Esta haftará corresponde a la Parashá Mishpatím, que significa
“Ordenanzas” o “Leyes”. No se trata de normas abstractas, sino de
mandatos que regulan la vida cotidiana y las relaciones humanas, como la justicia social, la responsabilidad, la dignidad y el cuidado del otro. Desde ese punto se entiende la fuerza del mensaje profético que acompaña a esta lectura.
Jeremías fue un profeta que vivió uno de los momentos más oscuros de la historia de Israel, en los últimos años del reino de Yehudá, poco antes de la destrucción de Jerusalén y del Primer Templo. No fue un profeta cómodo ni querido. Alzó su voz cuando la mayoría prefería callar, cuando la fe y los valores habían perdido peso en la vida cotidiana. Su mensaje no apuntaba a la falta de ritual, sino a algo más profundo, la incoherencia entre lo que se decía creer y la forma en que se vivía.
En la haftará, el pueblo había sellado un pacto sagrado, liberar a los esclavos hebreos, como lo ordena la Torá; luego de seis años de trabajo, en el séptimo debían ser liberados. Lo hicieron, pero luego retrocedieron.
Cuando la presión del rey disminuyó, volvieron a someterlos.
El profeta es contundente, un pacto con D’s no se cumple solo cuando
conviene. No se puede hablar de libertad mientras se oprime al otro.
No se puede invocar el Nombre divino y traicionar la justicia.
La haftará nos deja preguntas que atraviesan el tiempo y nos alcanzan hoy, ¿Somos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos?
¿Defendemos la justicia solo cuando no nos incomoda?
¿Liberamos al otro, o solo cambiamos las formas de la opresión?
El mensaje final, de Jeremías, devuelve esperanza. Así como el pacto con el día y la noche es inquebrantable, también lo es el compromiso de D’s con su pueblo. Pero esa promesa no anula la responsabilidad humana. D’s no abandona, pero tampoco reemplaza nuestra conciencia.
Hoy, desde Israel, estas palabras resuenan con una fuerza especial. Como la voz de un pueblo que vive entre la amenaza y la esperanza, esta haftará nos llama a no perder la humanidad en nombre de la defensa, a no confundir firmeza con dureza, ni fe con indiferencia. Nos recuerda que la verdadera fortaleza de un pueblo no está solo en su poder, sino en su ética; que la fidelidad al pacto se expresa en cómo cuidamos la vida, en cómo tratamos al más vulnerable, incluso en los momentos más difíciles.
Que sepamos sostener la justicia no solo cuando es fácil, sino cuando es necesaria.
Que la fe no quede solo en palabras, sino que se vuelva gesto, elección y cuidado.
Que aun en tiempos de miedo, cansancio y dureza, no apaguemos la chispa de humanidad que habita en nosotros.
Que este Shabat sea un espacio de descanso para el alma, un tiempo para volver al centro, para recordar que la libertad empieza dentro y que la justicia florece cuando el corazón permanece sensible.
Que el Kadosh Barjú nos conceda la fuerza de elegir el bien, la sabiduría de no endurecernos y la luz para caminar con dignidad, incluso en los días difíciles.
Shabat Shalom
Am Israel Jai
Susy Lapilover









