Cuando nuestras limitaciones no tienen la última palabra
Comenzamos un nuevo libro de la Torá, Devarim, que significa “Palabras” y que fue tradicionalmente llamado Deuteronomio.
Es el quinto y último libro del Pentateuco y la primera parashá lleva el mismo nombre. A diferencia de los cuatro libros anteriores, donde predominan los relatos y las leyes transmitidas por D’s a través de Moshé, aquí escuchamos principalmente su voz. Son sus últimas enseñanzas antes de que el pueblo de Israel entre en la Tierra Prometida.
Y aquí aparece algo que resulta casi paradójico y profundamente conmovedor.
Aquel mismo Moshé que, muchos años antes, frente a la zarza ardiente, le dijo a D’s: “…Por favor, Señor, yo no soy un hombre de palabras… porque soy torpe de boca y torpe de lengua…” (Éxodo 4:10), termina dejándonos un libro entero construido con sus propias palabras.
La vida lo transformó.
Después de cuarenta años guiando al pueblo por el desierto, Moshé sabe que no cruzará el Jordán. Sus días están contados. Podría haberse quedado lamentándose por aquello que no iba a alcanzar. Sin embargo, elige otra cosa. Reúne al pueblo y les habla por última vez.
No les deja riquezas.
No les deja propiedades.
Les deja palabras.
Palabras nacidas de la experiencia, de los aciertos y de los errores, de las alegrías y también de los momentos difíciles. Palabras que no buscan reprochar, sino preparar a una nueva generación para el enorme desafío que está por comenzar.
Por eso vuelve sobre el camino recorrido.
Recuerda las veces en que el pueblo confió y también aquellas en las que el miedo terminó decidiendo por ellos. No lo hace para despertar culpa, sino porque sabe que quien aprende de su historia está mejor preparado para construir su futuro.
No es casualidad que esta parashá se lea, generalmente, en el Shabat anterior a Tishá BeAv, el día en que recordamos la destrucción de los dos Templos de Jerusalén y otras tragedias que marcaron la historia del pueblo judío. Antes de llegar a ese día de duelo, la Torá nos invita a detenernos, mirar nuestro camino y preguntarnos qué podemos aprender de nuestra historia para no repetir los mismos errores.
Y, casi al mismo tiempo, nuestra memoria vuelve inevitablemente al 18 de julio de 1994, cuando el atentado contra la AMIA dejó una herida que aún sigue abierta en la sociedad argentina. Como ocurre con Tishá BeAv, recordar no significa quedar atrapados en el pasado, en el tiempo, sino asumir el compromiso de mantener viva la memoria, seguir reclamando justicia y trabajar para construir una sociedad donde el odio y la violencia nunca tengan la última palabra.
Quizás esa sea una enseñanza que también necesitamos hoy.
Vivimos en una época en la que muchas personas sienten que no son suficientes. “No puedo”, “no sé”, “no sirvo para esto”, “es demasiado tarde”. Son frases que escuchamos con frecuencia y que, muchas veces, también nos repetimos a nosotros mismos.
La historia de Moshé nos recuerda que nuestras limitaciones no tienen por qué definir nuestro destino. Aquello que un día sentimos como una debilidad puede convertirse, con el tiempo, con esfuerzo y la ayuda de D’s, en el lugar desde donde más podemos aportar a los demás.
Todos vamos escribiendo nuestro propio Devarim.
No como un libro, sino con las palabras que pronunciamos, las decisiones que tomamos, los valores que transmitimos y el ejemplo que dejamos a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros alumnos, a nuestros amigos y a cada persona que se cruza en nuestro camino.
Porque, al final, nuestro verdadero legado no será aquello que tuvimos, sino aquello que supimos sembrar en el corazón de los demás.
Que en este Shabat podamos descubrir, como Moshé, que nunca es tarde para crecer, para superar nuestros miedos y nuestros propios límites. Que podamos comprender que muchas veces el Kadosh Barju ve en nosotros capacidades que todavía no alcanzamos a reconocer.
Y que, cuando otros nos recuerden, no sea por lo que tuvimos o conseguimos, sino por las palabras de paz, de esperanza, de consuelo y de fe que supimos dejar en sus corazones.
Shabat Shalom,
Susy Lapilover.
Am Israel Jai
