Hay un detalle de calendario que vale la pena explicar antes de entrar en el texto en sí. Cada Shabat, después de leer la porción semanal de la Torá, se lee también un fragmento de los libros de los Profetas, elegido porque dialoga con esa parashá o con el momento del año. A eso se lo llama haftará. Y el Shabat que sigue a Tishá beAv (el día en que se recuerda la destrucción de ambos Templos de Jerusalem, con ayuno y duelo) tiene un nombre propio: Shabat Najamu, el Shabat de la consolación. El nombre sale de las primeras dos palabras de esta haftará, tomada del profeta Isaías: “najamu, najamu amí” consolaos, consolaos, pueblo mío (Isaías 40:1).
Lo primero que llama la atención, si uno se detiene a pensarlo, es el timing. El pueblo judío acaba de atravesar su jornada de duelo más intensa del año: sentados en el piso, sin cuero en los pies, ayunando, leyendo Ejá (el Libro de las Lamentaciones) con una melodía que a cualquiera le deja un nudo en la garganta. Y el Shabat inmediatamente siguiente, sin escalas ni tiempos de gracia, el texto profético arranca gritando que hay que consolarse. No una semana después de haber procesado el duelo con calma. La semana siguiente, nomás. Es como si la tradición dijera: lloraste lo que tenías que llorar, y ahora hay que empezar a mirar para adelante.
El profeta le habla, en nombre de Dios, a la ciudad de Jerusalem, personificada como si fuera una mujer que atravesó un castigo largo. Y usa una expresión preciosa: “dabru al lev Ierushalaim” hablen al corazón de Jerusalem (40:2). No dice “hablen de ella”, como quien comenta una situación desde afuera. Dice “hablen a su corazón”. Cualquiera que alguna vez intentó consolar de verdad a alguien que está atravesando un momento duro sabe que hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. Hablar de la persona es diagnosticarla desde afuera, con cierta distancia prolija. Hablar a su corazón es otra cosa: es sentarse exactamente en el lugar donde le duele, sin apurar el proceso ni taparlo con un “bueno, ya vas a estar bien”. Y ahí, seamos honestos, casi todos fallamos alguna vez como consoladores: llegamos con la solución antes de que el otro haya terminado siquiera de contar el problema.
Lo que sigue en el texto es todavía más interesante, porque no le ahorra nada a Jerusalem antes de consolarla. Isaías dice que ella “recibió de la mano de Dios el doble por todos sus pecados” (40:2). El doble. No hay atajo: no hay un “total, ya fue, no importa”. Los comentaristas clásicos, entre ellos Rashí, se detienen justamente en esa repetición inicial “najamu, najamu”, dicho dos veces y no una, y una de las lecturas más difundidas explica que si el castigo fue doble, el consuelo también debe serlo. No alcanza con una palmada en la espalda dicha una sola vez. Consolar en serio, decimos hoy con otro vocabulario, casi nunca es un hecho puntual. Es algo que se repite: volver a preguntar, volver a llamar, volver a acordarse, mucho después de que el resto del mundo ya cambió de tema.
Más adelante aparece una de las imágenes más citadas de toda la profecía: “todo valle será alzado, todo monte y colina rebajados” (40:4), hasta que quede un llano parejo donde pueda revelarse la presencia divina ante todos por igual. Es una imagen de nivelación completa. Y no deja de tener algo de verdad universal: cuando a una persona le toca algo grande (una enfermedad, un nacimiento, una pérdida importante) de golpe muchas de las jerarquías que sostenía con tanto esfuerzo durante años pesan bastante menos. El profeta, unos versículos después, con una ironía muy fina, se burla de quienes se fabrican ídolos de plata y madera bien firmes “para que no se tambaleen” (40:20). Uno podría preguntarse por qué alguien necesitaría un dios que no se cae. Tal vez porque tememos que si eso se cae, se caiga también todo lo demás que construimos alrededor.
Y frente a esa fragilidad, el capítulo cierra con la imagen más tierna de las tres: “como pastor apacentará su rebaño, con su brazo juntará a los corderos, los llevará en su seno, y guiará con cuidado a las que amamantan” (40:11). No es un pastor que apura a todo el rebaño al mismo paso. Carga en brazos a los que están cansados. Guía más despacio a los que llevan algo pesado dentro. Ese es, quizás, el modelo de consuelo que propone esta haftará: uno que no exige que nadie se recomponga rápido para no incomodar al resto.
No sabría decir si esta semana a cada uno le toca ser Jerusalem (la que necesita que le hablen al corazón) o le toca ser quien tiene que hablarle a otro. Probablemente, como casi siempre, un poco de las dos cosas. Lo único que me permito sugerir, sin ánimo de dar instrucciones, es que la próxima vez que alguien cercano esté atravesando algo difícil, antes de ofrecerle una solución, valga la pena preguntarle primero dónde le duele.
Shabat Shalom.
Wally Liebhaber
