Lo que adoramos termina moldeando lo que somos.
Esta semana leemos la Parashá Ki Tisá, que significa “Cuando tomas”.
Los sucesos que se relatan en ella tienen una estrecha relación con la Haftará. El Becerro de Oro y las Tablas que arroja Moshé sobre el Becerro, no son solo un episodio del pasado; reflejan una crisis de identidad.
El pueblo, impaciente y temeroso, necesitó algo visible, algo inmediato, algo que pudiera controlar. Cambió lo eterno, por lo tangible.
Años más tarde, el Profeta Elías enfrentará una escena similar, tal como se relata en el libro de Reyes I.
En el contexto histórico, Elías fue un profeta del siglo IX a.e.c., vivió en el Reino del Norte de Israel, que atravesaba una profunda crisis espiritual. Emerge como figura solitaria pero firme, defendiendo el monoteísmo ético frente al poder político y la presión social.
El rey Acab y su esposa Jezabel, promovían activamente el culto al dios Baal, desplazando la fidelidad al D’s de Israel.
La influencia de la reina -princesa de origen fenicio-, introdujo prácticas paganas y persiguió a los profetas, los cuales fueron asesinados. Elías fue el único que logró escapar.
El reino sufría sequía y hambruna y muchos culpaban a Elías por esos males.
En esa circunstancia, desafía a 450 falsos profetas de Baal en el Monte Carmel. Se construyen dos altares y se ofrece como holocausto un toro en cada uno. Allí se demostraría quién era el verdadero D’s.
Pero antes del fuego, antes del milagro, viene la pregunta del Profeta, que atraviesa generaciones, “…¿Hasta cuándo vacilarán entre dos caminos?…” “…Si D’s es el verdadero, síganlo; y si lo es Baal, síganlo a él…”.
Esa pregunta no quedó en el Monte Carmel. Sigue viva.
Podemos preguntarnos entonces, ¿Qué estamos adorando hoy?
Porque actualmente no fundimos oro para hacer estatuas, pero seguimos construyendo becerros. No existe la idolatría tal como la vemos en los textos antiguos. Sin embargo, encontramos otro tipo de idolatría, quizás más sutil y si se quiere, más nociva.
Hay quienes adoran el dinero, el poder o la fama, muchas veces a costa de otros. Miran al resto con aire de superioridad, creyendo que lo material define su valor, su estatus.
No comprenden que eso es efímero.
Adoran la riqueza; el éxito; el poder; el reconocimiento.
Vivimos en una cultura que mide el valor en cifras, cargos y exposición. Que admira al que acumula, sin preguntar cómo lo hizo. Que confunde visibilidad con grandeza. Que puede llegar a justificar la falta de ética, en nombre del progreso.
El dinero no es el enemigo. El poder no es el enemigo. La fama tampoco.
El problema comienza cuando dejan de ser herramientas y se convierten en el centro de nuestra identidad.
Cuando el “tener” desplaza al “ser”.
Cuando el prestigio pesa más que la conciencia.
Cuando el otro deja de ser prójimo y pasa a ser competencia.
Esa es la idolatría moderna, silenciosa, elegante, socialmente aceptada.
El profeta Elías se paró solo frente a una multitud. Moshé rompió las Tablas cuando entendió que no se puede sostener una alianza si el corazón está en otro lugar.
Ambos nos enseñan, que la verdadera crisis no es externa, sino interna.
Entonces la pregunta vuelve a surgir: ¿Qué estamos adorando hoy?
No importa cuánto tengas en tu cuenta bancaria, ni cuántas posesiones acumules. Lo que permanece es la integridad, la empatía y la coherencia.
Nuestra neshamá -alma- no tiene precio. No se vende.
Nuestra dignidad no cotiza en los mercados.
Y nuestra verdadera grandeza no necesita de aplausos.
Incluso después del Becerro hubo segundas Tablas. Una nueva oportunidad.
Siempre se puede volver a elegir.
Que, aun atravesando momentos oscuros, podamos responder con honestidad a la pregunta de Elías y elegir el camino de la claridad interior.
Que, si descubrimos pequeños becerros en nuestra vida, tengamos la valentía de desarmarlos.
Que este Shabat encuentres paz dentro de tu neshamá -tu alma-, sin miedo a equivocarte, dejando afuera lo mundano, lo superfluo y buscando la luz divina que ilumine a quienes te
rodean.
Shabat Shalom.
Am Israel Jai
Susy Lapilover
