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Haftara Bo

La haftará de Parashat Bo nos traslada, otra vez, a Egipto. Pero no al Egipto de las plagas y del Faraón de la Torá, sino al Egipto que, siglos después, sigue creyéndose invencible. El profeta Irmiáhu anuncia su derrota, su caída, su fragilidad. Y, en paralelo, le habla al pueblo de Israel con palabras de consuelo, de promesa y de esperanza.

No es casual esta elección. Bo es la parashá del golpe final a Egipto, pero también es la parashá del nacimiento de un pueblo libre. Y la haftará viene a recordarnos que los imperios pasan, pero los valores, la identidad y la promesa de Israel permanecen.

Egipto aparece como símbolo del poder que se cree eterno. Un poder que confía en su ejército, en su prestigio, en su historia. Sin embargo, el profeta lo describe con una imagen muy humana: un gigante que tropieza, que cae, que se descubre limitado. No por falta de fuerza, sino por falta de sentido. Porque cuando el poder se separa de la justicia, tarde o temprano se desmorona.

En contraste, el mensaje hacia Israel es profundamente distinto. Dios no niega las dificultades, no promete un camino fácil, pero sí promete algo mucho más fuerte: presencia.

“No temas, siervo mío, Yaakov… porque Yo estoy contigo”. La redención no se presenta como ausencia de dolor, sino como compañía en medio de él.

Y eso es quizás lo más poderoso de esta haftará. Nos enseña que la verdadera libertad no consiste solo en salir de Egipto, sino en no volver a vivir como esclavos del miedo, de la desesperanza o de la resignación. Nos invita a confiar en que incluso cuando el mundo parece dominado por fuerzas más grandes que nosotros, nuestra historia no está determinada por los imperios, sino por nuestra capacidad de seguir caminando con fe.

En Bo aprendemos que el pueblo de Israel da su primer paso como nación cuando se anima a marcar el tiempo, a contar los meses, a apropiarse de su propio calendario. En la haftará, aprendemos que ese mismo pueblo sigue siendo sostenido por una promesa que atraviesa generaciones.

Quizás por eso este texto sigue siendo tan actual. Porque también hoy vivimos rodeados de “Egiptos” modernos: sistemas, discursos, estructuras que parecen intocables. Y la haftará viene a susurrarnos, con voz profética, que nada es más fuerte que un pueblo que sabe quién es, de dónde viene y hacia dónde quiere ir.

Bo no es solo el relato del fin de una esclavitud. Es el inicio de una identidad. Y la haftará nos recuerda que esa identidad se sostiene, incluso en los momentos más oscuros, por una luz que no se apaga: la certeza de que no caminamos solos.

Y tal vez ese sea el mensaje más profundo para nuestra vida comunitaria hoy: seguir creyendo, seguir construyendo, seguir avanzando… incluso cuando todavía no vemos el final del camino. Porque la redención, muchas veces, comienza simplemente con animarnos a dar el próximo paso.

Yael Krochman

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