Haftara Matot-Masei

El camino de regreso, por Seba Cabrera Koch.
Haftará Matot – Masei: Comentario a Irmiahu (Jeremías) 2:4-28, 3:4

Esta semana, en la segunda de las tres haftarot que son leídas entre el 17 de Tamuz y el 9 de Av, encontramos nuevamente duras palabras de reprimenda que el profeta Irmiahu le transmite al pueblo de Israel.

Detengámonos un segundo para imaginar a Irmiahu recorriendo las calles de Ierushalaim, reuniendo al pueblo para recordarles la historia del éxodo de Egipto. Aunque sin duda la historia fuera conocida para quienes lo escuchaban, cuando repite la historia de la redención y les recuerda los milagros en el desierto, los oyentes recordaban al D-s que los sacó de Egipto y comenzaban a sentir claramente el vacío que los rodeaba, y a reconocer la brecha entre su glorioso estado pasado y su situación actual.

Dolía, porque Irmiahu les mostraba que el gran error fue haberse olvidado de quienes eran, de dónde venían. Quizás esta revelación sea la verdadera reprimenda: rememorar al pueblo todo el difícil camino que recorrieron juntos, y cómo resistieron incluso en los momentos más difíciles al apoyarse en D-s.

Sin embargo, parece que el problema radica en que cuando las dificultades cayeron sobre Israel, puede que creyeran que D-s los había abandonado y ya no velaba por ellos. No creyeron en Su abundante misericordia ni en Su capacidad para perdonar y absolver las transgresiones. Olvidaron el lugar que ocupa D-s en la historia del pueblo de Israel. En lugar de esto, establecieron alianzas con otros reinos y prefirieron la adoración de ídolos. Y según esta interpretación, todo lo que les sucedía, no era más que una consecuencia de este hecho.

La haftará nos abraza con un mensaje para los momentos de mayor oscuridad. Es D-s quien repite dos veces en sus palabras la expresión: “Y no dijeron: ¿Dónde está D-s?” (versículos 6, 8).

Rabí Najman de Breslev enseña que cuando una persona se encuentra en una gran crisis y siente un inmenso ocultamiento, debe clamar “¿Dónde está el lugar de Su gloria?”. Este clamor expresa la búsqueda de D-s por parte del hombre. Porque tal vez la cuestión sea que las personas sabemos que D-s existe, pero como no vemos Su manifestación de manera visible, nos perdemos en el ruido diario, en la velocidad que nos impone la rutina.

Abraham Joshua Heschel, en su libro “D-s en busca del hombre”, al hablar de la resistencia a la revelación en nuestro tiempo, plantea que hay quienes piensan que “el hombre era demasiado grande para necesitar la guía divina”; y otros que “el hombre era demasiado pequeño para merecer la guía divina”.

Creo que aunque el hombre pierda el rumbo, D-s siempre toma la iniciativa, revelándose en los milagros cotidianos y llamándonos, esperándonos, para mostrarnos el camino de regreso.

A veces dudo de si creo en Él. Lo admito.
Pero hoy volví a recordar que sin dudas, Él nunca va a dejar de creer en mí.

Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Bibliografía y lecturas recomendadas:

Parasha Matot-Masei

¿Cuándo un viaje deja de ser un traslado y se convierte en un camino?

Las últimas dos parashiot del libro de Bamidbar nos encuentran mirando hacia adelante. El pueblo ya puede divisar la Tierra Prometida. Después de cuarenta años de desierto, el final parece cercano. Y, sin embargo, la Torá decide detenerse.

En Parashat Masei aparece una larga lista de las cuarenta y dos estaciones que recorrió el pueblo desde la salida de Egipto. A simple vista parece un listado técnico de lugares. Pero los sabios preguntan: ¿por qué volver sobre cada una de esas paradas cuando el viaje ya terminó?

Porque la vida no se comprende solamente hacia adelante. También necesita ser mirada hacia atrás.

Cada estación recuerda que el crecimiento nunca fue lineal. Hubo momentos de entusiasmo y momentos de cansancio. Lugares donde el pueblo cantó y lugares donde protestó. Sitios donde encontró agua y otros donde experimentó la sed. Espacios de emuná y espacios de duda. Y, sin embargo, todos esos lugares forman parte del mismo camino.

Muchas veces sentimos que sólo cuentan nuestros logros. Que lo importante es llegar. Pero la Torá nos enseña otra cosa: El Kadosh Baruj Hú no recuerda únicamente el destino; recuerda cada paso.

Quizás por eso la otra parashá, Matot, comienza hablando de la fuerza de la palabra, nuestras promesas y juramentos. Porque nuestros compromisos crean dirección. Lo que decimos acerca de nuestra vida termina moldeando el camino que recorremos.

Una persona que vive sin propósito simplemente se mueve. Una persona que vive fiel a sus valores transforma cada paso, incluso los más difíciles, en parte de su crecimiento.

Al terminar Bamidbar, antes de ingresar a una nueva etapa, la Torá nos invita a hacer nuestro propio Masei: detenernos un instante y recorrer el mapa de nuestra vida. ¿Cuáles fueron las estaciones que más nos enseñaron?

¿Qué desiertos hoy podemos agradecer? ¿Qué experiencias, incluso las dolorosas, nos prepararon para ser quienes somos?

Tal vez descubramos que la Shejiná estuvo presente no sólo en los grandes milagros, sino también en aquellas paradas donde, en ese momento, creíamos que nada estaba ocurriendo. Porque si algo aprendimos es que la santidad no consiste únicamente en llegar a destino, consiste en aprender a reconocer que cada estación del camino tuvo un sentido.

Shabat Shalom
Rab Sarina Vitas

Haftara Pinjas

Todavía estamos a tiempo de escuchar

Esta semana la Parashá es Pinjás, pero la Haftará cambia.
Comenzamos las Tres Semanas, el período que une el 17 de Tamuz con el 9 de Av (Tishá BeAv), días en los que recordamos los acontecimientos que llevaron a la destrucción de los Templos de Jerusalén y al exilio. Por eso dejamos momentáneamente la Haftará habitual y comenzamos a leer las llamadas Haftarot de Advertencia.

La primera que se nos presenta es la del profeta Irmiahu (Jeremías 1:1-2:3).
Vivió hace unos dos mil seiscientos años, en los últimos tiempos del Reino de Judá. Eran años de incertidumbre.
Una época muy oscura. La sociedad se había acostumbrado a la injusticia, las diferencias entre las personas eran cada vez mayores y muchos creían que nada podía sucederles simplemente porque el Templo seguía en pie.

Es entonces cuando D’s llama a un joven que no se siente preparado.
Jeremias responde con la sinceridad de quien conoce sus propias limitaciones: “… Y dije: «¡Ay, Señor Dios! He aquí, no sé hablar porque soy joven…» (Jeremías 1:6).
Pero D’s le enseña que no siempre elige a quienes se sienten fuertes, sino a quienes están dispuestos a asumir una responsabilidad.
Su misión no era anunciar una tragedia. Era intentar evitarla. Tratar de despertar al pueblo hablándole al corazón, antes de que fuera demasiado tarde.
Y, sin embargo, la Haftará termina de una manera que sorprende. Después de las advertencias, D’s recuerda con ternura el comienzo de la relación con Su pueblo: “…Recuerdo el cariño de tu juventud, el amor… cuando me seguías por el desierto…”.
Es la imagen de D’s que, como lo hacen los padres, antes de corregir a un hijo le recuerda cuánto lo ama. Porque las advertencias que nacen del amor no buscan condenar, sino ofrecer la oportunidad de reflexionar, reparar y volver a empezar.

Creo que allí está la enseñanza que más nos interpela.
Muchas veces pensamos que las grandes crisis aparecen de un día para otro. Sin embargo, casi nunca es así. Siempre hay pequeñas señales que nadie quiso ver.
Palabras que dejamos pasar. Injusticias que consideramos normales. Personas que dejaron de ser escuchadas. Y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, aquello que nos parecía sólido, comienza a resquebrajarse.

Hoy también vivimos rodeados de voces. Opiniones, noticias y hasta de discusiones permanentes.
Pero escuchar de verdad es otra cosa, porque no es lo mismo oír que escuchar.

Escuchar implica prestar atención, abrir el corazón y estar dispuestos a dejar que algo nos transforme.

Quizás por eso Jeremias no nos habla solamente del pasado. Nos recuerda que siempre existe un instante antes de que sea demasiado tarde. Un momento en el que todavía podemos pedir perdón, reparar un vínculo, cambiar una actitud, empatizar con el otro o elegir un camino diferente.

Tal vez esa sea la invitación de esta primera Haftará, no esperar a que las ruinas nos enseñen el valor de aquello que todavía podemos cuidar.

Que en este Shabat podamos escuchar esa voz interior que nos inspire a transformar la oscuridad en luz.

Susy Lapilover
Am Israel Jai

Parasha Pinjas

Hay parashiot que se recuerdan por un momento dramático, un celo, un castigo, una plaga que se detiene. Pinjás tiene ese comienzo. Pero si seguimos leyendo, la parashá se abre hacia algo distinto: dos escenas de cierre, casi al final del libro de Bamidbar, que hablan menos de fuego y más de estructura. De cómo un pueblo que está por entrar a su tierra necesita, antes que nada, saber a quién le pertenece esa tierra y quién va a conducirlo hacia ella.

La primera escena es la de las hijas de Tzelofjad. Majlá, Noá, Joglá, Milká y Tirtzá se presentan ante Moshé, ante Elazar, ante los príncipes y ante toda la comunidad, en la entrada del Mishkán, la Tienda de Reunión. Su padre murió en el desierto sin dejar hijos varones, y ahora que la tierra está por repartirse por familias, ellas corren el riesgo de quedar afuera de la herencia, no por haber pecado, sino simplemente por haber nacido mujeres en una estructura pensada para los hijos varones. Su reclamo es corto: “¿Por qué ha de ser eliminado el nombre de nuestro padre de su familia, por no haber tenido hijo? Dennos posesión entre los hermanos de nuestro padre” (Bamidbar 27:4).
Lo notable no es solo lo que piden, sino cómo lo piden. Se presentan juntas, con argumento ordenado, sin resentimiento y sin acusar a nadie de injusticia deliberada. Y Moshé, que ha resuelto solo casi todos los conflictos del pueblo hasta ahora, esta vez no responde de inmediato: lleva el caso ante el Kadosh BarujHu. La Torá registra la respuesta divina sin matices: “Bien hablan las hijas de Tzelofjad” (27:7). No hay una corrección incómoda ni una concesión a medias. Hay razón, lisa y llana, y una ley que a partir de ese momento cambia para todo el pueblo.
Me parece que ahí hay algo que vale la pena señalar: la Torá no presenta este episodio como una excepción compasiva, sino como una corrección estructural. Las hijas de Tzelofjad no piden un favor personal, señalan un vacío legal genuino. Y el sistema, a través de Moshé, que reconoce no tener la respuesta y busca una superior, se muestra capaz de escuchar y modificarse. Eso, en el desierto, después de tantos episodios de queja, castigo y rebeldía, es en sí mismo un logro simbólico: una demanda de justicia que llega en el momento correcto y encuentra un canal legítimo para resolverse.

La segunda escena parece, a primera vista, no tener relación con la primera. Apenas resuelto el asunto de la herencia, Moshé se dirige a Hashem con un pedido propio: que el pueblo no quede “como ovejas sin pastor” (27:17) cuando él ya no esté. Pide un sucesor, no por su propio prestigio, sino por la comunidad que necesita conducción para entrar a la tierra que él mismo no va a pisar. Hashem le indica que ponga su mano sobre Iehoshúa bin Nun, “un hombre en quien hay espíritu” (27:18), y que lo instale frente a Elazar el sacerdote y frente a toda la congregación, transmitiéndole autoridad, aunque, dice el texto, no toda su gloria.
Y ahí está, creo, el hilo que une ambas escenas. La parashá “cierra” el libro de Bamidbar resolviendo dos preguntas sobre continuidad: quién hereda la tierra, y quién conduce al pueblo hacia ella. En los dos casos, lo que se pide y lo que se entrega no es un privilegio personal sino una responsabilidad hacia el futuro. Las hijas de Tzelofjad no piden tierra para enriquecerse, piden que el nombre de su padre no se borre. Iehoshúa no recibe el liderazgo para su propia gloria, lo recibe con la instrucción explícita de que deberá consultar a Elazar, de que no gobernará solo. La autoridad, en ambos casos, viene acompañada de límites y de vínculo comunitario, nunca es un poder aislado.

Quizás la enseñanza más simple, y a la vez más exigente, de esta parashá sea esa: que tanto pedir justicia como recibir liderazgo son actos que se sostienen en la comunidad, no por encima de ella. Las hijas de Tzelofjad se presentan frente a todo el pueblo. Iehoshúa es investido frente a todo el pueblo. Nada de lo que define el futuro de Israel, ni el derecho a la herencia, ni la conducción, sucede en privado. Sucede a la vista de todos, porque a todos les pertenece.

Shabat shalom
Yael Krochmal

Haftara Jukat-Balak

Hay una pregunta que aparece al final de la haftará de esta semana que, en realidad, es una de las grandes preguntas de toda persona de fé.

¿Con qué me presentaré ante Adonai? (Mijá 6:6).

Es una pregunta profundamente humana. ¿Cómo se acerca una persona a Dios?¿Con más rezos? ¿Con más sacrificios? ¿Con más rituales?
El profeta Mijá imagina una respuesta exagerada y dice ¿Habrá que ofrecer miles de carneros? ¿Ríos de aceite?. Y entonces llega una de las respuestas más famosas de todo el Tanaj: “Ya se te dijo, hombre, qué es lo bueno y qué pide Adonai de vos: hacer justicia, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios.” (Mijá 6:8)

Es interesante que el texto no elimina los rituales, tampoco dice que no importan. Lo que dice es que, si todo eso que haces no transforma la manera en que vivís, entonces perdiste de vista lo esencial.

En el segundo principio el texto no dice solamente hacer jesed, dice amar el jesed. Porque hacer el bien puede convertirse en una obligación, uno puede ayudar porque corresponde, porque queda bien o porque siente culpa.
Mijá nos llama a algo mucho más profundo, llegar al punto de disfrutar hacer el bien, de buscar oportunidades para ser generosos, de que la bondad deje de ser una acción ritual aislada y se convierta en parte de nuestra identidad.

Y el tercer principio es quizás el más difícil de todos, caminar humildemente con Dios. No hacer grandes demostraciones de espiritualidad para el afuera, no vivir la fe para ser vistos. Sino caminar con Dios en silencio, en lo cotidiano, en las decisiones que nadie aplaude y que muchas veces nadie ve.

Mijá nos recuerda que una parte esencial de la vida espiritual ocurre justamente donde no hay cámaras, ni aplausos, ni reconocimiento.

Si alguna vez te preguntaste qué espera Dios de vos, la respuesta no parece estar en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir de manera extraordinaria las cosas más simples, actuar con justicia, enamorarnos de la bondad y caminar, cada día, con humildad junto al Kadosh Baruj Hu.

Shabat Shalom
Sem. Mati Bomse

Parasha Jukat-Balak

Empecemos con una pregunta un poco incómoda, de esas que uno preferiría que no le hagan: ¿somos personas que vemos las cosas como son? Casi todos diríamos que sí. Miramos, evaluamos, sacamos conclusiones. Y si alguien nos demuestra que estábamos equivocados, damos el brazo a torcer. Somos gente sensata. Pero pensemos un segundo: ¿cuándo fue la última vez que vimos a alguien cambiar de opinión de verdad, en una sobremesa de domingo, en una charla con un amigo, con alguien con el que discutimos siempre lo mismo desde hace mucho tiempo? Yo tampoco me acuerdo. Y sin embargo todos juramos que miramos el mundo con los ojos bien abiertos.

Esta misma pregunta, que parece de hoy, está en la parashá de esta semana. El rey Balak ve cómo el pueblo de Israel, después de cuarenta años en el desierto, vence a dos imperios poderosos y se acerca a la Tierra Prometida. Y la Torá elige unas palabras curiosas para contarlo: “vio Balak todo lo que había hecho Israel” (Bamidbar 22:2). Esas palabras, “todo lo que había hecho”, ya las habíamos escuchado antes, casi idénticas, en otra escena: cuando Itró, el suegro de Moshé, “escuchó todo lo que había hecho Dios” por su pueblo (Shemot 18:1). Y no es la única coincidencia. Balak es “hijo de Tzipor”, un pájaro, y la única otra persona con ese nombre en toda la Torá es Tziporá, la esposa de Moshé, hija de Itró. Los dos, además, tienen raíces en Midián: Itró es su sacerdote, y Rashí cuenta que Balak mismo era un príncipe midianita antes de ser rey de Moav. La Torá nos toma de la mano y parece decirnos: prestá atención, este Balak es otro Itró. Nos prepara para una historia hermosa, la de un extranjero que reconoce la grandeza de lo que está pasando y se suma a la fiesta.

Y entonces leemos cómo reacciona Balak, y se nos cae todo. Porque Itró, cuando se enteró, salió corriendo a abrazar a Moshé y a festejar. Balak, en cambio, se llena de espanto y lo primero que hace es contratar a alguien para que maldiga a ese pueblo. Eso ya no suena a Itró. Suena, palabra por palabra, a Faraón, que también se asustó de los hebreos cuando se multiplicaron, los llamó “más numerosos y fuertes que nosotros” (Shemot 1:9), y también quiso frenarlos. Misma escena, dos hombres, dos reacciones opuestas.

¿Por qué tan distintas? No porque uno fuera bueno y el otro malo de nacimiento. Reaccionaron distinto porque estaban mirando lo mismo con anteojos diferentes. Itró vio la mano de algo más grande sosteniendo esa historia y decidió acercarse. Faraón sólo vio una amenaza, gente que le hacía sombra, y decidió aplastarla. La misma realidad, dos relatos, dos vidas. Y Balak tuvo la oportunidad de elegir cuáles anteojos ponerse. Tuvo cuarenta años para atar cabos, porque la salida de Egipto no era un rumor, era historia conocida por todos. Y aun así eligió no ver. Fíjense cómo habla: llama a los israelitas “el pueblo que salió de Egipto”, como si una mañana se hubieran levantado y se hubieran ido caminando solos, sin milagros, sin nada más grande detrás. Balak edita la historia para que le quede cómoda. No es que no podía ver. Es que no quería.

Y acá podríamos cerrar con un tranquilo “qué muchacho obtuso, este Balak” e irnos a comer. Pero sería caer en su misma trampa. Porque la Torá no nos está mostrando a un personaje raro de hace tres mil años: nos está poniendo un espejo. Los Sabios ya lo habían visto con una agudeza que asusta. En el Midrash (Bereshit Rabá 55:8) enseñan que “el amor altera el orden de las cosas y el odio altera el orden de las cosas”: cuando una emoción fuerte nos domina, hasta las personas más grandes actúan fuera de su lugar, y dejan de ver con claridad. Y no es casualidad que el ejemplo que trae el Midrash sea, justamente, Bilam, el de nuestra historia. Hoy la neurociencia lo diría con otras palabras: creemos que primero juntamos los datos y después decidimos, pero en realidad es al revés. El corazón decide, y después la cabeza sale a buscar los argumentos que le den la razón. Lo que nos molesta, lo que no encaja con lo que ya queríamos creer, lo barremos abajo de la alfombra con una elegancia notable. Lo hacemos con la política, con la familia, con esa persona a la que decidimos hace años que era “imposible”. Creemos que estamos pensando, y en realidad solo estamos confirmando. Y lo más incómodo es darse cuenta de que uno también lo hace. Que a veces la verdad nos está mirando de frente y elegimos mirar para otro lado.

¿Hay salida? Yo creo que sí, modesta pero real. La Torá nos pide “alejate de la palabra falsa” (Shemot 23:7), y el Rebe de Kotzk agregaba que la mentira más difícil de soltar no es la que le decimos a los demás, sino la que nos decimos a nosotros mismos. No hace falta volverse otra persona. Alcanza con un gesto chico: la próxima vez que estemos seguros de tener razón, antes de contestar, probar por un minuto a defender lo contrario. O sentarse a escuchar de verdad a alguien que piensa distinto, no para refutarlo, sino para entenderlo. Es difícil, no les voy a mentir; a mí me cuesta horrores. Cuesta recordarse que creer que tengo razón no es lo mismo que tenerla. Pero esto, me parece, es de lo más humano y más hondo que nos enseña la Torá: nunca nos pidió ser perfectos ni infalibles, nos pide algo más difícil y más digno, que es animarnos a mirar con honestidad, aunque lo que veamos nos arruine un poco el relato que tanto nos gustaba.

No tengo garantías de lograrlo. Pero de algo estoy seguro: la responsabilidad de intentarlo es mía. Y tal vez la de todos. Que tengamos un Shabat de ojos un poquito más abiertos.

Shabat shalom
Wally Liebhaber

Haftara Koraj

En Parashat Koraj Moshé enfrenta la rebelión liderada por Koraj, Datán y Aviram, quienes cuestionan su autoridad y la de Aharón. Frente a estas acusaciones, Moshé responde con humildad y honestidad; no busca defender su posición por interés personal, sino demostrar que actúa siguiendo la voluntad de D’s, enfatizando que nunca utilizó su liderazgo para beneficio propio ni abusó de su poder.

En la Haftará de esta semana, el profeta Shmuel se dirige a Israel después de la instauración de la monarquía y le pregunta al pueblo si alguna vez abusó de su poder tomando lo que no es suyo, oprimiendo a alguna persona o aceptando sobornos y el pueblo lo niega.

Hay una relación entre ambos líderes de Israel, Moshé y Shmuel presentan un modelo de liderazgo basado en la integridad, la humildad y el servicio al pueblo. Ambos se someten al juicio de la comunidad y pueden afirmar con tranquilidad que han actuado con honestidad y desinterés personal. Los dos recuerdan al pueblo que el verdadero liderazgo en Israel implica responsabilidad ante D’s y compromiso con el bienestar colectivo, y no la búsqueda de prestigio o beneficios propios.

Moshé y Shmuel resaltan que la tradición judía valora a los líderes que ejercen su autoridad con ética y humildad, nos enseñan que el poder debe estar acompañado de honestidad, transparencia y dedicación al servicio de los demás.

Su ejemplo nos invita a creer que es posible ejercer un liderazgo basado en valores, respeto y responsabilidad. En un mundo donde muchas veces el poder se asocia con el beneficio personal, ambos nos recuerdan que la verdadera grandeza reside en servir a los demás con humildad e integridad.

Que su mensaje nos ayude a construir una sociedad basada en la justicia, la humildad y la confianza renovando la esperanza de un futuro en el que los valores de la Torá guíen nuestras acciones y nos ayuden a acercarnos, juntos, a un mundo mejor.

¡Shabat Shalom!
Debi Fridman