Más que la suma de las partes
Comentario a Hoshea (Oseas) 2, 1-22
Una vez más nos reencontramos para comenzar la lectura de Números, el cuarto Libro de la Torá. El nombre en hebreo es Bamidbar y significa “en el desierto”, título que resulta más que apropiado para el libro que narra gran parte de los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto.
Para la lectura de la haftará de esta semana leemos el capítulo segundo del libro de Oseas, profeta que vivió en la época posterior a la muerte del Rey Salomón y la separación de los reinos de Judá y de Israel, entre los años 750 y 730 AEC. Profetizó tanto en los reinos del norte como del sur, en un tiempo en el que el Pueblo sufre el alejamiento de sus principios éticos y religiosos.
A primera vista, parece existir una relación inversa entre la parashá y la haftará. Mientras que la parashá describe un censo de los hijos de Israel, la haftara comienza con la declaración: “Sin embargo, el número de los hijos de Israel será como la arena del mar que no puede ser medida ni contada…” (Oseas 2,1)
Esto podría ser una expresión de una situación cambiante. Por una parte, el Libro de Números describe un Pueblo nómade durante su travesía, y era necesario contarlos, siendo el censo una preparación para la conquista de la tierra.
La profecía de Oseas, en cambio, describe el estado de ese mismo Pueblo tras el asentamiento en la tierra, cuando ya no había necesidad (ni quizás posibilidad) de contarlos. La paradoja es que los Sabios en el Talmud aprendieron de este versículo que está prohibido contar judíos incluso para una mitzvá, por ejemplo para saber si hay diez mayores de edad de bar mitzva para el minian.
Pero, ¿por qué no podemos contarnos o al menos enumerarnos? ¿Acaso Oseas no advirtió que no somos, ni lo fuimos en su época ni en ningún otro momento de la historia judía, tan numerosos como la arena del mar?
Rabí Meir Simja Hacohen de Dvinsk (1843-1926) en su libro “Méshej Jojmá”, explica que cuando los hijos de Israel están unidos unos con otros, ellos se asemejan a la arena del mar: aunque está compuesta por diminutas partículas minerales, son elementos diferentes, únicos en su belleza y complejidad; pero cuando se unen pueden formar una roca compacta.
Por eso, parafraseando al profeta: los hijos de Israel serán como la arena del mar, sólo cuando son contados en conjunto. Así, aunque sean pequeños como granos de arena, cuando están unidos pueden incluso enfrentar la fuerza del mar.
Y justamente, separar a los individuos para contarlos es lo que está prohibido, tal como exhorta el profeta Oseas al decir que la descendencia de Israel “no será medida ni contada”.
La reticencia a contar personas, incluso cuando hay buenas razones para hacerlo, quizás se deba a la idea de que es demasiado fácil convertir a los seres humanos en estadísticas. En la historia reciente, los nazis intentaron deshumanizar a los judíos convirtiéndolos en números. Como señala Najmanides, una de las características del censo en la Parashá Bamidbar es que cada persona es contada por su nombre, y reconocida como un individuo con valor intrínseco.
Nuestra mayor fortaleza es cuando nos sabemos parte de un todo: somos más que la suma de las partes. Pero, así como un rollo de la Torá se invalida por la falta de una sola letra, así también deberíamos sentirnos cuando un solo judío se desvincula de nuestras instituciones, o cuando una familia se aleja del minian o deja de participar de las actividades comunitarias. Cada ausencia debería preocuparnos, porque nos transforma en una familia incompleta.
Si realmente “Kol Israel Arevim Ze LaZe” (“Todo Israel es garante el uno del otro”), esta máxima implica un nivel de responsabilidad colectiva, solidaridad e interconexión entre todos los judíos, que hoy debería ser uno de nuestros pilares en nuestras instituciones, sea cual fuere.
El remedio ante el desinterés es reconocer que uno no tiene valor sin un Otro.
Por eso, la prohibición de contar directamente a los israelitas es también un alerta ante la indiferencia, que nos advierte que no debemos olvidar los rostros, los nombres y las historias que se atesoran detrás de cada persona.
Sí, no se debe contar a los judíos, ¡pero cada judío cuenta!
¡Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch
