Haftara Jaiei Sara

El frío del rey

Hay textos bíblicos que empiezan con truenos y revelaciones. Este empieza con un señor mayor que tiene frío.

“El rey David era anciano, entrado en días; lo cubrían con ropas, pero no entraba en calor” (Reyes I 1:1). El mismo David que mató a Goliat con una piedra, que bailó delante del Arca, que escribió los Salmos, ahora está en la cama pidiendo otra frazada. La solución de sus asesores es, digamos, muy de época: buscan una joven hermosa, Abishag, para que lo abrigue. No funciona. Porque hay fríos que no se arreglan con calefacción.

La haftará de Jaié Sará se eligió por una frase. La parashá dice “Abraham era anciano, entrado en días”. La haftará dice exactamente lo mismo de David. Dos viejos en el mismo umbral. La diferencia es qué hace cada uno con el tiempo que le queda. Abraham, viejo, se mueve: compra una tumba, busca una nuera, ordena la herencia. David, viejo, tirita.

Y mientras el rey tirita, el reino no espera. Su hijo Adoniá se autoproclama rey con carros, jinetes y cincuenta muchachos corriendo adelante, que es la versión bíblica de llegar al cumpleaños de la abuela con bombos y redoblantes. Organiza un banquete con sacrificios e invita a todos los hermanos y a todos los funcionarios de medio reino. A todos menos a Salomón. Una asunción con lista de invitados curada. Nada nuevo bajo el sol, como diría justamente Salomón unos años después.

Pero el texto esconde, en el versículo 6, la frase que lo explica todo: “Su padre nunca lo había contrariado en toda su vida, diciéndole: ¿por qué hiciste esto?”.

Ahí está el verdadero frío de David. No viene de la vejez. Viene de antes. Un padre que nunca preguntó “¿por qué?”, que nunca dijo que no. El que venció a Goliat no se animó con sus propios hijos. Y el hijo al que nunca le pusieron un límite crece con una convicción peligrosa: que todo le corresponde. Hasta el trono de un padre que todavía respira. A veces lo que parece ternura es, en el fondo, ausencia. Y la ausencia también educa.

Entonces entra en escena Batsheva, empujada por el profeta Natán, que le arma el libreto completo. Ella lo dice tal cual, pero después improvisa la mejor línea de la obra: “Mi señor rey, los ojos de todo Israel están puestos en vos, para que les digas quién se sentará en tu trono”.

No le pide un favor. Le devuelve el lugar. Le recuerda que no decidir también es decidir, y casi siempre lo peor. Natán remata con una pregunta tan educada como filosa, y algo en el viejo rey se destraba. Jura que Salomón reinará, y agrega: “Lo haré hoy mismo”.

Hoy mismo. Después de años de postergaciones, el hombre que no entraba en calor con ninguna manta se calienta con una decisión.

Algunos dicen que la medida de un líder no es lo que construye mientras está, sino lo que deja funcionando cuando ya no está. Abraham lo entendió temprano. David lo entendió tarde y con ayuda. Pero lo entendió. Y Batsheva, inclinándose ante un anciano que temblaba, le dijo: “Que viva mi señor el rey David para siempre”. Parecía una exageración protocolar. Era una profecía. David vive todavía, cada vez que alguien reza por Jerusalem, porque en el último minuto eligió que su historia siguiera en otro.

Hay algo profundamente espiritual en esto: la eternidad no se consigue aferrándose, sino soltando bien.

Todos tenemos algo que traspasar alguna vez. Una historia, un oficio, un lugar en la familia, una manera de estar en el mundo. Y todos conocemos la tentación de dejarlo para mañana, de no incomodar a nadie, de esperar que se acomode solo.

La haftará no nos dice qué hacer. Apenas nos deja una pregunta, de esas que conviene llevarse a casa: ¿cuál es esa decisión que venís postergando? Y la sospecha, un poco incómoda, de que quizás sea ella la que te está dejando frío.

Shabat Shalom.
Wally Liebhaber

Parasha Jaiei Sara

Sobre el amor – Parashat Jaiei Sará

Rabí Moshé Leib contaba que aprendió a amar de un campesino. En una taberna, un campesino le preguntó a otro: “¿Me querés?”;.”;Mucho”; respondió.;”Entonces, ¿sabés qué me duele?”;.”¿Cómo voy a saberlo?”;. “Si no sabés qué me duele, no me querés”. Y Rabí Moshé Leib entendió que amar es conocer el dolor del otro.

No sé cuál es tu teoría sobre el amor.
Pero seguro tenés alguna definición.
En nuestra parashá, la quinta de la Torá, aparece por primera vez el amor de pareja.
Ya hubo muchas parejas antes. El mundo fue creado, inundado, dispersado, reconstruido…
Pero es la primera vez que un varón y una mujer figuran amándose.

Bereshit 24:67: Itzjak la condujo a la tienda de Sará, su madre. Tomó a Rivká y ella fue su esposa. Y él la amó (וַיֶּאֱהָבֶהָ) y así se consoló Itzjak después de la muerte de su madre.

Itzjak nació de un matrimonio de gente grande, que debió mudarse varias veces para llegar a su destino, con muchos vaivenes y con una promesa de grandeza.
Después de tantas idas y vueltas, tantas desavenencias, llega para Itzjak la oportunidad de amar.
Se casa, como todos los humanos que lo precedieron.
Pero no: no sólo se casa, sino que se da la oportunidad de amar.
Me nace la pregunta: ¿de dónde aprende a amar?
Esta no es la primera vez que aparece la raíz .א.ה.ב, sino la segunda.
La primera es cuando el Kadosh Baruj Hú ordena a Abraham tomar a su “hijo, al único, al que amas, a Itzjak” (Bereshit 22:2).
Es decir, Itzjak y Rivká son la primera pareja que se ama. Pero el amor ya existía antes: el de Abraham hacia su hijo.
Y entendemos que Itzjak fue amado por su madre Sará, y que la extrañaba mucho. Esto último se desprende del versículo que venimos estudiando juntos.
¿Se puede amar sin conocer el amor?
No sé la respuesta exacta, pero intuyo que el amor que los padres le dieron a su hijo le enseñó a amar a su esposa.

Intuyo que cada uno de nosotros, los que leemos estas palabras, entiende —quizás ahora de manera explícita— que darle amor a un hijo o a una hija es una “gran inversión”, que da un gran rédito.

En toda esta búsqueda de Abraham ocupándose del futuro de su hijo, y de Itzjak empezando su vida de pareja, podemos vernos reflejados, como hijos y como padres, y entender por dónde hay que encarar el asunto de nuestra continuidad.

Todo amor que no depende de ninguna cosa subsistirá por siempre (Pirkei Avot 5:16).

¡Shabat Shalom!
Rab Meir Szames
La Ieshive

Haftara Vaiera

Haftarát Vaierá 2 Melajim (Reyes) II 4:1 a 4:37
El Pofeta Elisha y la viuda menesterosa

El texto cuenta a cerca de la viuda de uno de los discípulos de Elisha que está amenazada por deudas y sabe que el acreedor vendrá a llevarse a sus dos hijos como sirvientes. La mujer, pidió consejos al profeta y recibió de él la promesa de una solución exitosa del conflicto. Sin embargo, antes de dar su consejo Elisha le formulo algunas preguntas con la finalidad de conectarla a su potencial oculto.

Dijo el profeta ¿Qué podré hacer yo por ti? ¿Dime que tienes en casa? (De algún modo la pregunta oculta es ¿Cuanta Emuná tienes?)
Ella respondió: Yo tu servidora, no tengo nada en casa excepto un recipiente de aceite.

Elisha le ordenó ir a pedir recipientes prestados a sus vecinos y cuantos más recipientes consiga mejor será (agrandar el Kli para poder recibir más de la esencia espiritual).

Seguidamente le ordenó a la mujer que lleve todos los recipientes a su casa y luego que ella con sus hijos ingresen al hogar, cierre la puerta (reconcentrar las fuerzas interiores del propio ser sin dispersarse en la preocupación y el miedo).

Seguidamente, debía llenar junto a sus hijos todos los recipientes con aceite hasta que los mismos se acaben (Shemen/ Neshama, cada uno recibe según su Kli). Sucedió que cuando se acabaron los recipientes, él aceite dejo de fluir. (agrandar el Kli para recibir más conocimiento de Ha kadosh Baruj Hu).

Nuevamente, la mujer fue donde Elisha, entonces el profeta le ordeno vender el aceite (Shemen) envasado, pagar su deuda y del remanente vivir ella y sus hijos.

Enseñanza: La confianza en el Santo Bendito Sea, y los actos de generosidad donde se suman las voluntades para ayudar, transforman la escasez en abundancia, y vuelven a un grupo de personas que parecen desconectadas en socios de d os a la hora de hacer milagros y buscar justicia social.

Shemen (Aceite) según la Cábala, es un vehículo físico y espiritual que conecta al mundo material con la luz divina y representa la recepción de esa energía superior. Shemen está conectado con Shmone ( ocho) nivel que esta por encima del siete, es decir que está por encima de la naturaleza y simboliza la revelación de una luz superior y milagrosa.
El anuncio a la Sunamita Cierto día, paso Elisha por Shunem y una mujer le insistió para que comiese pan; al percibirlo ella un hombre de d os, le pidió a su esposo hacerle un sitio en su hogar al profeta, para que cuando pasé por allí nuevamente, tenga donde descansar.
Tiempo después, Elisha pernoctó en la casa de la mujer y pidió a Guezaji, su servidor, que llame a la mujer Shunamita y le diga de su parte: – Mira, tanto te has preocupado por nosotros ¿Qué te puedo hacer? ¿Es necesario que yo hable por ti al rey o al Jefe Del Ejército?
Guezaji le comentó a Elisha, que la mujer no tenía ningún hijo y su marido ya es mayor, entonces, el profeta le pidió a Guezaji le anuncie a la mujer que, dentro de un año, en esta misma época ella estará abrazando a su hijo. La mujer no creyó en el presagio, pero así se cumplió pasado un año.

Esta historia se conecta directamente con el anuncio que recibieron Abraham y Sara, que serían padres en el término de un año y así se fue, aunque Sarah no creyó y se hecho a reír.

Enseñanza: No hay límites para los Milagros de Ha Kadosh Baruj Hu, el pueblo de Israel esta por encima del mundo de las causas y los efectos porque al estar entregado a d os, solo de Él depende su suerte.

El niño, de la mujer Sunamita El niño de la Sunamita fue creciendo y corría tras su padre en el trabajo del campo, hasta que un día lo regresaron a su casa, con un fuerte dolor de cabeza y murió en los brazos de su madre. La mujer lo acostó en el cuarto reservado a Elisha y cerró la puerta (queriendo retener su Neshamá) y salió en búsqueda de Elisha, sin decir a nadie el motivo. Elisha, fue a ver al niño ya muerto. Entro y cerró la puerta; se acostó sobre el niño y puso su boca sobre la boca del niño, sus ojos sobre los ojos de él, sus manos sobre las de él, se extendió sobre él y entro en calor la carne del niño. Luego Elisha salió, anduvo por la casa, para acá y para allá, y después subió y se tendió sobre él muchacho. Estornudó el muchacho siete veces.

Elisha dijo a su madre, levanta a tu hijo. Ella fue, cayó a los pies de Elisha y se prosternó en la tierra. Tomo a su hijo y se fue.

Enseñanza: Elisha, el profeta, mediatizó para conectar nuevamente al niño con las fuerzas sutiles de Ha Kadosh Baruj Hu y así volverlo a la vida en este plano.

La luz espiritual de nuestra sagrada Torá trasmitida por los maestros aviva el fuego de la Neshamá y por más amargura que nos hunda o nos lleve a caer en la oscuridad siempre encontraremos el camino para emerger y renacer de nuestras cenizas.

Deseo para este shabat, que los textos y las tefilot de cada día nos resulten mapas para nuestra Emuná.

Quiera Ha Kadosh Baruj Hu que juntos colaboremos como comunidad en hacer nuevos milagros cotidianos y así completar SU tarea, que con tanto amor va creando instante tras instante.

Shabat Shalom!
Daliah Ruth Bat Shlomó y Jana

Parasha Vaiera

PARASHAT VAIERÁ — CUANDO DIOS APARECE EN EL ROSTRO DEL OTRO

Hay momentos en los que estamos tan ocupados con nuestras propias preocupaciones, nuestros dolores y nuestras urgencias, que dejamos de ver lo que sucede a nuestro alrededor. Y quizás uno de los mayores desafíos espirituales de nuestro tiempo no sea aprender a mirar más lejos, sino recuperar la capacidad de mirar a quien tenemos cerca.

Parashat Vaierá comienza con una frase extraordinaria: “Vaierá elav Adonai” “Y se le apareció Adonai” (Bereshit 18:1).

Dios se revela a Abraham. Sin embargo, apenas unos versículos después, Abraham levanta sus ojos, descubre a tres visitantes que caminan por el desierto y corre a recibirlos.

La Torá nos presenta una escena sorprendente: Abraham está frente a la Presencia Divina y, aun así, interrumpe ese encuentro para atender a unos desconocidos. El Talmud enseña de este episodio una enseñanza revolucionaria: “Guedolá hajnasat orjim mekabalat penei haShejiná”, recibir huéspedes es más importante que recibir la propia presencia del Kadosh Baruj Hu.

¿Cómo puede ser que atender a otro ser humano sea más importante que permanecer frente a Dios?

Quizás porque Abraham comprende algo esencial: la espiritualidad no consiste solamente en buscar a Dios en los cielos, sino en aprender a reconocer Su presencia en la tierra. Rashi, al comentar el comienzo de la parashá, explica que Dios había venido a visitar a Abraham mientras se recuperaba de su brit milá. Abraham está dolorido. Está vulnerable. Tiene motivos suficientes para permanecer concentrado en sí mismo. Y, sin embargo, cuando ve a los visitantes, se levanta y corre hacia ellos. Es justamente allí donde aparece su grandeza.

No espera a sentirse completamente bien para hacer el bien. No necesita que desaparezcan sus dificultades para reconocer las necesidades de los demás. Abraham nos enseña que incluso cuando algo nos duele, todavía podemos convertirnos en alivio para alguien más.

Vivimos en una época en la que vemos muchísimo, pero no siempre miramos verdaderamente. Estamos conectados con cientos de personas y, sin embargo, podemos permanecer desconectados de quienes tenemos al lado.

Quizás por eso la palabra que da nombre a nuestra parashá, Vaierá, “y se apareció”, nos invita a pensar también en nuestra propia capacidad de ver. ¿A quiénes estamos dejando de ver? ¿Quién está esperando una llamada, una palabra, una visita, una pregunta sincera? ¿A quién podríamos hacerle sentir que su presencia importa?

Una comunidad no se construye solamente compartiendo un espacio, una tradición o una tfilá. Se construye cuando aprendemos a reconocer al otro, especialmente cuando ese otro necesita ser visto. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas de Abraham: no tenemos que elegir entre nuestra relación con Dios y nuestra responsabilidad hacia los demás.

Porque muchas veces, el encuentro con Dios comienza precisamente cuando abrimos la puerta para recibir a otro ser humano.

Que este Shabat podamos levantar los ojos, como Abraham, y descubrir las presencias que esperan nuestra mirada.

Shabat Shalom.
Rabina Sarina Vitas

Haftara Lej Lejá

La haftará de esta semana, que corresponde a Parashat Lej Lejá, nos trae un mensaje muy hermoso. En el libro de Isaías, escuchamos estas palabras: “Los que esperan en Adonai renovarán sus fuerzas; levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán”

Hay algo muy profundo en esta enseñanza. Porque todos, en algún momento de la vida, nos cansamos. Nos cansamos de luchar, de esperar, de intentar que las cosas salgan bien.

A veces tenemos fuerzas para seguir adelante y otras veces sentimos que ya no podemos más.

No siempre se trata de correr, de llegar primero o de tener todas las respuestas. A veces, lo más importante es simplemente seguir caminando.

Si miramos la parashá, Abraham recibe un llamado muy difícil: dejar su tierra, su lugar conocido, y salir hacia un destino que todavía no conoce. Dios le dice *“Lej Lejá”*, andá hacia vos mismo, hacia tu propio camino. Y Abraham se anima a dar ese paso.

La haftará nos enseña algo parecido: la vida no siempre nos muestra el camino completo.

Muchas veces tenemos que avanzar sin saber exactamente qué viene después. Y en esos momentos necesitamos confiar, encontrar fuerzas y recordar que no estamos obligados a tener todo resuelto para poder seguir adelante.

Quizás hoy alguno de nosotros esté atravesando un momento difícil. Quizás alguien esté esperando una respuesta, enfrentando un cambio o tratando de encontrar nuevamente su rumbo. El mensaje de Isaías es que, incluso cuando sentimos que nuestras fuerzas se terminan, siempre podemos encontrar una manera de volver a levantarnos.

No siempre podemos elegir el camino que nos toca recorrer, pero podemos elegir no dejar de caminar.

Como Abraham, estamos invitados a animarnos a dar el próximo paso, aunque todavía no sepamos adónde nos va a llevar.

Shabat Shalom!
Sem. Martín Smith

Parasha Lej Lejá

¿ Estás dispuesto a dar el primer paso, dejando atrás tu zona de confort, en busca de una vida mejor?

Esta semana leemos la tercera parashá del libro de Bereshit -Génesis-, llamada Lej Lejá, palabras que nos invitan a partir, a ponernos en camino, a salir.

D’s le habla a Abram y le ordena: «…Sal de tu tierra, de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré…» (Bereshit 12:1).

Abram confía. Se dirige hacia lo desconocido. No lo hace solo. Lo acompañan Sarai, su esposa, y Lot, su sobrino.

Pero ¿te imaginás lo que significa abandonar todo aquello que conocés, sin saber qué encontrarás al llegar?

A veces nos acostumbramos tanto a nuestra rutina, a los lugares, a las costumbres, que terminamos creyendo que esa es la única manera de vivir.

Nos conformamos con lo que tenemos.

Lo familiar nos brinda seguridad, nos protege de la incertidumbre, pero también puede impedirnos descubrir nuevas oportunidades.

¿Cuántas veces quisiste cambiar algo de tu vida y no te animaste? ¿Cuántas veces encontraste una excusa para postergar una decisión, simplemente porque tenías miedo de equivocarte?

Abram tenía setenta y cinco años cuando emprendió su viaje, como nos cuenta Bereshit 12:4.

Y ese detalle nos invita a pensar que no existe una edad determinada para iniciar una nueva etapa. Nunca es tarde.

Porque salir de nuestra zona de comodidad no siempre significa abandonar nuestra casa, nuestra ciudad o nuestro país.

A veces implica cambiar una actitud, reconocer un error, dejar atrás un prejuicio, pedir perdón o animarnos a hacer aquello que venimos postergando.

Quizás nuestro Lej Lejá no nos lleve a una tierra desconocida, sino a descubrir que todavía tenemos mucho por aprender, por mejorar y por ofrecer a los demás.

Y quizás, como sucede en nuestra parashá, esa primera decisión sea el comienzo de una transformación mucho más profunda.

Abram pasa a llamarse Abraham y Sarai recibe el nombre de Sara (Bereshit 17:5 y 17:15). Sus nuevos nombres acompañan una etapa diferente de sus vidas.

Y esto me lleva a pensar: ¿Es necesario cambiar de lugar para transformar nuestra vida? ¿O a veces alcanza con renovar nuestra manera de pensar, de actuar y de relacionarnos con los demás?
Porque podemos recorrer grandes distancias y continuar siendo exactamente los mismos. O podemos permanecer donde estamos y descubrir que algo dentro nuestro comenzó a cambiar.

Tal vez ese sea uno de los desafíos que Lej Lejá nos propone hoy, animarnos a dar ese primer paso y estar dispuestos a transformarnos a lo largo del camino.

Porque el verdadero viaje no termina cuando llegamos a un nuevo destino, sino cuando somos capaces de cambiar algo en nosotros mismos.

¿Y vos? ¿Qué estás dispuesto a dejar atrás para convertirte en una mejor versión de vos mismo?

Que este Shabat te encuentre con el coraje necesario para dar ese primer paso, con la confianza para enfrentar lo desconocido y con la sabiduría para reconocer que cada cambio puede ser una oportunidad para crecer, acercarte a los demás y encontrar la paz que solo HaKadosh Baruj Hu nos puede dar.

Shabat Shalom.
Susy Lapilover.
Am Israel Jai

Haftara Noaj

¿Cuándo fue la última vez que te pidieron festejar algo que todavía no existe?

Eso le pasa a Sión en la haftará de Noaj. Isaías le habla a una Ierushalaim devastada, con su pueblo en el exilio, y le dice: “Cantá, estéril, la que no dio a luz” (Roni akará). A una mujer sola y sin hijos le piden que se ponga contenta cuando no tiene un solo motivo a la vista.

La frase desconcertó tanto que el Talmud la discute. Un hereje se la planteó a Beruria, la esposa de Rabi Meir: ¿por qué iba a cantar alguien por no haber tenido hijos? Ella lo llamó necio y le dijo que leyera el versículo hasta el final, donde los hijos de la desolada son más que los de la casada. Después le dio su lectura: la estéril es la congregación de Israel, que no dio a luz hijos destinados a la Gehena como los de ustedes.

Hay más. Isaías le pide que ensanche el lugar de su tienda, que alargue las cuerdas y clave bien las estacas. Es decir: prepará lugar para una familia que todavía no llegó. Primero se arma la casa y recién después se llena.

Después viene una comparación que corta el aire: “Esto es para mí como las aguas de Noaj”. Igual que juré que esas aguas no volverían a cubrir la tierra, dice D-os, juro que no voy a enojarme con vos ni a reprenderte. Los montes pueden moverse y las colinas tambalear, pero mi bondad no se aparta de vos y mi pacto de paz no se mueve.

La promesa más grande que conocemos es que el mundo no va a ser destruido otra vez. Isaías la usa para decirle a un pueblo quebrado que su futuro tiene esa misma firmeza. Y reconoce el dolor: el enojo fue «un instante» y la bondad es eterna. El dolor existió, pero no decide.

El capítulo 55 abre con otra imagen de agua: “Todos los sedientos, vengan al agua”, incluso los que no tienen plata. En el versículo 9 las aguas de Noaj eran el recuerdo de una amenaza, y acá el agua es una invitación.

Todavía no sabemos quién va a llenar la tienda, pero la haftará dice que vale la pena ensancharla.

Shabat Shalom!

Parasha Noaj

Parasha Noaj
Segundas Oportunidades Y, más….

Finalizo el Diluvio y es tiempo de salir del Arca. Di-s no da otra oportunidad. Volver a creer en el hombre, volver a crear. Un Pacto a perpetuidad con la Humanidad toda. El hombre vivirá y tendrá que volver a poblar la tierra, Di-s confía con la esperanza de haber ahogado para ¿siempre!? la corrupción la maldad, la mentira.

Hubo que lidiar con el Libre Albedrio y prestar atención a las señales de Adonai, igual que hoy, ante cada nuevo desafío, cada nuevo Mabul o cataclismo de distinta índole.

Atravesar las tormentas y la confusión diseñando a cada instante un lenguaje que hable de diversidad, de respeto, de inclusión …. de Shalom. Salir de los discursos unívocos arrogándonos el poder de estar en una Torre a la altura del cielo reeditando un Babel que solo genera y termina en más confusión.

Muchas veces ante la dificultad nos refugiamos en una pequeña Teiba flotando y dejándonos llevar por una marejada de emociones y pensamientos que nos conducen a la deriva esperando que algo o alguien venga a salvarnos. Tenemos que dar el primer paso, seguramente la tierra estará húmeda y costará hacer pie, pero tenemos muchos más recursos y herramientas de lo que generalmente creemos. Y, Él está con nosotros…

Tendremos, siempre, que trabajar nuestra parte. Con las aguas de arriba, la lluvia de bendiciones, no alcanzará. Hace un par de semanas, comenzamos a transitar un nuevo año. Nuevas Oportunidades … es tiempo de hacer y volver a encontrar el sentido del camino, la misión, el objetivo de aquello que se transforme en transcendencia dejando un legado que hable de nuestra esencia.

Confío en que un nuevo pacto es posible, aunque a veces, muchas, la realidad me muestre su peor cara. Si podemos anclarnos a tierra, a la que es Promesa para cada uno de nosotros y, juntos mirar al cielo, tal vez podamos descubrir en los colores del Arco Iris que todavía tenemos un mar de oportunidades.

Prasha Noaj es un cúmulo de metáforas que nos interpela hoy, en una tierra plagada de enfrentamientos y desencuentros de todo tipo. La Historia de la humanidad no ha sido una línea recta, sino un ciclo constante de reinicios. Gran parte de las crisis colectivas ocurren por no respetar los Pactos, generando rupturas en la ética establecida, socavando finalmente el respeto y la comprensión entre los seres humanos. El colapso del Diluvio y la fractura de Babel nos enseñan que ni el aislamiento ni la soberbia pueden sostener a una sociedad a largo plazo.

La verdadera evolución humana no se mide por la altura de nuestras infraestructuras, sino por la profundidad de nuestras conexiones y la capacidad de hacernos cargo del bienestar común. Nuestro mayor desafío es aprender a construir arcas colectivas, que incluyan, sobre todo, espacios comunitarios de consenso para potenciarnos, en lugar de torres individuales insistiendo en asaltar el cielo con ladrillos de autosuficiencia y soberbia….

Shabat Shalom Umeboraj
Sandra Leb Epstein