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Parasha Truma

Hay parashiot donde la Torá nos cuenta una historia. Y hay parashot donde la Torá… nos arma un plano

Esta es una de esas semanas donde, si uno está distraído, puede pensar: “¿Otra vez medidas? ¿Otra vez materiales?”. Oro, madera de acacia, cortinas, anillos, rampas (Shemot 25–27). Casi dan ganas de decir: “Moshe, confiamos en vos, no hace falta tanto detalle”.

Pero la Torá no escribe por metro cuadrado. Si detalla, es porque quiere enseñar algo. El Rambán dice que el Mishkán es la continuidad del Sinaí en versión cotidiana (Rambán a Shemot 25:1). En el Sinaí hubo fuego, truenos, revelación. Pero eso no puede vivir solo del impacto. Necesita estructura para quedarse.

El judaísmo no se sostiene sobre momentos místicos aislados, sino sobre marcos que transforman la emoción en vida diaria. La revelación sin estructura se evapora. La estructura sin espíritu se vacía. Entonces, ¿qué representa el Mishkán?

En el centro está el Arón con las Lujot (Shemot 25:16). En el corazón hay palabras. Hay valores. Hay Torá. Eso ya es un mensaje fuerte: lo que sostiene todo no es lo que brilla, es lo que orienta. Después está la Menorá (Shemot 27:20). Rashi explica que su luz no es para que Dios vea, sino para simbolizar sabiduría. Luz es claridad. Y sin claridad, uno puede tener mucha energía… pero no dirección.

La mesa con el Lejem HaPanim (Shemot 25:30) representa el sustento. El pan está ahí toda la semana. El judaísmo no huye del mundo material. Lo ordena. Lo integra. Lo pone en su lugar. El altar del incienso (Shemot 30:7–8) habla de lo invisible. El aroma no se ve, pero transforma el ambiente. Hay cosas que no hacen ruido, pero cambian el clima entero.

Y el gran altar exterior (Shemot 27:1–8) es acción. Allí algo se ofrece, se transforma. No alcanza con tener valores lindos en el Arón si no bajan al patio de la vida.

Ahora, vayamos esto a nuestro hoy: vivimos en una época donde todo es fachada y poco es centro. Mucha exposición, poca estructura. Mucho discurso, poca coherencia. Cuando una persona no tiene un “centro” claro, vive fragmentada. Mucha emoción, poca dirección. Mucha reacción, poca conciencia. Una sociedad sana necesita marcos que traduzcan ideales en prácticas concretas.

El Mishkán no es nostalgia arquitectónica. Es un modelo de vida.

Primero, un centro claro: ¿cuáles son mis Lujot? ¿Qué valores realmente me orientan? Después, luz: ¿mi mirada está iluminada por sabiduría o por impulsos? Luego, lo material: ¿el pan es medio o es fin? Interioridad: ¿hay algo en mí que no se muestra pero sostiene todo? Y finalmente, acción: ¿lo que creo se traduce en lo que hago?

Espiritualidad no es flotar. Es ordenar. En un mundo acelerado, el Mishkán nos recuerda algo simple y profundo: sin estructura, la emoción se pierde; sin valores en el centro, todo lo demás se desordena.

Tal vez la pregunta de esta semana no sea cómo era el Mishkán hace miles de años. Tal vez sea esta: ¿Mi vida tiene un centro tan claro como el suyo? ¿O estoy construyendo hacia afuera sin haber definido qué guardo adentro?

¡Shabat Shalom!
Wally Liebhaber

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