Parasha Nitzavim-Vaielej

“Aprendiendo a conjugamos en plural”,
por Seba Cabrera Koch.

Nitzavim-Vaielej.
Comentario a Deuteronomio 29:9–30:20, 31:1–30

Un maravilloso maise atribuido al Rabino Yaakov Wolf Krantz (1741-1804), mas conocido como el Maguid de Dubno, cuenta sobre una comunidad judía en el este de Europa, que siempre se quedaba sin vino en Purim. Los ancianos instruyeron que podrían tener suficiente vino para todos para el próximo Purim si ponían un gran barril en el patio de la sinagoga, y cada adulto, una vez por semana, vertía una pequeña copa de vino en él.

Sucedió que al cabo de unas semanas, alguien pensó para sí mismo: “Nadie puede ver lo que estoy poniendo en el barril, y con todo ese vino, no se darán cuenta si de vez en cuando hecho una copa de agua en vez de vino”. Y así, lo hizo durante meses.

Cuando por fin llegó Purim, la comunidad descubrió, para su horror y vergüenza, ¡que el barril estaba lleno de agua!, no porque el agua de esa persona transformó mágicamente todo el vino, sino porque todos resultaron haber tenido la misma idea.

Esta semana, las parashiot Nitzavim y Vaeilej, los comentarios a un enigmático versículo nos permiten reflexionar una vez más acerca de nuestro rol en relación a la comunidad, la sociedad, el mundo que nos rodea.

El pasuk que aparece en Deuteronomio capítulo 29, versículo 19, dice “El Eterno jamás perdonará (a tales personas)”, y continúa: “y hará caer sobre él toda la maldición que está escrita en este Libro”. Estas palabras parecen ser la respuesta a una ofensa imperdonable, un pecado gravísimo. Si nos detenemos un segundo, con seriedad ¿de verdad podemos leer literalmente esto? No, ¿no? Entonces, ¿qué significa?

Los comentaristas medievales de la Torá analizaron este pasaje con profundidad. El pasaje se refiere al establecimiento del pacto entre D-s y todo el pueblo de Israel. Justo antes de nuestra frase, el texto dice: “Quizás haya entre vosotros algún hombre o mujer… cuyo corazón se esté apartando del Eterno nuestro D-s para ir a adorar a los dioses de esas naciones… Cuando un hombre escuche las palabras de esta maldición, se bendiga a sí mismo en su corazón (puede creerse inmune), pensando: “Estaré a salvo, aunque siga mi propia voluntad”… El Eterno jamás perdonará a tales personas…” (Deuteronomio 29:17-19).

Abraham ibn Ezra (1089–1167) advierte sobre este pensamiento peligrosamente erróneo: “Estaré bien, pues sobreviviré gracias al mérito de los justos, ya que son muchos y yo solo soy un individuo que peca”. En la misma línea, otro comentarista, Shlomo Ephraim Luntschitz de Praga (1550–1619) ratifica: “Dado que el mundo se juzga según la mayoría, el mérito de los justos me favorecerá, y D-s me perdonará por ellos”. En otras palabras, para ellos el pecado imperdonable consiste en eludir mi responsabilidad al suponer que hay suficientes personas buenas para que la justicia prevalezca sin mí.

En cierto modo, bajo una mirada contemporánea y salvando las diferencias, podrían estar poniendo la lupa en aquellos que se desentienden de la vida comunitaria: “yo ya aporté un montón de años a la kehila”, “hace un tiempo que no voy, no estoy de acuerdo con la actual dirigencia”, “ya di tzedaká, pidanle a los demás”, “¿el domingo al cementerio? no no, además seguro que habrá minian”, “hay otros que se encargarán de ello”, “¿Quién va a notar mi ausencia? ¿acaso estoy dañando a alguien?”

Este pasaje nos dice que D-s se dará cuenta, y no perdonará a esta persona. ¿Por qué? Primero, porque la tradición judía nos enseña que una sola persona puede marcar la diferencia, cada individuo es fundamental aunque quizás en el dia a dia no lo dimensiona completamente: imaginen que esta persona podría ser una violinista en una orquesta sinfónica que piensa que no necesita practicar más porque los demás son músicos excepcionales, un remero convencido de que no necesita entrenar tan duro porque los demás atletas del equipo son excelentes, el trabajador que

solo le toca ajustar una pieza en una larga cadena de montaje, el voluntario que deja de participar porque cree que es prescindible… El esfuerzo de una persona ayuda a sostener y multiplicar los esfuerzos de muchos.

Y segundo, porque si este individuo se convence de que siempre habrá más que suficientes que harán lo correcto, todos los demás tendrían derecho a sacar la misma conclusión, como nuestros amigos del maise…

Estamos transitando días en los que nos preparamos para los iamim noraim, siendo parte de una congregación, una comunidad, un pueblo. Enseña Yehuda Haleví en El Kuzari, que “los intereses de los individuos pueden estar en conflicto entre sí, razón por la cual rezamos en comunidad buscando el bien de todos”.

Nos conjugamos en plural, pero nuestra individualidad no se diluye en el conjunto.

Nadie puede sustituirnos y desarrollar nuestro potencial por nosotros: un día habrá un llamado, una misión, una pregunta, que nos movilizará, llenándonos de significado. Y no hablo de algo grandioso como salvar el mundo. A veces solo alcanza con aportar una pequeña parte de uno, para que podamos beneficiarnos todos.

El cambio, amigos, empieza por ahí.

Shabat Shalom veShana tova umetuka!
Sebastián Cabrera Koch

Haftara Nitzavim-Vaielej

El nombre que todavía podemos estrenar

Esta Haftará empieza hablando de ropa. El profeta Ieshaiahu dice: “Dios me vistió con ropas de salvación y me cubrió con un manto de justicia” (Ieshaiahu 61:10)

Y uno podría preguntarse: ¿qué tiene que ver la ropa con la salvación? Probablemente, bastante.

Porque todos salimos al mundo vestidos. No solamente con lo que encontramos limpio esa mañana o con ese saco que usamos cuando queremos que los demás crean que tenemos la vida más o menos ordenada.

También nos vestimos con historias.

Con lo que nos dijeron que éramos.
Con el lugar que ocupamos en nuestra familia.
Con nuestros logros, nuestros errores y las expectativas de los demás.

Y hay prendas que llevamos durante tantos años que terminamos creyendo que son nuestra piel.

“Yo soy así.”
“Esto no es para mí.”
“Siempre me pasa lo mismo.”
“A esta altura ya no voy a cambiar.”

Frases que parecen describirnos, pero que muchas veces terminan condenándonos.

Porque no es lo mismo decir “me equivoqué” que decir “soy un fracaso”. No es lo mismo haber sido abandonado que vivir para siempre bajo el nombre de “abandonado”.

Hay dolores que nos pasan. El problema empieza cuando les damos permiso para definirnos.

Y entonces Ieshaiahu anuncia: “Ya no te llamarán abandonada” (Ieshayahu 62:4)

Y agrega: “Serás llamada con un nombre nuevo” (Ieshaiahu 62:2)

Al parecer la redención empieza cuando dejamos de llamar identidad a una herida.

Dios no niega nuestro pasado. No nos propone hacer de cuenta que nada pasó, barrerlo debajo de la alfombra e invitar gente a casa como si ahí abajo no hubiera un pequeño quilombo emocional.

El judaísmo no nos pide negar lo vivido. Nos pide que no quedemos presos de eso.

Nuestro pasado puede explicar mucho de lo que somos, pero no tiene por qué decidir quiénes vamos a ser.

Después, el profeta cambia de imagen: “Como la tierra hace brotar sus plantas y como el jardín hace crecer sus semillas, así Dios hará brotar la justicia y la alabanza” (Ieshaiahu 61:11)

Una semilla es una cosa bastante rara. Es chiquita, la entierran, la tapan con tierra y la dejan en la oscuridad. Si uno no conociera el proceso, pensaría que no la están sembrando: la están castigando.

Sin embargo, debajo de la tierra algo está pasando.

A nosotros también nos toca atravesar momentos en los que aparentemente no pasa nada, pero por dentro algo empieza a moverse.

Una conversación nos queda dando vueltas.
Una pérdida nos obliga a revisar prioridades.
Un límite empieza a enseñarnos a cuidarnos.
Un pedido de perdón abre una puerta.

No todo crecimiento se ve. No toda transformación hace ruido. A veces, el cambio más importante empieza el día en que dejamos de repetir la misma respuesta de siempre.

Pero la Haftará tampoco nos deja esperando de brazos cruzados: “Por amor a Tzión no callaré y por amor a Jerusalem no descansaré” (Ieshaiahu 62:1)

La esperanza judía nunca fue decir: “Quedate tranquilo, todo va a estar bien”, y esperar que alguien más se haga cargo”

La esperanza judía es una responsabilidad. Es creer que el mundo puede ser distinto y, justamente por eso, entender que nosotros tenemos algo para hacer.

Por eso el profeta ordena: “Preparen el camino, quiten las piedras” (Ieshayahu 62:10)

No dice: “Esperen sentados, que Dios se ocupa de la obra”.

Dice: saquen ustedes las piedras.

Porque Dios puede mostrarnos un camino, pero somos nosotros quienes tenemos que hacerlo transitable.

¿Y cuáles son esas piedras?

Un prejuicio.
Un enojo que seguimos alimentando.
Una conversación que venimos pateando.
Una indiferencia que disfrazamos de falta de tiempo.
O esa capacidad tan humana de detectar, con una precisión impresionante, todo lo que los demás deberían cambiar.

El judaísmo es una protesta contra la idea de que el mundo tiene que quedarse como está. No podemos resolverlo todo, pero tampoco podemos usar eso como excusa para no hacer nada.

Estamos transitando Elul. Un tiempo para mirar el año que pasó y preguntarnos:

¿Qué nombre estuve llevando?
¿Qué historia sigo contando sobre mí?
¿Qué ropa ya no me representa?
¿Qué piedra puedo sacar del camino de alguien más?

Hacia el final, la Haftará nos regala una imagen profundamente tierna: “En todas sus angustias, Él estuvo angustiado… Con amor y compasión los redimió; los alzó y los sostuvo” (Ieshaiahu 63:9)

Dios no mira nuestro dolor desde una platea preferencial. No nos grita desde lejos: “Dale, vos podés”.

Dios se conmueve. Se acerca. Nos banca. Carga con nosotros.

Y quizás ésa sea también nuestra tarea: parecernos un poco más a ese Dios.

Estar presentes.
Ayudar a cargar.
No abandonar.
Y recordarle al otro que su dolor no es su nombre definitivo.

Una comunidad no es solamente un grupo de personas que se junta. Es un espacio en el que alguien puede llegar sintiéndose invisible y volver a sentirse mirado. Entrar creyéndose solo y descubrirse acompañado.

Que en este Elul podamos sacarnos las etiquetas que ya no nos dejan crecer. Que podamos vestirnos con un poco más de justicia, sensibilidad y esperanza.

Y que, cuando alguien se sienta “abandonado”, encuentre en nosotros una comunidad capaz de llamarlo por un nombre nuevo:

Buscado.
Querido.
Necesario.
Parte.

Porque quizás la redención no siempre empiece con un milagro.

A veces empieza cuando alguien nos mira con amor, nos llama por nuestro verdadero nombre y nos recuerda que nuestra historia todavía no terminó.

Shabat Shalom,
Wally Liebhaber

Adar Amijai presentó la experiencia del voluntariado del Programa Contá Conmigo en el XXII Congreso Argentino de Gerontología y Geriatría

Nos llena de orgullo compartir que Laura Slafer, coordinadora de ADAR, el Área de Personas Mayores de nuestra Comunidad, y Rosa Chagel, voluntaria del Programa Contá Conmigo, presentaron el trabajo “La resignificación de la soledad en la vejez: el voluntariado como red de apoyo en el Programa Contá Conmigo” en el XXII Congreso Argentino de Gerontología y Geriatría en Mar del Plata.

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Parasha Ki Tavo

Parashat Ki Tavó
פרשת ‘כי תבוא’

La parashá de esta semana presenta una serie de bendiciones y maldiciones que el pueblo de Israel debe aceptar al entrar en la Tierra Prometida. Seis de las tribus se ubican en el monte Grizím y seis de las tribus se ubican en el monte Eivál, mientras los levitas permanecen en el valle y proclaman las bendiciones y las maldiciones. Frente a cada una, el pueblo responde: “Amén”.

Esta alianza representa una nueva etapa en la relación entre D’s y el pueblo de Israel. Ya no se trata solamente de un momento extraordinario, como la revelación en el Monte Sinaí, sino de una relación que debe manifestarse en la vida cotidiana. La presencia de D’s se encuentra también en la manera en que las personas construyen su sociedad: en la justicia, la paz, la responsabilidad, la solidaridad y el respeto por los demás.

Entre las distintas prohibiciones que aparecen en la parashá, hay dos que se relacionan especialmente con la justicia social. Una de ellas dice: “Maldecido sea quien extravía a un ciego en el camino”. Los Sabios entendieron que esta enseñanza no se refiere únicamente a una persona que no puede ver, sino también a quien carece de conocimientos o experiencia en determinado tema y, por eso, puede ser fácilmente engañado.

La segunda prohibición establece: “Maldecido sea quien tuerce la justicia debida al extranjero, al huérfano y a la viuda”. Se trata de una advertencia contra el abuso hacia quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.

Lo que la Torá nos enseña en esta parashá es que la bendición o maldición de una sociedad depende, en gran medida, de la manera en que tratamos a nuestro prójimo, y en especial a quienes tienen menos posibilidades de hacerse escuchar.

Construir una sociedad mas justa es una responsabilidad de todos.
Shabat shalom!

Debi Fridman

Haftara Ki Tavo

Levantarse aun cuando no tengas fuerzas

¿Alguna vez sentiste que ya no tenías fuerzas para levantarte y sin embargo, de algún modo, lo hiciste?

Esta semana leemos Ki Tavó, que significa “cuando entres”, y su Haftará, tomada del profeta Isaías, comienza con unas palabras que parecen hablarnos directamente: “…Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz…” Isaías 60:1

Hay momentos en la vida en los que levantarse parece sencillo. Pero hay otros en los que levantarse cuesta mucho.
Cuando algo nos duele, cuando una pérdida nos deja vacíos, cuando una decepción nos golpea, cuando las cosas no salieron como esperábamos o simplemente cuando estamos cansados de luchar, puede llegar un momento en que sentimos que ya no tenemos fuerzas.
Y justamente entonces Isaías dice: “Levántate”.
No dice que olvides lo que pasó, que no llores o que no tengas miedo. Simplemente dice: “Levántate”.

Esta es la sexta de las Siete Haftarot de Consolación que nos acompañan desde después de Tishá BeAv hasta Rosh Hashaná. Comenzamos ese camino recordando destrucción, dolor y pérdida y poco a poco las palabras de los profetas nos van llevando hacia otro lugar.
De la oscuridad hacia la luz.

Quizás no sea casual que, cuando ya estamos acercándonos a Rosh Hashaná, aparezca esta imagen.

Porque un nuevo año no significa que todo lo que vivimos desaparezca.
Llegamos a él con nuestra historia, con nuestros aciertos y nuestros errores, con las personas que están y con las que ya no, con sueños cumplidos y también con aquellos que quedaron en el camino.
Pero por fin llegamos.

Y a veces llegar ya significa habernos levantado muchas más veces de las que recordamos.

Tal vez por eso Isaías no espera que primero tengamos fuerzas para decirnos que nos levantemos. Nos invita a hacerlo aún desde nuestra fragilidad.
Porque quizás la fuerza no siempre aparece antes de levantarnos.
Quizás algunas veces la encontramos después de haber dado el primer paso.

Todos conocemos alguna oscuridad.
Cada uno la suya. Y cuando estamos dentro de ella puede parecernos que nunca va a terminar. Sin embargo, esta Haftará nos recuerda que ninguna noche permanece para siempre. Nada es eterno. La luz puede volver.

Tal vez sea diferente de la que imaginábamos o llegue más tarde de lo que hubiéramos querido. Pero siempre aparece.

Estamos cerca de Rosh Hashaná, un tiempo que vuelve a ofrecernos la posibilidad de mirar nuestra vida y preguntarnos qué queremos cambiar, qué necesitamos dejar atrás y hacia dónde queremos caminar.

Quizás no necesitemos tener todas las respuestas; tampoco necesitemos sentirnos fuertes.

A veces alcanza con animarnos a levantarnos una vez más.

Y quién sabe… Tal vez esa pequeña luz que empezamos a ver sea simplemente el comienzo de una nueva etapa. Shabat Shalom.

Susy Lapilover
Am Israel Jai

Parasha Ki Tetze

Hay momentos en la vida para los que uno se prepara durante mucho tiempo. Los imagina, los espera, hace cuentas, piensa cuánto falta.

Y es raro, porque cuando finalmente llegan, uno descubre que aquello que parecía una llegada era, en realidad, una salida.

Terminás algo y empieza otra cosa. Te recibís y ahora tenés que ejercer. Dejás un lugar conocido y aparece otro que todavía no sabés bien cómo va a ser. Crecés y, junto con algunas alegrías, empiezan a aparecer también nuevas responsabilidades.

Ki Tetzé , “cuando salgas”. No cuando llegues.

Como si la Torá nos dijera, está muy bien todo lo que aprendiste, todo lo que estudiaste, todo lo que construiste hasta acá. Pero ahora viene la pregunta más difícil:

¿Qué vas a hacer con todo eso cuando salgas?

Porque afuera aparece la vida real.

Y todos tenemos momentos de Ki Tetzé. Momentos en los que algo que esperamos durante mucho tiempo finalmente llega y, de golpe, entendemos que no era el final.

Era el comienzo de otra cosa.

Quizás por eso la pregunta no sea solamente a dónde queremos llegar, sino:

¿Quiénes vamos a ser cuando nos toque salir?

Shabat Shalom
Sem. Mati Bomse

Haftara Ki Tetze

“El mensaje de Identidad y esperanza”, por Seba Cabrera Koch.

HAFTARÁ SHLAJ LEJÁ – Comentario a Yeshaiahu / Isaias 54, 1–10

El profeta Yeshaiau, Isaias, es conocido como el mayor proveedor de Haftarot en el Tanaj. Cerca de un tercio de todas las Haftarot (las porciones de los profetas que leemos en Shabat, tras la lectura de la Parashá de la semana) fueron tomadas del libro de Yeshaiahu.

Enseñan nuestros Sabios que Yeshaiahu tuvo el mérito de establecerse como el profeta del consuelo: “Quien ve (el libro de) Yeshaiahu en un sueño, esperará consuelo” (Talmud Babli, tratado Berajot 57b). Los Sabios explicaron que él tuvo este mérito porque se ofreció voluntario para su misión profética diciendo “Aquí estoy yo, envíame a mí” (Isaías 6:8), mientras que los otros profetas retrocedieron ante la pesada carga y no estaban ansiosos por asumirla.

A lo largo del tiempo y el espacio, los judíos hemos ideado y encontrado rituales para marcar los periodos y momentos importantes de nuestras vidas, permitiéndonos encontrar lo sagrado en cada instante que nos habita. Al reflexionar en este mes de Elul, en camino hacia los iamim noraim, nos atraviesan rituales y prácticas, en una memoria colectiva sigue influyéndonos como Pueblo.

Según el historiador Yosef Yerushalmi (1932-2009), la fuerza de la memoria colectiva judía se debe a que reforzamos la memoria a través del ritual: el ritual es justamente la forma en que conservamos y revivimos la memoria colectiva de nuestra familia, la cercana y la extensa, adoptamos textos, momentos, sabores y melodías que nos quedan grabadas en la memoria.

“Amigos queridos. Amigos todos”, diría nuestro Rabino y Maestro Alejandro Avruj, “dicen los místicos que cada mañana D-s crea un ángel único y especial detrás de cada una de las pequeñas hierbas del campo, que se acerca y le susurra: “Y ahora… ¡crece!”.

Consolar, para Yeshuaiau, no es contemplar el pasado y aquello que no podemos recuperar; es un acto de construcción de futuro. Así como la pequeña hierba necesita el susurro diario del ángel para desplegar su potencial, nosotros necesitamos del ritual y de la memoria comunitaria para no olvidar quiénes somos ni hacia dónde caminamos.

En estos días de teshuvá, el gran desafío es poder atrevernos a responder “Aquí estoy yo”, como lo hizo Yeshaiahu, y transformarnos en los artifices de nuestra propia historia. Porque así como el profeta fortaleció a nuestros antepasados, seguirá haciéndolo en las generaciones venideras, llevando un mensaje de identidad y esperanza para todo Am Israel.

Shabat Shalom amigos!
Sebastián Cabrera Koch