para todos. El Talmud realiza una hermosa exégesis de los viajes del pueblo de Israel jugando con las palabras hebreas midbar (desierto) y mataná (regalo). La lección es clara: si una persona se hace a sí misma como este desierto, que es hefker, la Torá le es entregada como un regalo.

En mi día a día como educador, ya sea cuando preparo mis clases, planifico cómo hacer una idea más accesible, o cuando acompaño el crecimiento de mis estudiantes a lo largo de los años, veo este principio en acción profunda. El desierto no pertenece a ninguna tribu ni a ninguna nación; ser como un desierto significa reconocer que el conocimiento de la Torá no es propiedad privada y uno debe estar dispuesto a compartirlo con los demás. Por eso la Torá fue dada públicamente, en un lugar abierto, para que todo el que desee aceptarla pueda acercarse y hacerlo.

Sin embargo, esto plantea una paradoja que aborda el Rab Dessler: respecto al ser humano limitado, con una comprensión mental finita, ¿cómo es posible que la persona adquiera la Torá eterna e ilimitada?. A nosotros nos corresponde reconocer que la posibilidad de recibir la Torá aquí abajo es solamente como un regalo, un verdadero milagro proveniente del Kadosh Baruj Hú. Y, al mismo tiempo, aprendemos que la Torá fue entregada justamente dentro de la limitación del ser humano para ayudar a la persona a derrotar y superar esas mismas limitaciones. Para lograr esto necesitamos humildad (anavá), pero no debemos confundirla con la falta de autoestima. El humilde no es una persona carente de respeto propio, por el contrario, reconoce su propia dignidad y entiende que su vida sobre la faz de la tierra es una vida de misión. Quien es verdaderamente humilde se presenta a esta misión listo y preparado con toda la fuerza de su presteza, diciendo “Hineni” (Heme aquí), poniendo todas sus fuerzas al servicio de su tarea. Este humilde está muy lejos de ser una persona vacía o sin carácter; conoce su valor, pero está entregado por completo a su misión.

En este camino de asumir nuestro rol y pararnos frente a los demás, a veces nos enfrentamos a lo que hoy llamamos el “Síndrome del impostor”. Es esa brecha entre los pensamientos que uno tiene sobre sí mismo y el respeto excesivo que a veces nos profesa el entorno, haciéndonos sentir como si fuéramos falsos o llevados “en andas” de una simpatía que no merecemos.

Para lidiar con esto, quiero cerrar con un consejo hermoso del Rab Kook, transmitido por el Rab Jaim Sabato. La recomendación es la siguiente: a donde quiera que vayas, ve con una mochila en la espalda. Cuando te den un halago exagerado, no lo metas directamente en el corazón, pero tampoco lo rechaces; simplemente mételo en la mochila. A veces la vida te deparará insultos, que probablemente también serán exagerados, pero tendrás menos control sobre ellos y entrarán directo a tu corazón. Justo en ese momento, es la hora de abrir tu mochila, sacar el halago que guardaste allí, y meterlo en el corazón para equilibrar.

La Torá busca un equilibrio en nosotros, la receta justa que necesitas para sintonizar con tu espiritualidad judía la vas a ir buscando y aprendiendo. Es parte de este camino que hacemos juntos en comunidad. Es parte de tu misión en el mundo.

¡Jag Shavuot Sameaj!

Rab Meir Szames
La Ieshive

Haftara Shavuot II

Jabacuc 2- 20 , 3 -1, 3- 19

Jabacuc vivió en momentos de decadencia espiritual y moral de Bnei Israel y vio en el horizonte la creciente y brutal amenaza de Babilonia.

El alma del profeta clamó ¡Ha Kadosh Baruj Hú, ten misericordia para tu pueblo!

En su pesar preguntó ¨¿…por qué el tiempo que yo tenía asignado para mi descanso, será un tiempo de desgracia pues vendrá un pueblo con sus tropas?¨ (Jabacuc 3.16 ). El profeta, en crisis, como nosotros hoy, se preguntó ¿Hasta cuándo, tanto sufrimiento?

Angustiado por el aparente silencio de Ha Kadosh Baruj Hú, Jabacuc luchó en su interior, y vigilante de sí, anheló percibir sólo la bondad, a pesar de las tragedias.

Evocó en su alma la luz con que Ha Kadosh Baruj Hú iluminó el Sinaí y entregó sus mandamientos a Bnei Israel.

En su desesperación, le recordó al Ha Kadosh Baruj Hú que Israel fue el único pueblo que acepto su Tora mientras que todos los otros pueblos la rechazaron.

Jabacuc luchó consigo mismo, al no entender los caminos de Ha Kadosh Baruj Hú y aún así se mantuvo unido y en tenso diálogo, suplicando por la protección de Bnei Israel.

El proceso espiritual que vivenció fue completo.

Desde el grito de clamor a la escucha.

De la confusión a la visión.

Del miedo a la confianza, para trascender su oscuridad y finalmente con arrepentimiento y humildad pronunció “porque la higuera no florecerá, y la vid no dará uvas y los olivares declinarán su producción…” Jabacuc 3, 17 “Pero yo me alegraré en Ha Kadosh Baruj Hú … ” Habacuc 3 18…¨Ha Kadosh Baruj Hú es el amo de mi fuerza. Hace que mis piernas sean ligeras como las del ciervo y me guíe sobre mis alturas¨ Habacuc 3,19.

El profeta sintió certeza de la presencia de Ha Kadosh Baruj Hú, aún en su ocultamiento y entendíó que El siempre estará junto a Israel. Es así que transformó su plegaria en una melodía que lo reconfortó y sanó.

Quiera D os tengamos hoy y siempre la emuná que nos permita en el exilio, sentir la presencia de Ha Kadosh Baruj Hu junto a nosotros y eso, con seguridad, nos sostendrá en la incertidumbre de los nuevos desiertos que nos toque atravesar hasta llegar a nuestra tierra prometida.

Shabat Shalom Umeboraj
Jag Shavuot Sameaj
Daliah Ruth Bat Shlomo Bat Jana

Parasha Bamidbar

Liderazgo a través de la Contracción

Iniciamos la lectura del cuarto libro de la Torá traducido al castellano como Números que comienza once meses después de la revelación en el Sinaí (Éxodo 19:1), y un mes después de la finalización del Mishkan. Lo que sigue es una serie de acontecimientos apasionantes que marcan y explican una ¿inesperada? travesía de cuarenta años por el desierto que culmina en las estepas del Moab, al este del río Jordán, justo antes de la muerte de Moshe. De ahí que el nombre hebreo del libro, Bamidbar, literalmente, En el Desierto, le de contexto y sentido a la magnitud del relato.

El título Números, que deriva de las antiguas traducciones griegas y latinas de la Torá, enfatiza un único aspecto del libro: el censo repetido dos veces al Pueblo de Israel (capítulos 1 y 26) y dos veces de los Levitas (capítulos 3-4). De hecho, tres de estos censos aparecen en nuestra parashá y constituyen la mayor parte de los preparativos previos a la partida de las cercanías del monte Sinaí. Además, la parashá describe la disposición de las tribus alrededor del Tabernáculo que no es un dato menor en relación al aspecto comunitario.

Un midrash inusual que me parece oportuno, consideró profundizar en el tema del liderazgo que aseguraría el éxito en la travesía por el desierto. Di-s había puesto al frente de los Israelitas no a uno, sino a tres líderes cuyas virtudes combinadas servirían para satisfacer todas sus necesidades básicas. Di-s colmó a Israel de maná gracias a Moshe, los protegió del calor del sol con nubes gracias a Aarón y les proporcionó un pozo de agua gracias a Miriam. Una lectura atenta de varios textos bíblicos sugiere que no nos enviaron al Desierto sin provisiones (Bamidbar Rabba 1:2)…

El midrash ofrece una visión del liderazgo en la que el poder se comparte. Su autor se muestra muy reacio a otorgarle a Moshe autoridad exclusiva, a pesar del hecho innegable de que, por lo general, Di-s se comunicaba solo con Moshe antes y después del Sinaí. Sin embargo, el midrash afirma que Aarón y Miriam gozaban del mismo favor ante los ojos de Di-s. No todas las bendiciones divinas fluyeron a través de la persona de Moshe… Un gobernante con poder absoluto a menudo carece de la sabiduría necesaria para gobernar y siempre corre el riesgo de abusar de él…

Los cabalistas del Zafed, en siglo XVI, imaginaron que antes de que Di-s pudiera crear el cosmos debía retraerse o contraerse. Si EL y el espacio eran idénticos, no habría vacío alguno en el que pudiera crearse el cosmos. De ahí la necesidad de la contracción divina para dar origen al vacío que llenaría el universo. De esta proposición teológica, me animo a tres conclusiones:

En primer lugar, intelectualmente, los líderes deben adquirir el hábito de la concentración para liberarse del bombardeo de distracciones. Sin el silencio que se logra mediante la introspección, la voz interior jamás se hace audible. La sabiduría para discernir y la energía para crear fluyen del pensamiento solitario. Como Moshe, cada uno de nosotros debe encontrar y generar, su espacio interior donde escucharse y escuchar los ecos de la eternidad.

En segundo lugar, a nivel de gestión, un estilo de liderazgo sin la confianza para negociar y delegar resulta asfixiante e ineficiente. El mismo Moshe carecía de ella al principio. Cuando su suegro, Itro, lo vio intentando resolver todas las disputas por su cuenta, se lo señaló. Tendemos a preservar nuestra autoridad negando, a menudo, a otros la oportunidad de participar, crecer y empoderarse. Negociar implica dar cabida a otras posturas, ser flexibles. Esta conducta amplía el horizonte de un líder y de quienes dependen de él.

Finalmente, desde una perspectiva psicológica, el Tzintzun trata de la reducción del Yo. El poder no debe darnos la ilusión de ser omnipotentes o infalibles. En el gran esquema del universo nuestra importancia es modesta y efímera. Esa comprensión fue la que hizo de Moshe el más humilde de los líderes (Números 12:3).

El Sefer Números o Bamídbar trata no solo de la transformación personal y comunitaria, del pasaje de La Esclavitud al ejercicio de la Libertad en Plenitud, sino, también, sobre la profunda naturaleza del liderazgo.

Y la razón por la que Moshe finalmente prevalece contra todo pronóstico es porque personifica el poder espiritual del Tzintzun.

El Liderazgo a través de la Contracción…

Shabat Shalom Umevoraj
Sandra Leb Epstein

Haftara Bamidbar

Más que la suma de las partes

Comentario a Hoshea (Oseas) 2, 1-22

Una vez más nos reencontramos para comenzar la lectura de Números, el cuarto Libro de la Torá. El nombre en hebreo es Bamidbar y significa “en el desierto”, título que resulta más que apropiado para el libro que narra gran parte de los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto.

Para la lectura de la haftará de esta semana leemos el capítulo segundo del libro de Oseas, profeta que vivió en la época posterior a la muerte del Rey Salomón y la separación de los reinos de Judá y de Israel, entre los años 750 y 730 AEC. Profetizó tanto en los reinos del norte como del sur, en un tiempo en el que el Pueblo sufre el alejamiento de sus principios éticos y religiosos.

A primera vista, parece existir una relación inversa entre la parashá y la haftará. Mientras que la parashá describe un censo de los hijos de Israel, la haftara comienza con la declaración: “Sin embargo, el número de los hijos de Israel será como la arena del mar que no puede ser medida ni contada…” (Oseas 2,1)

Esto podría ser una expresión de una situación cambiante. Por una parte, el Libro de Números describe un Pueblo nómade durante su travesía, y era necesario contarlos, siendo el censo una preparación para la conquista de la tierra.

La profecía de Oseas, en cambio, describe el estado de ese mismo Pueblo tras el asentamiento en la tierra, cuando ya no había necesidad (ni quizás posibilidad) de contarlos. La paradoja es que los Sabios en el Talmud aprendieron de este versículo que está prohibido contar judíos incluso para una mitzvá, por ejemplo para saber si hay diez mayores de edad de bar mitzva para el minian.

Pero, ¿por qué no podemos contarnos o al menos enumerarnos? ¿Acaso Oseas no advirtió que no somos, ni lo fuimos en su época ni en ningún otro momento de la historia judía, tan numerosos como la arena del mar?

Rabí Meir Simja Hacohen de Dvinsk (1843-1926) en su libro “Méshej Jojmá”, explica que cuando los hijos de Israel están unidos unos con otros, ellos se asemejan a la arena del mar: aunque está compuesta por diminutas partículas minerales, son elementos diferentes, únicos en su belleza y complejidad; pero cuando se unen pueden formar una roca compacta.

Por eso, parafraseando al profeta: los hijos de Israel serán como la arena del mar, sólo cuando son contados en conjunto. Así, aunque sean pequeños como granos de arena, cuando están unidos pueden incluso enfrentar la fuerza del mar.

Y justamente, separar a los individuos para contarlos es lo que está prohibido, tal como exhorta el profeta Oseas al decir que la descendencia de Israel “no será medida ni contada”.

La reticencia a contar personas, incluso cuando hay buenas razones para hacerlo, quizás se deba a la idea de que es demasiado fácil convertir a los seres humanos en estadísticas. En la historia reciente, los nazis intentaron deshumanizar a los judíos convirtiéndolos en números. Como señala Najmanides, una de las características del censo en la Parashá Bamidbar es que cada persona es contada por su nombre, y reconocida como un individuo con valor intrínseco.

Nuestra mayor fortaleza es cuando nos sabemos parte de un todo: somos más que la suma de las partes. Pero, así como un rollo de la Torá se invalida por la falta de una sola letra, así también deberíamos sentirnos cuando un solo judío se desvincula de nuestras instituciones, o cuando una familia se aleja del minian o deja de participar de las actividades comunitarias. Cada ausencia debería preocuparnos, porque nos transforma en una familia incompleta.

Si realmente “Kol Israel Arevim Ze LaZe” (“Todo Israel es garante el uno del otro”), esta máxima implica un nivel de responsabilidad colectiva, solidaridad e interconexión entre todos los judíos, que hoy debería ser uno de nuestros pilares en nuestras instituciones, sea cual fuere.

El remedio ante el desinterés es reconocer que uno no tiene valor sin un Otro.

Por eso, la prohibición de contar directamente a los israelitas es también un alerta ante la indiferencia, que nos advierte que no debemos olvidar los rostros, los nombres y las historias que se atesoran detrás de cada persona.

Sí, no se debe contar a los judíos, ¡pero cada judío cuenta!

¡Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Parasha Behar-Bejukotái

Hemos llegado al final del Sefer Vaikra.
En el monte Sinaí, Ha Kadosh Baruj Hu, instruye a Moshé para cuando entremos en la tierra que Él nos entrega, y le dice que hable a los hijos de Israel: ¨…cuando entréis a la tierra que YO os doy a vosotros, habrá de descansar la tierra¨.

Ha Kadosh Baruj Hu nos presta y nos elige para cuidar y administrar bienes que sólo a Él pertenecen. Seguidamente, detalla las formas de cuidar la tierra y el trato que entre los hombres debe darse, ordenándonos no dejar caer en desgracia a un hermano. Además, habla de cuidar de Su Shabat para los hombres y de un Shabat para la tierra, Shemitá.

Shemitá (año sabático)
La tierra necesitará descanso luego de haberla puesto a trabajar y a entregarnos sus frutos durante seis años corridos. En el séptimo año no se la sembrará ni cosechará, y todo lo que crezca espontáneamente en ella será compartido, ya que nada nos es propio. Todo fue, es y será de Ha Kadosh Baruj Hu.
Ha Kadosh Baruj Hu nos garantiza que el sexto año será tan fructífero, que se acopiarán las reservas de alimentos para el tiempo de Shemitá y para todo el período futuro necesario de preparación, siembra y recolección de la nueva cosecha.

Yovel (Jubileo)
La instrucción a Moshé continúa… Deberás contar para ti 7 años sabáticos, o sea siete veces siete, y estos serán 49 años. Entonces el décimo día del séptimo mes, sumará un total de 50 años y será Iom haKipurim, en que sonará el Shofar anunciando el Yovel (Jubileo) tiempo de liberación y alegría en la tierra y de todos los que habitan en ella.
Será un tiempo de reseteo y nuevo comienzo. En el Yovel ocurrirán eventos de cambio, como la devolución de sus tierras a quienes debieron entregarlas para pagar deudas y la liberación de los esclavos.
Yovel es un símbolo de la posibilidad de un renacer espiritual, que nos propone abandonar las esclavitudes y estrecheces mentales que nos encarcelan, porque nada es para siempre en este mundo.
Todo es efímero y cambiante y existen siempre nuevas oportunidades para redimirnos.

La Parasha Behar es un manifiesto de Justicia Social para con el prójimo, ordena la prohibición de usuras y cobro de intereses en los préstamos, enfatizando la responsabilidad de no dejar caer a un hermano cuando está en problemas y vuelve a advertirnos acerca de las distintas idolatrías que en cada época se ofrecerán a nuestros sentidos.

En Bejukotaiv, Ha Kadosh Baruj Hu derrama bendiciones y promesas de abundancia si seguimos sus caminos y con la bondad rigurosa de un padre que nos ama, nos advierte sobre las Causas y Efectos que se presentarán en nuestras vidas al desviarnos del sendero de Torá, enumerando con detalles estremecedores Tojejot (reprensiones). Quizá, para iluminar nuestra conciencia sobre los peligros que acecharán con nuestro alejamiento.
Él sabe que los momentos de exilio sucederán y también conoce nuestro acercarnos y alejarnos como en una permanente tensión de opuestos. Sin embargo, Ha Kadosh Baruj Hu no olvida su pacto con nuestros antepasados y su promesa de no abandonarnos, porque somos Su pueblo, al que sacó de Egipto.
Para concluir, Behar nos confronta con nuestros apegos y nos enseña sobre el desapego y luego Bejukotaiv nos interpela en nuestra ética y nos invita a elegir qué camino queremos para nuestras vidas, si el de las Brajot o el de las Tojejot.

Después de estos mandamientos que Ha Kadosh Baruj Hu dio a Moshé para los israelitas en el Monte Sinai, creo que solo resta decir dentro de nuestro corazón y en comunidad la frase con que finalizamos cada libro de nuestra amada Torá: JAZAK JAZAK VENITJAZEK (Sé fuerte, sé fuerte y nos fortaleceremos!)

Shabat Shalom.
Dalia Ruth Bat Jana y Bat Shlomó

Haftara Behar-Bejukotái

En la primera de las Parashot de esta semana, Parashat Behar, aparece el Iovel, el año del jubileo. Cada 50 años, la Torá dice que toda la tierra vuelva a sus dueños originales, que los esclavos sean liberados, y que el sistema económico se reinicie.

Casi como una especie de botón rojo que devuelve dignidad, justicia y equilibrio.

Suena utópico. imaginate despues de tanto trabajo y de construir tu casa tener que devolverlo todo, pero no lo es. Es una advertencia divina: “Ki li ha’aretz – porque Mía es la Tierra” (Vayikrá 25:23).

No es tuya. No es mía. Ni del banco, ni del terrateniente, ni del político de turno.

Es del Kadosh Baruj Hu.
Y entonces me hago la pregunta:
¿Qué parte de “no es tuyo” a lo largo del tiempo, no entendimos?
¿Cómo llegamos, como sociedad, a convencernos de que acumular es un derecho absoluto, aunque al lado haya gente revolviendo la basura?
¿Qué nos pasa como judíos, como argentinos, como seres humanos, que naturalizamos la injusticia, que convivimos con ella como si fuera normal.

Miremos nuestra Argentina.
Un país con los recursos para alimentar a 400 millones de personas pero donde millones no comen todos los días.
Un país con libertad para estudiar y crece pero donde los chicos abandonan la escuela porque necesitan trabajar.
Un país con leyes, pero sin justicia.
Con democracia, pero sin diálogo.

Y las frases más habituales en nosotros son: “Yo con la política no me meto.” “No es mi problema.” “Es Argentina es así”

Pero la Torá sí se mete. Si le importa.
Behar no es un texto espiritual. Es un llamado político, social, económico y moral que nos dice que lo injusto no es inevitable. Lo injusto es intolerable.

Y desde esa voz antigua, también miramos a Israel hoy.
Un país real. Complejo. Amado y Herido.
Donde el alma del pueblo judío está en juego todos los días.
Cuando el mundo entero pone en duda su derecho a existir, nosotros si nos metemos, si es nuestro problema.
Cuando niegan o banalizan la Shoá, cuando se secuestran bebés judíos y se los justifica en nombre de una causa, cuando la ignorante, violenta y payasa de Vanina Biasi justifica el 7 de octubre y aun asi increibleimente consigue su banca nosotros no podemos titubeamos, saltamos y denunciamos, como corresponde. Cuando el terror disfrazado de Free Palestine aparece a infundir miedo, no nos quedamos de brazos cruzados.
Pero también:
Cuando dentro de Israel hay corrupción, exclusión o fanatismo religioso, nosotros tampoco podemos justificarlo.
“Ki li ha’aretz” – la tierra es del KBH, ni de los extremistas, ni de los mezquinos, ni de los candidatos ni de nadie.
Cada 50 años, había que soltar.
Tenías que dejar ir. Perdonar deudas. Liberar esclavos.
¿Por qué?
Porque si no frenás, te volvés el faraón.
Hoy no hay año de Iovel en el calendario, pero nos viene bien un Iovel espiritual.
Un reset. Un reinicio.

  • En cómo tratamos al otro.
  • En cómo aceptamos la pobreza como si fuera parte del paisaje.
  • En cómo nos relacionamos con el Estado, con la política, con el poder.
  • En cómo hablamos de Israel: con amor pero también con responsabilidad.

Para que este país, Israel y este mundo, tengan el futuro prometedor que nos merecemos, tenemos que volver a mirar para arriba.
No al dólar.
No los likes.
A los valores de quienes somos, de nuestros pasados y nuestros futuros.
Vinimos a crear paz. A construir un país. A reclamar justicia. A enseñar Torá.
Y si después de esta mensaje, alguien se incomoda, se enoja, se sacude, se siente interpelado…
Entonces el Iovel ya empezó.

Shabat Shalom para todos.
Am Israel Jai.
Sem. Brian Bruh

Parasha Emor

Emor nos habla del tiempo, de las grandes fiestas del pueblo de Israel, y dice: “moadei Adonai asher tikre’u otam” , “los tiempos de Dios que ustedes convocarán”.

Los comentaristas explican algo clave y dicen: son ustedes quienes los declaran. Incluso si existe un calendario celestial, la santidad del tiempo acá en la tierra depende de vos.

No alcanza con marcar una fecha. Se trata de darle contenido, sentido, hacerlo distinto, vivirlo distinto.

Porque no todo momento es sagrado, pero cualquier momento puede volverse sagrado si lo sabés mirar así.

El judaísmo no te pide solo creer en lo sagrado, te pide crear espacios en el tiempo donde lo sagrado pueda aparecer.

Dios crea el mundo,pero el significado del tiempo lo construimos nosotros. Por eso Shabat, un Jag u otro tiempo o evento en tu vida, puede ser un día más o algo completamente distinto,si te animás a transformarlo.

Shabat Shalom.
Sem. Mati Bomse

Haftara Emor

Iejezkel está en el exilio. El Templo ya no está. El pueblo está roto, disperso, preguntándose qué queda cuando lo que te definía se incendió.

Y en medio de ese desastre, el profeta hace algo raro. Empieza a describir, con detalle casi obsesivo, las reglas de los kohanim en un Templo que todavía no existe. Un Tercer Templo. En algún futuro sin fecha. Un futuro que a lo mejor nunca llega —o que llega de otra manera.

Ropa. Peinado. Matrimonio. Vino. Duelos. Todo minuciosamente reglamentado para sacerdotes que, por ahora, no tienen dónde servir.

Hasta que, casi al final, aparece la frase que detiene todo: “Y les será por herencia: Yo soy su herencia. Y posesión no les darán en Israel: Yo soy su posesión.” (Iejezkel 44:28)

A primera vista suena hermoso. Dios es tu porción. Qué frase para un póster, qué frase para un retiro espiritual con vista a la montaña.

Pero cuando la leés en serio (cuando pensás qué significa concretamente en la vida de un kohén) es incómoda. Muy incómoda.

Todos los demás tienen tierra. Todos los demás tienen algo que se puede tocar, medir, heredar, dejarle a un hijo. Todos los demás tienen un lugar al que volver cuando se terminó el trabajo.

El kohén no.

El kohén trabaja en el espacio más sagrado del mundo y al final del día no le corresponde ni una parcela. Es, básicamente, el único empleado cuyo jefe le dice: “tu premio soy yo”. Que en cualquier otro contexto laboral sería motivo de denuncia.

El versículo no usa una palabra. Usa dos, y la distinción importa.

Najalá viene de la raíz de fluir, descender: es lo que te llega por herencia, lo que recibís porque te corresponde por linaje. El río que te baja.

Ajuzá viene de la raíz de aferrar, sostener: es lo que tomás posesión, lo que agarrás con la mano, lo que fijás como propio.

La Torá le está diciendo al kohén dos cosas, no una: no vas a heredar, y no vas a agarrar. Ni pasado ni presente. Ni lo que te dieron ni lo que te ganaste. Las dos formas de pertenencia humana, clausuradas.

Y eso no es un accidente del texto. Es la tesis.

Hay un mundo (claramente no todos) que funciona así: cuanto más importante sos, más tenés. Más poder, más espacio, más cosas a tu nombre. Ser alguien es acumular. Sos lo que tenés, nos enseñaron desde chicos, aunque después lo neguemos en voz alta.
El mundo del kohén funciona exactamente al revés.

Cuanto más te acercás al centro, menos te llevás. El Kohén Gadol, que entra al lugar más sagrado el día más sagrado, es el que menos posee. El Levi, que canta y enseña, no tiene campo. El que está más cerca de la Presencia es el que tiene menos cosas en el bolsillo.

En ese mundo nadie enseñó a leer la importancia así. Al revés: aprendemos a medir la vida con la vara opuesta. Por eso este versículo nos resulta tan extraño, y por eso nos sigue hablando.

Iejezkel no está escribiendo para darle instrucciones operativas a sus lectores. Está escribiendo después del desastre. Para gente que perdió el Templo, la tierra, la certeza, la estructura entera de su identidad.

Y les dice: va a haber un futuro. No va a ser como antes. Y lo que va a sostener ese futuro no son las cosas que tenían.

Esa es la haftará que nos toca leer ahora. No el manual de un Templo que no existe. La pregunta de qué queda cuando se cae lo que creíamos que nos definía.

Porque todos tenemos esa pregunta en algún momento. Después de un diagnóstico, de una separación, de perder un trabajo, de enterrar a alguien, de darnos cuenta de que el proyecto con el que estuvimos diez años no era lo que queríamos.

En esos momentos, la pregunta de Iejezkel aparece aunque uno no sea religioso: ¿Qué parte de mí no necesita tener nada para ser?

Una sola pregunta, que no hay que contestar rápido: ¿Qué tengo que, si mañana no lo tuviera, me haría sentir que dejé de ser yo?

Y después, más bajito: ¿Tiene razón esa sensación?

Tal vez no seamos kohanim. Pero todos tenemos algo en el pecho que funciona como uno. Una parte que sabe, en silencio, que lo más sagrado que hay no se puede poseer.

Shabat Shalom.
Wally Liebhaber

Parasha Ajarei Mot-Kedoshim

Cuando el entorno te empuja a reaccionar… elegí quién querés ser.

Hay momentos en la vida en los que algo se rompe.
No siempre es algo visible. A veces es una ilusión, una certeza, una forma de ver el mundo que ya no vuelve a ser igual. Así empieza la Parashá Ajarei Mot “Después de la muerte”.

No es casual que la Torá elija comenzar desde ahí, desde lo que duele, desde lo que nos desordena.
Porque cuando algo se quiebra, lo primero que necesitamos no es inspiración… es volver a encontrar un eje.
La parashá nos habla de límites, de cuidado, de espacios que no se pueden atravesar de cualquier manera.

Eso, hoy resuena más que nunca. Vivimos en un tiempo donde todo es inmediato, donde opinamos y reaccionamos rápido, sentimos todo muy intensamente.

Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos, ¿desde dónde estoy actuando?

Ajarei Mot nos susurra algo simple pero profundo, no todo lo que sentimos debe convertirse en acción.
No todo lo que podemos hacer, deberíamos hacerlo.

Justo cuando logramos entender eso… aparece Kedoshim. “Kedoshim tihyú” que significa “Serán santos”.
Pero la Torá no nos pide que nos alejemos del mundo.
Al contrario, nos devuelve a él.
Nos dice que la santidad está en lo cotidiano, en cómo miramos al otro, en cómo hablamos, en si elegimos la empatía en lugar de la indiferencia, en si somos capaces de frenar antes de herir.

En un mundo tan cargado de ruido, de tensiones, de polarización, de globalización ser “Kadosh” (“santo”) hoy quizás no sea algo grandioso… sino algo profundamente difícil, es simplemente seguir siendo humanos.
No endurecernos. No acostumbrarnos al dolor ajeno. No perder la capacidad de registrar al otro.

Primero aprendemos a poner límites para no desbordarnos.
Después aprendemos a vivir con sensibilidad dentro de esos límites.

Porque no se trata solo de no hacer daño.
Se trata de elegir conscientemente hacer el bien.
En tiempos donde todo empuja a reaccionar, hacer una pausa… es elegir quién queremos ser.

¡Shabat Shalom!
Am Israel Jai
Susy Lapilover