Como desde hace diez años, el Shabat nos volvió a encontrar frente al mar Una noche de espiritualidad y encuentro que quedó en el alma.
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Si hoy alguien dijera “este río es mío, yo lo hice”, no abriríamos un debate filosófico.
Le alcanzaríamos un vaso de agua…y cambiaríamos de tema.
Eso mismo decía el faraón. Sin metáforas. Convencido.
En Egipto, el Nilo no era solo un río. Era la fuente de vida en medio del desierto. Por eso el Midrash dice que el faraón bajaba todas las mañanas al Nilo en secreto: no para rezar, sino para sostener su ilusión de divinidad. Un dios no va al baño delante de nadie. Ni muestra dependencia.
La Torá lo expone sin escándalo, pero con precisión.
Todo empieza y vuelve al Nilo: ahí se decretan muertes, ahí nace Moshé, ahí cae la primera plaga.
No es castigo al agua. Es una discusión con la idolatría.
La Haftará de Vaerá afila todavía más la imagen. Iejezkel describe al faraón como un monstruo del río, un dragón aferrado a su canal, diciendo: “El Nilo es mío, yo lo hice”.
Rab Shimshon Raphael Hirsch Z¨L explica que la idolatría egipcia no estaba en estatuas, sino en el orden natural: confundir estabilidad con eternidad, y abundancia con autoría.
Por eso Dios no discute ideas. Dios actúa sobre la realidad. Saca al faraón del río. Lo deja fuera de su ecosistema de poder.
El Zohar dice que el faraón representa al ietzer hará cuando se disfraza de certeza: esa voz interna que nos convence de que controlamos más de lo que realmente controlamos.
Y ahí entra la profundidad humana. La Torá no combate el poder, combate la arrogancia del poder. No niega la grandeza humana, pero la enmarca: el ser humano es creador, pero no Creador.
Egipto cae. No solo por esclavizar cuerpos, sino por endurecer la conciencia.
Y cuando el monstruo pierde el río, deja de ser monstruo. Queda la fragilidad. El límite. La verdad.
En ese silencio aparece Israel. No para dominar, sino para recordar. La caída de Egipto devuelve al mundo una idea revolucionaria:
la vida es recibida, no producida.
Cuando eso se olvida, el río se vuelve dios. Cuando se recuerda, el río vuelve a ser río, el ser humano vuelve a ser humano, y Dios vuelve a estar donde siempre estuvo.
Shabat Shalom
Wally Liebhaber
Parasha Vaera
Parashat Vaerá: “Cuando la esperanza no tiene cabida aún”
Hay momentos en la vida en los que incluso las palabras más luminosas rebotan.
Momentos en los que alguien nos habla de futuro, de salida, de cambio… y algo dentro nuestro ya no logra escuchar. Eso le pasa al pueblo de Israel en Parashat Vaerá.
Moshé llega con el mensaje más grande que se puede imaginar: Dios escuchó el clamor, Dios vio el dolor, Dios promete liberación. Pero el texto dice algo estremecedor: “Y no escucharon a Moshé, por la angustia del espíritu y por el duro trabajo.” (Shemot 6:9). No es que no creyeran. No es que no quisieran ser libres. Es que estaban agotados por dentro. La Torá no dice solamente “trabajo duro”. Dice kotzer ruaj espíritu corto, aliento estrecho, alma sin aire. Es la descripción del cuerpo que está oprimido, pero también del corazón que está cansado, y ya no puede escuchar palabras esperanzadoras.
Vaerá nos habla de ese lugar tan humano: cuando uno está tan sumergido en la dificultad que incluso una buena noticia duele, porque parece lejana, irreal, inalcanzable. Y es ahí, justamente ahí, donde comienza el movimiento.
Dios no espera a que el pueblo esté listo. No les exige fe. No los reta. No les pide entusiasmo. Sigue hablando. Sigue enviando a Moshé. Sigue insistiendo con promesas.
Todavía no hay salida a la vista, no hay mar abierto, no hay melodías. Hay tensión, hay retrocesos, hay miedo. Pero ya no hay indiferencia.
Y quizás ese sea uno de los mensajes más profundos de esta parashá: la redención no empieza cuando todo se resuelve. Empieza cuando alguien vuelve a hablarnos dentro de Egipto.
Cuando en medio de nuestras esclavitudes personales, de nuestros miedos, de nuestros hábitos que nos oprimen, de nuestras tristezas que nos achican el alma, algo —o alguien— nos recuerda que no nacimos para vivir encerrados.
Vaerá no es la parashá de la libertad. Es la parashá del primer respiro. Del primer gesto que interrumpe la lógica de la opresión. Del comienzo de un proceso.
Y también nosotros, muchas veces, vivimos así: no en la salida, sino en el “antes”. En etapas donde todavía no vemos la solución, pero empezamos a sentir que no estamos solos. Que hay una voz que sigue llamando. Que hay una historia más grande que nuestro momento. Quizás hoy no podamos cantar. Quizás hoy no podamos escuchar del todo. Pero si seguimos leyendo Vaerá, descubrimos que incluso cuando el espíritu “está corto”, la esperanza sigue en pie. Sigue acercándose. Sigue buscándonos. Sigue creyendo en nuestra capacidad de salir… incluso antes de que nosotros mismos podamos creerlo.
Shabat Shalom
Rab. Sarina Vitas
Parasha Shemot
Esta semana comenzamos con la lectura del segundo libro de la Torá, Shemot conocido como Éxodo. Su primer parashá se llama igual y significa “Nombres”.
Relata el comienzo de la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto y el surgimiento de Moshé como líder.
La Torá enumera primero los nombres de los hijos del patriarca Jacob, que tras su fallecimiento, serán el origen de las doce tribus de Israel,que se multiplicarán; recordándonos que incluso en contextos de opresión como la esclavitud, la identidad no se borra.
El crecimiento del pueblo, despierta el miedo del Faraón, que responde con decretos de control, trabajo forzado y violencia, intentando quebrar no solo los cuerpos, sino también el espíritu.
En medio de ese escenario surgen actos de valentía silenciosa: mujeres que desobedecen órdenes injustas como las parteras Shifrah y Puah; el de una madre que protege la vida Jocabet; una hermana que desafía a su padre y cuida a la distancia Miriam; y una figura inesperada —la hija del faraón, posteriormente llamada Batia— que elige la compasión por sobre la obediencia ciega.
De ese entramado de heroicas mujeres, nace Moshé, quien crece entre dos mundos. Criado como príncipe, al presenciar la injusticia, ya no puede permanecer indiferente.
Este relato se asemeja con fuerza con la realidad actual de Israel. Un país que vive en tensión constante, marcado por el dolor, la amenaza externa, el duelo y la incertidumbre, pero también por una profunda capacidad de resiliencia.
Como en Egipto, el miedo puede endurecer corazones y empujar a decisiones extremas y como entonces, el desafío es no perder la humanidad en medio del conflicto.
Moshé se auto destierra a Madián, es ahí donde Jetro, padre de Séfora su esposa y madre de sus dos hijos Gershom y Eliezer, transforma al príncipe en un simple pastor.
No aparece como un líder seguro ni triunfal. Duda, teme, se siente insuficiente. Esa figura refleja a una sociedad israelí que hoy se pregunta, se cuestiona y debate intensamente su rumbo, su liderazgo.
La zarza ardiente, que es la voz del Kadosh Barju, representa ese momento en que no se puede seguir igual: arde el dolor, arde la realidad, pero el pueblo no se consume, sigue de pie no baja los brazos.
Shemot nos enseña que la redención no comienza cuando cesa la amenaza, sino cuando se decide responder de manera humana aún bajo presión.
En la Israel de hoy, el llamado es a sostener la vida, la memoria y la identidad sin caer en la deshumanización del otro, recordando que la fuerza del pueblo siempre estuvo en su capacidad de cuidar, cuestionar y elegir la vida incluso en los contextos más difíciles.
Laparashá, nos deja una pregunta profundamente actual:¿cómo seguir siendo un pueblo fiel a su identidad y a sus valores cuando la realidad empuja al miedo y al endurecimiento?
Porque, como en esta parashá, el camino hacia la liberación interior, comienza cuando alguien se anima a decir: “Hineni o Aquí estoy”, incluso en medio de la oscuridad. Por eso este Shabat al encender las velas que esa luz ilumine tu corazón con salud y paz para todos.
Shabat Shalom
Susy Lapilover
Am Israel Jai
Haftara Shemot
Para complementar la lectura de Shemot, las comunidades Ashquenazim leen los textos del profeta Ieshaiá y las comunidades Sefaradim los del profeta Irmeiá.
En esta oportunidad, los comentarios sobre la Haftará nos acercarán a las revelaciones que Ha Kadosh Baruj Hu formuló en sueños al profeta Irmeiá.
Al estudiar las páginas de Bereishit, toda la creación y las vidas íntimas de los patriarcas se nos presenta en una óptica ampliada y en detalle.
En Shemot, ingresamos a un segundo nivel de complejidad. Se trata del pasaje desde lo individual a lo grupal.
Es así que la Tora nos cuenta que setenta Neshamot, de los Hijos de Israel descendieron a Mitzraim y allí vivieron por varias generaciones.
´´ Y falleció Iosef… y toda aquella generación´´(Shemot1.6)… paso el tiempo y ´´Los israelitas eran fértiles y prolíficos y se multiplicaban cual enjambre´´(Shemot 1.7)
Setenta almas descendieron a Egipto como él único camino posible para vivir.
Después de varias generaciones de abundancia y comodidad, los hijos de Israel pasaron a vivir en una tierra que lentamente se volvió la tierra de su aflicción, Mitzraim.
Inicialmente, cierta comodidad y más tarde, la esclavitud con sus penurias fueron debilitando la voluntad de los Hijos Israel, que olvidaron y abandonaron mucho los valores espirituales de sus patriarcas.
Sus vidas se tornaron agobiantes y carentes de los ideales de sus ancestros. Los hijos Israel ya no recordaban su herencia espiritual y se debilitaron cada vez más.
Los acontecimientos que detalla Shemot delatan la necesidad de que surja, de entre los hijos de Israel alguien que tenga la capacidad de reunir lo disperso y saber liderar con el espíritu de los patriarcas, para lograr despertar al pueblo adormecido y liberarlo de la opresión.
Es entonces, que Ha Kadosh Baruj Hu se reveló a Moshe, desde una zarza ardiente y lo exhorta a tomar la misión de liderar y liberar a los Hijos de Israel de la aflicción, garantizándoleSU presencia incondicional en todo momento.
Conectando la perasha con la Haftará, Ha Kadosh Baruj Hu se reveló al profeta Irmeiá durante su juventud, en un sueño.
La revelación, ocurrió durante los días de Ioshiahu, hijo de Amón, rey de Iehuda, cuarenta años antes de la primera destrucción de Ierushalaim y luego, una segunda vez, durante el reinado del rey Iehoiakim cuando Ierushalaim fue exiliada en el 5to mes de Av.
Mientras Irmeá dormía, Hashem se revelaba:¨Te conocí desde antes que te formaras en el vientre y antes de que emergieses del vientre materno, te santifiqué y te designé profeta de las naciones¨ (5.1 Irmeiá.)
´´…Hay de mi Hashem, Helokim, mira no se hablar, pues aún Soy Niño ´´ (1.6Irmeiá).´´ ´´…no digas Soy Niño, pues irás a donde yo te indique y dirás todo lo que Yo te ordene. No temas, yo estoy contigo y yo te salvaré…´´(Irmeiá 1.8)
´´Luego Hashem extendió su mano y me toco la boca´´(1.9 Irmeiá). ´´Mirapongo mis palabras en tu boca´´(1.10Irmeiá).
Mira hoy te he designado sobre las naciones y los reinos, para arrancar y para derrumbar, para destruir y demoler, para construir y sembrar´´(Irmeiá 1.10) ´´Se me reveló la palabra de Hashem: ¿Qué ves Irmahu? -Una rama de almendro´´(Irmeiá 1.11) ´´Hashem respondió, viste bien, pues yo soy diligente en cumplir Mi palabra´´(Irmeiá 1.12) ´´En cuanto a ti apresúrate, ponte de pie y dilestodo lo que yo te ordeno´´.´´ No tengas miedo pues de lo contrario te quebraré ante ellos´´Irmea1.17 ´
Imiahu y Moshe procuraron con humildad rechazar la misión. Ambos sentían dudas y temor con una gran falta confianza en sus capacidades. Sin embargo, Hashem los convocó a ellos y les encomendó la tarea que tienen por destino a pesar de sus aparentes limitaciones.
Ambos profetas, necesitaron derribar las dudas y desarrollar confianza incondicional en Ha kadosh Baruj Hu y esa Emuná fue la que les permitió sostenerse en medio de las tormentas, másallá de sus fuerzas humanas.
La Torá nos muestra desde tiempos inmemoriales que los Hijos de Israel necesitaron de líderes consagrados con altos ideales, tal como fue Moshé, el más humilde entre los humildes y dispuesto a ir más allá sus límites entregándose en forma total a la guía de El Santo Bendito Sea.
Irmeiá, también dudaba, pero no pudo negarse al pedido de Hashem, porque hubiera sido negarse a sí mismo y se entregó con todo su ser a la misión encomendada.
Le llamaron el profeta triste, quizá por el duro tiempo que le toco vivir, sin embargo en medio de la destrucción de Ierushalaim sonrío y visionó la Ierushalaim reconstruida y así lo anunció.
Quiera Hashem que este Shabat tengamos tiempos de inspiración para que nuestras debilidades no nos dominen y que ganemos valor para entregarnos de lleno a las misiones en que somos o seremos convocados por esa voz, que susurra dentro nuestro al igual que susurro en nuestros patriarcas.
Que podamos liderar nuestras vidas y las de quienes Ha kadosh Baruj Hu nos entrega en cuidado con humidad altruismo, coraje y sentido trascendente, para intentar a cada paso sembrar semillas para un mundo corregido.
Am Israel jai!
Shabat Shalom Hu Me Boraj
Daliah Ruth bat Shlomó
Haftara Vaigash
Hay momentos en los que la historia no avanza por grandes milagros, sino por un gesto simple como que alguien se acerca y rompe los ciclos de una historia que venía dividida.
En la Parsha de Vaigash Iehudá se acerca a Iosef no con poder ni con razón, sino con responsabilidad. No dice “ yo tengo la razón”, sino qué dice: “estoy dispuesto a cargar con mi historia, con mi responsabilidad”. Y en ese instante algo se rompe y es la lógica de la separación.
Cuando el otro deja de ser amenaza y pasa a ser destino compartido, la historia cambia.
Y la Haftará lo muestra con una imagen poderosa de dos maderas. Una se llama Iehudá, la otra Iosef. No son símbolos abstractos, representan a un pueblo que, después de la muerte de Shlomó, se partió en dos reinos que dejaron de verse como un mismo destino. Durante generaciones estuvieron separados, enfrentados, heridos, cada reino convencido de ser el verdadero Israel. Dios no le pide al profeta que elija una y descarte la otra. No las pega con fuerza. Las pone en la misma mano. Porque la unidad no nace de borrar diferencias, sino de sostenerlas juntas.
Cada una trae su verdad, su estilo, su herida. Pero cuando las dos aceptan estar en la misma mano, algo nuevo aparece y es un solo pueblo.
Hay una idea profunda, la división no empieza cuando pensamos distinto, empieza cuando creemos que el otro sobra. La redención, en cambio, comienza cuando entendemos que mi identidad no se debilita por la del otro, sino que se completa.
Por eso el liderazgo que aparece no es el del control, sino el de la integración. No el que elimina tensiones, sino el que las transforma en pacto. No un rey que impone, sino uno que une.
Y al final la promesa no es solo política ni histórica. Es espiritual y lo vemos cuando D-s dice “Mi presencia habitará entre ustedes”. No cuando todos piensen igual, sino cuando aprendan a vivir juntos.
Dios quiera que hoy el pueblo de Israel entienda que no hay futuro en la fragmentación, y que solo cuando aprendemos a sostenernos juntos con nuestras diferencias podremos volver a ser un solo pueblo con un solo corazón de verdad.
Y también que cada uno de nosotros, en lo personal, tenga la valentía de dar ese mismo paso acercarse, integrar, unir. Porque a veces, ahí empieza no solo la redención colectiva, sino también la nuestra.
Shabat Shalom
Sem Mati Bomse
Parasha Vaigash
En Parashat Vaigash, Iehudá da un paso decisivo: se acerca. No habla desde el orgullo ni desde la fuerza, sino desde la responsabilidad y la empatía. Se hace cargo del dolor de su padre, del destino de su hermano y también de sus propias decisiones. Ese acercamiento sincero rompe años de distancia y permite que Iosef finalmente se revele.
Iosef podría haberse quedado en el lugar del rencor o del poder. Tenía motivos para hacerlo. Sin embargo, elige otro camino: reconoce el sufrimiento vivido, pero no queda preso de él. Llora, se conmueve y abre espacio al reencuentro. Vaigash nos muestra que la verdadera fortaleza no está en dominar al otro, sino en animarse a sanar.
Esta semana la Torá nos invita a preguntarnos qué distancias seguimos sosteniendo, qué palabras aún no dijimos y a quién podríamos acercarnos un poco más. A veces creemos que el tiempo, por sí solo, arregla las cosas. Vaigash nos enseña que lo que transforma es el paso consciente hacia el otro, con sensibilidad y verdad.
Que podamos aprender de Iehudá y de Iosef a elegir el encuentro por sobre el silencio, la responsabilidad por sobre la culpa y la construcción de futuro por sobre las heridas del pasado.
Shabat Shalom
Sem. Martín Smith
Haftara Miketz
Hay semanas en las que uno llega al Templo como quien cae en casa después de un día raro: con el pelo medio desordenado, con la cabeza en tres lugares distintos, con un par de mensajes pendientes y la sensación de que el mundo vino acelerado. Y uno piensa: “Bueno, me siento, respiro un poco, escucho lo que pueda y seguimos.” Pero los textos tienen ese timing incómodo y maravilloso de esperarte justo ahí, cuando todavía no te acomodaste en la silla, y te dicen bajito: “Che… no te vayas todavía. Escuchá un segundo.”
Y esta semana, la Haftará de Miketz te hace frenar desde una sola frase: “Shlomó despertó y… era un sueño.” (I Reyes 3:15). No suele pasar que el Tanaj diga así, sin anestesia, “era un sueño”. Es una manera muy elegante de avisarte que lo importante no es lo que pasó afuera, sino lo que se despertó adentro. Y ahí, sin que te des cuenta, ya estás dentro del puente con Iosef en Miketz.
Porque Iosef y el Rey Shlomó, cada uno en su siglo y en su mundo, hacen lo mismo: escuchan. Iosef escucha los sueños del Faraón y, con eso, salva a Egipto y a su familia (Bereshit 41:14–41). Shlomó escucha el sueño propio en Givón (I Reyes 3:5–14) y, paradójicamente, termina legitimando su reinado no por lo que ve, sino por lo que oye. Y si prestás atención, los dos reciben poder, pero ninguno se enamora del poder. Lo que los sostiene no es el cargo, es la capacidad de escuchar. Shlomó podría haber pedido larga vida, victoria o riqueza , D´s lo ofrece sin vueltas (I Reyes 3:11–13) y el tipo pide otra cosa: “lev shomea”, un corazón que escucha.
Y ahí es donde la historia se pone realmente humana. Porque cuando llegan las dos mujeres con el famoso juicio del bebé (I Reyes 3:16–28), no hay datos, no hay testigos, no hay cámaras de seguridad. Sólo hay dos relatos, dos dolores, dos voces. Y Shlomó, en vez de pelearse con las palabras, decide escuchar la intención. Pide una espada. Nunca para usarla. La pide para revelar, como quien tira un comentario incómodo en una reunión familiar sólo para ver desde dónde habla cada uno. Y pasa lo inevitable: la verdad sale sola. Una mujer grita: “¡Denle a ella el niño vivo! ¡No lo maten!” (3:26). La otra dice: “Ni para vos ni para mí: que lo partan.” (3:26). No hace falta un doctorado para entender. Hace falta oído. El Rambam dirá siglos después (Hiljot Sanhedrín 24:1) que un juez puede usar “medidas creativas” para revelar la verdad emocional. Shlomó lo entendió mucho antes que él: la verdad se escucha, no se fuerza.
Y entonces vuelve la pregunta que conecta Miketz con la Haftará: ¿qué hacemos con el poder que tenemos? No el poder grandilocuente, sino el poder cotidiano: el de ser padre, madre, docente, jefe, amigo, pareja, vecino, miembro de una comunidad. Yosef usa su don para cuidar vidas. Shlomó usa su sueño para cuidar justicia. ¿Nosotros desde qué lugar escuchamos cuando alguien nos habla? ¿Desde la respuesta que queremos dar o desde la verdad que el otro necesita decir?
La palabra que abre toda nuestra tradición es Shema “escuchá” y no es casual. Escuchar es tal vez el acto espiritual más difícil y, a la vez, el más transformador. Escuchar es dejar el ego en silencio un momento, frenar la ansiedad de contestar, soltar la necesidad de tener razón, y permitir que el otro entre. Escuchar es mirar a alguien y preguntarse: “¿Qué está tratando de decir realmente? ¿Qué no pudo poner en palabras todavía?” Escuchar no es una técnica: es una forma de estar en el mundo.
Y ahí aparece algo que no tiene que ver sólo con los textos, sino con la vida misma: el descubrimiento de que la escucha no es un gesto individual, sino un clima que se construye entre personas. Un espacio donde uno puede llegar como viene con alegrías, con preguntas, con angustias, con silencios largos, con ganas de hablar o de quedarse quieto y aun así sentir que hay alguien del otro lado, que hay un lugar donde la palabra cae suave y no rebota. Escuchar mejor no es un músculo privado: es un acto de presencia compartida.
La Haftará dice que Israel vio en Shlomó “jojmá Elohit”, una sabiduría divina para hacer justicia (I Reyes 3:28). Y recién ahí lo reconocen como rey sobre todo Israel (I Reyes 4:1). No fue rey cuando lo ungieron. Fue rey cuando supo escuchar.
Tal vez ese sea el mensaje más profundo de Miketz para este momento del año: que si afinamos el oído, si bajamos un cambio, si damos un poco más de espacio, si nos animamos a escuchar los sueños, los miedos, las historias y también los silencios de quienes tenemos cerca, entonces algo en nosotros también se ordena. Algo se eleva. Y aparece esa sensación tan simple y tan difícil de explicar: la de pertenecer a algo más grande que uno, sin necesidad de nombrarlo.
Porque al final, Iosef interpretó sueños, Shlomó interpretó corazones…y nosotros, cuando escuchamos de verdad, interpretamos vida.
Shabat Shalom.
Wally Liebhaber
Parasha Miketz
Estamos viviendo la hermosa fiesta de las luces, conocida también como la fiesta del milagro. ¿Cuál fue el milagro verdadero?
Algunos dicen que el milagro fue que el aceite que encontraron luego de la destrucción del Templo, duro 8 días, otros que en realidad el milagro fue haber encontrado el aceite, y otros que el milagro fue que alguien, sabiendo que la destrucción terminaría, esconde un aceite apto para la Menora esperando que otro alguien lo encontrase.
Una mano para otra mano, sin ningún tipo de esperanza divina.
En Jánuca somos llamados a encender nuestra Janukia en la ventana que da a la calle, y el motivo de esto es que aquellos que estén del otro lado del vidrio, aquellos que no tengan a donde ir, se encuentren con nuestras luces y en ellas la esperanza de poder encontrar un norte.
En el paso del tiempo entendimos, que no hay posibilidad de esperar a que algo suceda, sino rezar con los pies y ser nosotros hacedores de grandes milagros.
Venimos estudiando la historia de Iosef, aquel gran Rey de los Sueños, quien tuvo la suerte o mala suerte de que todo, absolutamente todo le saliera mal.
Me explico:
– Nace siendo hijo preferido, sus hermanos lo odian.
– Crece solo y al querer juntarse con los hermanos, es tirado a un pozo y vendido a Egipto como esclavo.
– Crece en egipto hasta transformarse en alto jerarca del país entero y vuelve a ser arrojado a otro pozo con forma de carcel, donde pasa tiempo allí, volviendo a ser nadie, querido por nadie.
Pero Iosef, tiene algo que lo hace único. Iosef es un soñador.
Él nunca deja de soñar para volver una nueva vez a lograr sus sueños.
Todos en algún momento somos Iosef, sentimos que vamos de pozo en pozo, que todo sale mal, pero nunca debemos dejar de soñar para llegar alto.
Todos somos una vela de Jánuca en la ventana de nuestro hogar. Tenemos la oportunidad de ser luz y milagro para los nuestros, y los que están afuera.
Sepamos todos, que los milagros no caen del cielo. Los verdaderos milagros, salen de tus manos y tus pies.
¡Shabat Shalom Amijai!
¡Jag Sameaj!
Sem. Brian Bruh
Cierre de año del Área de Personas Mayores
Compartimos la alegría del cierre de año del Área de Personas Mayores, un encuentro muy especial que reunió a más de 180 participantes.
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