
Moisés está en lo alto del Sinaí, hablando con Dios, tallando en piedra lo que sería algo así como la Constitución Espiritual del Pueblo de Israel. Abajo, la gente empieza a ponerse nerviosa. Moisés tardaba en bajar, y la incertidumbre pesa. ¿Se habrá ido? ¿Nos dejó tirados? Y cuando la ansiedad pega fuerte, se toman las peores decisiones.
“Che, Aarón, armate un dios de oro, así tenemos algo en qué creer.”
Y Aarón, que en teoría tenía que calmar las aguas, no solo no se opone, sino que colabora con el delirio. Derriten oro, moldean un becerro y se mandan una fiesta. Lo absurdo es que hasta le dan crédito por la liberación de Egipto: “Este es nuestro dios, el que nos sacó de la esclavitud”. Como si de golpe se hubieran olvidado de todo.
Arriba, en la montaña, Dios ve el descontrol y explota: “Se corrompieron, hicieron un ídolo, los voy a borrar del mapa.”
Y ahí aparece Moisés, con la cabeza fría y una lección sobre liderazgo. Porque liderar no es solo mandar, es saber qué decir en el momento justo. Y Moisés le responde a Dios con un argumento que mezcla lógica y emoción:
“Si los destruís ahora, los egipcios van a decir que los sacaste solo para matarlos en el desierto. Además, ¿qué pasa con la promesa que le hiciste a Abraham, Isaac y Jacob?”
Y en un giro inesperado, Dios escucha. Baja un cambio. No destruye al pueblo.
Pero cuando Moisés baja y ve el desastre… se le va toda la paciencia. Rompe las tablas contra el suelo, quema el becerro, lo tritura, lo mezcla con agua y se lo hace tomar al pueblo. Es un gesto brutal, pero dice mucho: “¿Querían un dios de oro? Bueno, ahora lo digieren.”
Después viene la parte difícil. Reconstruir. Restaurar la confianza. Dios ya le avisó a Moisés que no va a acompañarlos en el viaje porque “son un pueblo de dura cerviz”, o sea, tercos como una mula. Pero Moisés no se rinde. Se planta en la Tienda del Encuentro, insiste, negocia, lidera el caos hasta que logra un nuevo pacto. Vuelve a subir, esta vez tallando él mismo las tablas, y cuando baja, su rostro brilla. No porque ahora sea un superhéroe, sino porque la experiencia lo transformó.
Y ahí está la clave.
Liderar no es solo mandar, es sostenerse en el desorden, no perderse en la ansiedad del momento. El pueblo, como nosotros, quería certezas. Moisés entendió que el camino es más largo, que la paciencia y la claridad pesan más que el impulso del miedo.
¿Cuántas veces en la vida nos pasa lo mismo?
Nos cuesta la espera, necesitamos seguridad YA y, en ese apuro, terminamos haciendo cualquier cosa, adorando cualquier becerro que nos saque del desconcierto.
¿Y cuántas veces nos pasa como a Moisés?
Nos contenemos, negociamos, buscamos calma… hasta que en el momento menos pensado, perdemos la paciencia y rompemos todo.
Pero el mensaje más fuerte de esta parashá es el final. Moisés baja distinto. Porque liderar, ya sea un equipo, una familia o simplemente nuestra propia vida, es aprender a sostener la incertidumbre, a no actuar por miedo y a no abandonar cuando todo parece perdido. Es aceptar que los cambios llevan tiempo, pero cuando llegan, te transforman.
La pregunta no es solo qué hacemos cuando nos agarra la ansiedad, sino cómo elegimos salir de ella. ¿Construimos con paciencia o corremos a fabricar el próximo becerro de oro?
Wally Liebhaber