Cuando nos acostumbramos demasiado
La Haftará de esta semana, conocida como Jazón (“Visión”), corresponde al primer capítulo del libro del profeta Isaías.
Isaías vivió en el siglo VIII antes de la era común, en el Reino de Judá. Fue contemporáneo de los reyes Uzías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Le tocó vivir una época de prosperidad material y de relativa estabilidad política. El Templo de Jerusalén seguía en pie y el pueblo continuaba con sus prácticas religiosas. Sin embargo, el profeta descubría algo que muchos ya no percibían, por fuera todo parecía funcionar, pero por dentro la sociedad comenzaba a perder su sensibilidad.
No es casual que esta Haftará acompañe a la Parashá Devarim. Allí, Moshé, en las últimas semanas de su vida, reúne al pueblo y repasa el camino recorrido por el desierto. No lo hace para reprochar el pasado, sino para ayudarlos a aprender de él antes de entrar en la Tierra Prometida. Isaías, siglos más tarde, persigue el mismo objetivo. Ambos invitan a detenerse, mirar la realidad con honestidad y preguntarse hacia dónde estamos caminando.
En medio de su mensaje, el profeta pronuncia unas palabras que llaman la atención:”…¿Por qué habréis de ser castigados aún? ¿Todavía seguiréis rebelándoos? Toda cabeza está enferma y todo corazón doliente…” (Isaías 1:5)
A primera vista parecen palabras muy severas. Pero, si las leemos con atención, descubrimos que Isaías utiliza la imagen de una persona enferma. Es como si un médico observara a un paciente que se acostumbró tanto a convivir con su enfermedad que ya dejó de notar sus síntomas.
Quizás esa sea una de las enseñanzas más profundas de esta Haftará.
Las personas de aquella época no eran necesariamente malas. Simplemente se habían acostumbrado.
Acostumbrado a ciertas injusticias; a la indiferencia; a vivir de una manera que ya no los hacía mejores.
Y tal vez esa siga siendo una de las mayores dificultades del ser humano.
No solemos cambiar cuando algo ocurre por primera vez. Nos preocupa, nos conmueve o nos duele. El problema comienza cuando aquello se repite una y otra vez, sin actuar en consecuencia, sin hacer nada al respecto. Y poco a poco todo deja de sorprendernos y termina formando parte de la rutina.
Nos acostumbramos a las malas noticias; a vivir apurados; a postergar ese llamado que queremos hacer;
a decir “ya habrá tiempo” o “lo hacemos mañana”.
Y casi sin darnos cuenta dejamos de valorar aquello que realmente importa.
También hoy vivimos rodeados de información, de conflictos y de preocupaciones. Suceden tantas cosas al mismo tiempo que, para protegernos, corremos el riesgo de dejar de sentir. Y cuando eso ocurre, aquello que nunca debería parecernos normal empieza a ser parte de nuestra vida cotidiana.
Isaías nos invita justamente a lo contrario.
A recuperar la capacidad de detenernos; de emocionarnos; de agradecer; de preocuparnos por el otro; de no permitir que la costumbre adormezca nuestro corazón.
Por eso esta Haftará se lee antes de Tishá BeAv. Porque las grandes tragedias rara vez comienzan de un día para otro. Muchas veces empiezan lentamente, cuando dejamos de prestar atención a las pequeñas señales.
Sin embargo, el profeta no termina con desesperanza. Concluye diciendo: “…Sión será redimida con justicia, y los que regresen a ella, con rectitud…” (Isaías 1:27)
Ese es el mensaje que atraviesa toda la Haftará. Siempre es posible volver. Siempre es posible despertar. Siempre es posible recuperar la sensibilidad que creíamos perdida.
Que en este Shabat tengamos la valentía de detenernos por un instante y preguntarnos si nos hemos acostumbrado a algo que merece ser cambiado. Porque mientras conservemos esa capacidad de preguntarnos, también conservaremos la posibilidad de crecer.
Shabat Shalom,
Susy Lapilover.
Am Israel Jai.
