Haftara Vaetjanan

Hay un detalle de calendario que vale la pena explicar antes de entrar en el texto en sí. Cada Shabat, después de leer la porción semanal de la Torá, se lee también un fragmento de los libros de los Profetas, elegido porque dialoga con esa parashá o con el momento del año. A eso se lo llama haftará. Y el Shabat que sigue a Tishá beAv (el día en que se recuerda la destrucción de ambos Templos de Jerusalem, con ayuno y duelo) tiene un nombre propio: Shabat Najamu, el Shabat de la consolación. El nombre sale de las primeras dos palabras de esta haftará, tomada del profeta Isaías: “najamu, najamu amí” consolaos, consolaos, pueblo mío (Isaías 40:1).

Lo primero que llama la atención, si uno se detiene a pensarlo, es el timing. El pueblo judío acaba de atravesar su jornada de duelo más intensa del año: sentados en el piso, sin cuero en los pies, ayunando, leyendo Ejá (el Libro de las Lamentaciones) con una melodía que a cualquiera le deja un nudo en la garganta. Y el Shabat inmediatamente siguiente, sin escalas ni tiempos de gracia, el texto profético arranca gritando que hay que consolarse. No una semana después de haber procesado el duelo con calma. La semana siguiente, nomás. Es como si la tradición dijera: lloraste lo que tenías que llorar, y ahora hay que empezar a mirar para adelante.

El profeta le habla, en nombre de Dios, a la ciudad de Jerusalem, personificada como si fuera una mujer que atravesó un castigo largo. Y usa una expresión preciosa: “dabru al lev Ierushalaim” hablen al corazón de Jerusalem (40:2). No dice “hablen de ella”, como quien comenta una situación desde afuera. Dice “hablen a su corazón”. Cualquiera que alguna vez intentó consolar de verdad a alguien que está atravesando un momento duro sabe que hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. Hablar de la persona es diagnosticarla desde afuera, con cierta distancia prolija. Hablar a su corazón es otra cosa: es sentarse exactamente en el lugar donde le duele, sin apurar el proceso ni taparlo con un “bueno, ya vas a estar bien”. Y ahí, seamos honestos, casi todos fallamos alguna vez como consoladores: llegamos con la solución antes de que el otro haya terminado siquiera de contar el problema.

Lo que sigue en el texto es todavía más interesante, porque no le ahorra nada a Jerusalem antes de consolarla. Isaías dice que ella “recibió de la mano de Dios el doble por todos sus pecados” (40:2). El doble. No hay atajo: no hay un “total, ya fue, no importa”. Los comentaristas clásicos, entre ellos Rashí, se detienen justamente en esa repetición inicial “najamu, najamu”, dicho dos veces y no una, y una de las lecturas más difundidas explica que si el castigo fue doble, el consuelo también debe serlo. No alcanza con una palmada en la espalda dicha una sola vez. Consolar en serio, decimos hoy con otro vocabulario, casi nunca es un hecho puntual. Es algo que se repite: volver a preguntar, volver a llamar, volver a acordarse, mucho después de que el resto del mundo ya cambió de tema.

Más adelante aparece una de las imágenes más citadas de toda la profecía: “todo valle será alzado, todo monte y colina rebajados” (40:4), hasta que quede un llano parejo donde pueda revelarse la presencia divina ante todos por igual. Es una imagen de nivelación completa. Y no deja de tener algo de verdad universal: cuando a una persona le toca algo grande (una enfermedad, un nacimiento, una pérdida importante) de golpe muchas de las jerarquías que sostenía con tanto esfuerzo durante años pesan bastante menos. El profeta, unos versículos después, con una ironía muy fina, se burla de quienes se fabrican ídolos de plata y madera bien firmes “para que no se tambaleen” (40:20). Uno podría preguntarse por qué alguien necesitaría un dios que no se cae. Tal vez porque tememos que si eso se cae, se caiga también todo lo demás que construimos alrededor.

Y frente a esa fragilidad, el capítulo cierra con la imagen más tierna de las tres: “como pastor apacentará su rebaño, con su brazo juntará a los corderos, los llevará en su seno, y guiará con cuidado a las que amamantan” (40:11). No es un pastor que apura a todo el rebaño al mismo paso. Carga en brazos a los que están cansados. Guía más despacio a los que llevan algo pesado dentro. Ese es, quizás, el modelo de consuelo que propone esta haftará: uno que no exige que nadie se recomponga rápido para no incomodar al resto.

No sabría decir si esta semana a cada uno le toca ser Jerusalem (la que necesita que le hablen al corazón) o le toca ser quien tiene que hablarle a otro. Probablemente, como casi siempre, un poco de las dos cosas. Lo único que me permito sugerir, sin ánimo de dar instrucciones, es que la próxima vez que alguien cercano esté atravesando algo difícil, antes de ofrecerle una solución, valga la pena preguntarle primero dónde le duele.

Shabat Shalom.
Wally Liebhaber

Parasha Vaetjanan

La belleza de la obra inconclusa, por Seba Cabrera Koch.
Comentario a Parasha Vaetjanan: Deuteronomio 3:23-7:11

Seré directo: cuando D-s le dice a Moshé que no entraría en la Tierra Prometida, no pude evitar sentir que la decisión me pareció injusta. Pero incluso esta sensación puede ayudarnos a generar perspectivas interesantes a la hora de ver las cosas desde otro punto de vista, masticar la pregunta, encontrar inspiración aún en lo incómodo.

En la porción de la Torá que nos convoca esta semana, Vaetjanan (“Y supliqué”), un Moshé humano rememora cómo le suplicó a D-s, tratando de revertir el decreto que le impedía entrar con el pueblo a Eretz Israel. La respuesta divina fue tajante: “…alza tus ojos hacia el occidente y hacia el norte y hacia el sur y hacia el oriente, y mira con tus ojos; ya que no habrás de pasar el Jordán”. (Deut. 3:27)

Entrar en la tierra anhelada parecía la conclusión lógica y merecida tras cuatro décadas de liderazgo. Sin embargo, este NO categórico también refleja una verdad profunda de nuestra tradición: el valor de la existencia no reside en el desenlace perfecto, sino en poder ser parte de algo más grande que uno, y sentirse agradecidos con ello.

La tradición judía nos ofrece una brújula en ese sentido, con una enseñanza fundamental: “No es tu deber terminar la obra, pero tampoco tienes la libertad de desentenderte de ella”. (Pirkei Avot 2:16).

Estas palabras fortalecen a quienes enfrentan tareas titánicas, ya sean individuales o comunitarias, desde sostener nuestras comunidades y luchar por la justicia social, hasta educar a los hijos; son procesos que nunca concluyen del todo. Incluso cuando pareciera que llegamos a un punto final, siempre hay más trabajo por hacer.

Aceptar esto puede ser frustrante, pero también nos libera, porque nos anima a encontrarle sentido al proceso, a considerar el viaje en sí mismo como el destino. Entonces, ¿cómo afrontamos el hecho de que proyectos importantes, a veces el trabajo de toda una vida, pueden quedar incompletos?
Esta semana leyendo Nebujim, el blog de Jonathan Kohan (recomiendo!) me reencontré con una frase de Anthem, del gran Leonard Cohen: “Toca las campanas que aún pueden sonar. Olvida tu ofrenda perfecta. Hay una grieta, una grieta en todas las cosas. Así es como entra la luz”.
Más que una canción, es una declaración sobre la imperfección (y sobre nosotros). El propio Cohen explicó que no habla de soluciones, sino de aceptación.

No habitamos un mundo de realizaciones absolutas, este no es el plano donde las cosas salen perfectas: ni en el matrimonio, ni en lo profesional, ni en la labor comunitaria, ni en nuestro país. La grieta que él menciona es lo humano: el error, la pérdida, el desencanto. Todo está roto, y justamente ahí es donde entra la luz.

La perfección es un espejismo, pero es un poderoso recordatorio de que la belleza, la esperanza y la sabiduría suelen surgir de nuestras vulnerabilidades. Porque en lugar de idealizar lo irreal, nos invita a abrazar nuestras imperfecciones y cicatrices, lo incompleto que habita en cada uno.

Quizás la experiencia de Moshé observando de lejos la Tierra a la que no va a entrar y la poética de Cohen apuntan hacia la misma verdad: la trascendencia no exige que entreguemos una obra perfecta o terminada, sino que hayamos tenido el valor de sostenerla y entregarla a quienes vienen después.

Leonard Cohen lo inmortalizó en una canción, pero creo que Moshé ya lo sabía, enseñándonos el arte de aceptar la fragilidad, mostrándonos la belleza de la obra inconclusa.

¡Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Bibliografía y lecturas recomendadas

  • Barylka, Y. Implorar a Hashem. Comentario a Deuteronomio 3, 24. 2026 © hatanakh.com
  • Deuteronomio 3:23-7:11, texto y comentarios. 2026 © Sefaria.org
  • Kohan, J. La humanidad del héroe / The humanity of the hero. Nebujim. 2026 © substack.com
  • Leonard Cohen’s ‘Anthem’: That’s how the light gets in. 2016 © GerryCo https://gerryco23.wordpress.com/
  • Stein, A. Eternal WIP. 2026 © ReformJudaism.org
  • Susman, L. A Meaningful Quote from Pirkei Avot. 2024 © The Jewish Theological Seminary

Parasha Devarim

Cuando nuestras limitaciones no tienen la última palabra

Comenzamos un nuevo libro de la Torá, Devarim, que significa “Palabras” y que fue tradicionalmente llamado Deuteronomio.

Es el quinto y último libro del Pentateuco y la primera parashá lleva el mismo nombre. A diferencia de los cuatro libros anteriores, donde predominan los relatos y las leyes transmitidas por D’s a través de Moshé, aquí escuchamos principalmente su voz. Son sus últimas enseñanzas antes de que el pueblo de Israel entre en la Tierra Prometida.

Y aquí aparece algo que resulta casi paradójico y profundamente conmovedor.

Aquel mismo Moshé que, muchos años antes, frente a la zarza ardiente, le dijo a D’s: “…Por favor, Señor, yo no soy un hombre de palabras… porque soy torpe de boca y torpe de lengua…” (Éxodo 4:10), termina dejándonos un libro entero construido con sus propias palabras.

La vida lo transformó.

Después de cuarenta años guiando al pueblo por el desierto, Moshé sabe que no cruzará el Jordán. Sus días están contados. Podría haberse quedado lamentándose por aquello que no iba a alcanzar. Sin embargo, elige otra cosa. Reúne al pueblo y les habla por última vez.

No les deja riquezas.
No les deja propiedades.
Les deja palabras.

Palabras nacidas de la experiencia, de los aciertos y de los errores, de las alegrías y también de los momentos difíciles. Palabras que no buscan reprochar, sino preparar a una nueva generación para el enorme desafío que está por comenzar.

Por eso vuelve sobre el camino recorrido.
Recuerda las veces en que el pueblo confió y también aquellas en las que el miedo terminó decidiendo por ellos. No lo hace para despertar culpa, sino porque sabe que quien aprende de su historia está mejor preparado para construir su futuro.

No es casualidad que esta parashá se lea, generalmente, en el Shabat anterior a Tishá BeAv, el día en que recordamos la destrucción de los dos Templos de Jerusalén y otras tragedias que marcaron la historia del pueblo judío. Antes de llegar a ese día de duelo, la Torá nos invita a detenernos, mirar nuestro camino y preguntarnos qué podemos aprender de nuestra historia para no repetir los mismos errores.

Y, casi al mismo tiempo, nuestra memoria vuelve inevitablemente al 18 de julio de 1994, cuando el atentado contra la AMIA dejó una herida que aún sigue abierta en la sociedad argentina. Como ocurre con Tishá BeAv, recordar no significa quedar atrapados en el pasado, en el tiempo, sino asumir el compromiso de mantener viva la memoria, seguir reclamando justicia y trabajar para construir una sociedad donde el odio y la violencia nunca tengan la última palabra.

Quizás esa sea una enseñanza que también necesitamos hoy.
Vivimos en una época en la que muchas personas sienten que no son suficientes. “No puedo”, “no sé”, “no sirvo para esto”, “es demasiado tarde”. Son frases que escuchamos con frecuencia y que, muchas veces, también nos repetimos a nosotros mismos.

La historia de Moshé nos recuerda que nuestras limitaciones no tienen por qué definir nuestro destino. Aquello que un día sentimos como una debilidad puede convertirse, con el tiempo, con esfuerzo y la ayuda de D’s, en el lugar desde donde más podemos aportar a los demás.

Todos vamos escribiendo nuestro propio Devarim.
No como un libro, sino con las palabras que pronunciamos, las decisiones que tomamos, los valores que transmitimos y el ejemplo que dejamos a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros alumnos, a nuestros amigos y a cada persona que se cruza en nuestro camino.

Porque, al final, nuestro verdadero legado no será aquello que tuvimos, sino aquello que supimos sembrar en el corazón de los demás.

Que en este Shabat podamos descubrir, como Moshé, que nunca es tarde para crecer, para superar nuestros miedos y nuestros propios límites. Que podamos comprender que muchas veces el Kadosh Barju ve en nosotros capacidades que todavía no alcanzamos a reconocer.
Y que, cuando otros nos recuerden, no sea por lo que tuvimos o conseguimos, sino por las palabras de paz, de esperanza, de consuelo y de fe que supimos dejar en sus corazones.

Shabat Shalom,
Susy Lapilover.
Am Israel Jai

Haftara Devarim

Cuando nos acostumbramos demasiado

La Haftará de esta semana, conocida como Jazón (“Visión”), corresponde al primer capítulo del libro del profeta Isaías.

Isaías vivió en el siglo VIII antes de la era común, en el Reino de Judá. Fue contemporáneo de los reyes Uzías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Le tocó vivir una época de prosperidad material y de relativa estabilidad política. El Templo de Jerusalén seguía en pie y el pueblo continuaba con sus prácticas religiosas. Sin embargo, el profeta descubría algo que muchos ya no percibían, por fuera todo parecía funcionar, pero por dentro la sociedad comenzaba a perder su sensibilidad.

No es casual que esta Haftará acompañe a la Parashá Devarim. Allí, Moshé, en las últimas semanas de su vida, reúne al pueblo y repasa el camino recorrido por el desierto. No lo hace para reprochar el pasado, sino para ayudarlos a aprender de él antes de entrar en la Tierra Prometida. Isaías, siglos más tarde, persigue el mismo objetivo. Ambos invitan a detenerse, mirar la realidad con honestidad y preguntarse hacia dónde estamos caminando.

En medio de su mensaje, el profeta pronuncia unas palabras que llaman la atención:”…¿Por qué habréis de ser castigados aún? ¿Todavía seguiréis rebelándoos? Toda cabeza está enferma y todo corazón doliente…” (Isaías 1:5)

A primera vista parecen palabras muy severas. Pero, si las leemos con atención, descubrimos que Isaías utiliza la imagen de una persona enferma. Es como si un médico observara a un paciente que se acostumbró tanto a convivir con su enfermedad que ya dejó de notar sus síntomas.

Quizás esa sea una de las enseñanzas más profundas de esta Haftará.

Las personas de aquella época no eran necesariamente malas. Simplemente se habían acostumbrado.
Acostumbrado a ciertas injusticias; a la indiferencia; a vivir de una manera que ya no los hacía mejores.

Y tal vez esa siga siendo una de las mayores dificultades del ser humano.

No solemos cambiar cuando algo ocurre por primera vez. Nos preocupa, nos conmueve o nos duele. El problema comienza cuando aquello se repite una y otra vez, sin actuar en consecuencia, sin hacer nada al respecto. Y poco a poco todo deja de sorprendernos y termina formando parte de la rutina.

Nos acostumbramos a las malas noticias; a vivir apurados; a postergar ese llamado que queremos hacer;
a decir “ya habrá tiempo” o “lo hacemos mañana”.

Y casi sin darnos cuenta dejamos de valorar aquello que realmente importa.

También hoy vivimos rodeados de información, de conflictos y de preocupaciones. Suceden tantas cosas al mismo tiempo que, para protegernos, corremos el riesgo de dejar de sentir. Y cuando eso ocurre, aquello que nunca debería parecernos normal empieza a ser parte de nuestra vida cotidiana.

Isaías nos invita justamente a lo contrario.
A recuperar la capacidad de detenernos; de emocionarnos; de agradecer; de preocuparnos por el otro; de no permitir que la costumbre adormezca nuestro corazón.

Por eso esta Haftará se lee antes de Tishá BeAv. Porque las grandes tragedias rara vez comienzan de un día para otro. Muchas veces empiezan lentamente, cuando dejamos de prestar atención a las pequeñas señales.

Sin embargo, el profeta no termina con desesperanza. Concluye diciendo: “…Sión será redimida con justicia, y los que regresen a ella, con rectitud…” (Isaías 1:27)

Ese es el mensaje que atraviesa toda la Haftará. Siempre es posible volver. Siempre es posible despertar. Siempre es posible recuperar la sensibilidad que creíamos perdida.

Que en este Shabat tengamos la valentía de detenernos por un instante y preguntarnos si nos hemos acostumbrado a algo que merece ser cambiado. Porque mientras conservemos esa capacidad de preguntarnos, también conservaremos la posibilidad de crecer.

Shabat Shalom,
Susy Lapilover.
Am Israel Jai.

Haftara Matot-Masei

El camino de regreso, por Seba Cabrera Koch.
Haftará Matot – Masei: Comentario a Irmiahu (Jeremías) 2:4-28, 3:4

Esta semana, en la segunda de las tres haftarot que son leídas entre el 17 de Tamuz y el 9 de Av, encontramos nuevamente duras palabras de reprimenda que el profeta Irmiahu le transmite al pueblo de Israel.

Detengámonos un segundo para imaginar a Irmiahu recorriendo las calles de Ierushalaim, reuniendo al pueblo para recordarles la historia del éxodo de Egipto. Aunque sin duda la historia fuera conocida para quienes lo escuchaban, cuando repite la historia de la redención y les recuerda los milagros en el desierto, los oyentes recordaban al D-s que los sacó de Egipto y comenzaban a sentir claramente el vacío que los rodeaba, y a reconocer la brecha entre su glorioso estado pasado y su situación actual.

Dolía, porque Irmiahu les mostraba que el gran error fue haberse olvidado de quienes eran, de dónde venían. Quizás esta revelación sea la verdadera reprimenda: rememorar al pueblo todo el difícil camino que recorrieron juntos, y cómo resistieron incluso en los momentos más difíciles al apoyarse en D-s.

Sin embargo, parece que el problema radica en que cuando las dificultades cayeron sobre Israel, puede que creyeran que D-s los había abandonado y ya no velaba por ellos. No creyeron en Su abundante misericordia ni en Su capacidad para perdonar y absolver las transgresiones. Olvidaron el lugar que ocupa D-s en la historia del pueblo de Israel. En lugar de esto, establecieron alianzas con otros reinos y prefirieron la adoración de ídolos. Y según esta interpretación, todo lo que les sucedía, no era más que una consecuencia de este hecho.

La haftará nos abraza con un mensaje para los momentos de mayor oscuridad. Es D-s quien repite dos veces en sus palabras la expresión: “Y no dijeron: ¿Dónde está D-s?” (versículos 6, 8).

Rabí Najman de Breslev enseña que cuando una persona se encuentra en una gran crisis y siente un inmenso ocultamiento, debe clamar “¿Dónde está el lugar de Su gloria?”. Este clamor expresa la búsqueda de D-s por parte del hombre. Porque tal vez la cuestión sea que las personas sabemos que D-s existe, pero como no vemos Su manifestación de manera visible, nos perdemos en el ruido diario, en la velocidad que nos impone la rutina.

Abraham Joshua Heschel, en su libro “D-s en busca del hombre”, al hablar de la resistencia a la revelación en nuestro tiempo, plantea que hay quienes piensan que “el hombre era demasiado grande para necesitar la guía divina”; y otros que “el hombre era demasiado pequeño para merecer la guía divina”.

Creo que aunque el hombre pierda el rumbo, D-s siempre toma la iniciativa, revelándose en los milagros cotidianos y llamándonos, esperándonos, para mostrarnos el camino de regreso.

A veces dudo de si creo en Él. Lo admito.
Pero hoy volví a recordar que sin dudas, Él nunca va a dejar de creer en mí.

Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Bibliografía y lecturas recomendadas:

Parasha Matot-Masei

¿Cuándo un viaje deja de ser un traslado y se convierte en un camino?

Las últimas dos parashiot del libro de Bamidbar nos encuentran mirando hacia adelante. El pueblo ya puede divisar la Tierra Prometida. Después de cuarenta años de desierto, el final parece cercano. Y, sin embargo, la Torá decide detenerse.

En Parashat Masei aparece una larga lista de las cuarenta y dos estaciones que recorrió el pueblo desde la salida de Egipto. A simple vista parece un listado técnico de lugares. Pero los sabios preguntan: ¿por qué volver sobre cada una de esas paradas cuando el viaje ya terminó?

Porque la vida no se comprende solamente hacia adelante. También necesita ser mirada hacia atrás.

Cada estación recuerda que el crecimiento nunca fue lineal. Hubo momentos de entusiasmo y momentos de cansancio. Lugares donde el pueblo cantó y lugares donde protestó. Sitios donde encontró agua y otros donde experimentó la sed. Espacios de emuná y espacios de duda. Y, sin embargo, todos esos lugares forman parte del mismo camino.

Muchas veces sentimos que sólo cuentan nuestros logros. Que lo importante es llegar. Pero la Torá nos enseña otra cosa: El Kadosh Baruj Hú no recuerda únicamente el destino; recuerda cada paso.

Quizás por eso la otra parashá, Matot, comienza hablando de la fuerza de la palabra, nuestras promesas y juramentos. Porque nuestros compromisos crean dirección. Lo que decimos acerca de nuestra vida termina moldeando el camino que recorremos.

Una persona que vive sin propósito simplemente se mueve. Una persona que vive fiel a sus valores transforma cada paso, incluso los más difíciles, en parte de su crecimiento.

Al terminar Bamidbar, antes de ingresar a una nueva etapa, la Torá nos invita a hacer nuestro propio Masei: detenernos un instante y recorrer el mapa de nuestra vida. ¿Cuáles fueron las estaciones que más nos enseñaron?

¿Qué desiertos hoy podemos agradecer? ¿Qué experiencias, incluso las dolorosas, nos prepararon para ser quienes somos?

Tal vez descubramos que la Shejiná estuvo presente no sólo en los grandes milagros, sino también en aquellas paradas donde, en ese momento, creíamos que nada estaba ocurriendo. Porque si algo aprendimos es que la santidad no consiste únicamente en llegar a destino, consiste en aprender a reconocer que cada estación del camino tuvo un sentido.

Shabat Shalom
Rab Sarina Vitas

Haftara Pinjas

Todavía estamos a tiempo de escuchar

Esta semana la Parashá es Pinjás, pero la Haftará cambia.
Comenzamos las Tres Semanas, el período que une el 17 de Tamuz con el 9 de Av (Tishá BeAv), días en los que recordamos los acontecimientos que llevaron a la destrucción de los Templos de Jerusalén y al exilio. Por eso dejamos momentáneamente la Haftará habitual y comenzamos a leer las llamadas Haftarot de Advertencia.

La primera que se nos presenta es la del profeta Irmiahu (Jeremías 1:1-2:3).
Vivió hace unos dos mil seiscientos años, en los últimos tiempos del Reino de Judá. Eran años de incertidumbre.
Una época muy oscura. La sociedad se había acostumbrado a la injusticia, las diferencias entre las personas eran cada vez mayores y muchos creían que nada podía sucederles simplemente porque el Templo seguía en pie.

Es entonces cuando D’s llama a un joven que no se siente preparado.
Jeremias responde con la sinceridad de quien conoce sus propias limitaciones: “… Y dije: «¡Ay, Señor Dios! He aquí, no sé hablar porque soy joven…» (Jeremías 1:6).
Pero D’s le enseña que no siempre elige a quienes se sienten fuertes, sino a quienes están dispuestos a asumir una responsabilidad.
Su misión no era anunciar una tragedia. Era intentar evitarla. Tratar de despertar al pueblo hablándole al corazón, antes de que fuera demasiado tarde.
Y, sin embargo, la Haftará termina de una manera que sorprende. Después de las advertencias, D’s recuerda con ternura el comienzo de la relación con Su pueblo: “…Recuerdo el cariño de tu juventud, el amor… cuando me seguías por el desierto…”.
Es la imagen de D’s que, como lo hacen los padres, antes de corregir a un hijo le recuerda cuánto lo ama. Porque las advertencias que nacen del amor no buscan condenar, sino ofrecer la oportunidad de reflexionar, reparar y volver a empezar.

Creo que allí está la enseñanza que más nos interpela.
Muchas veces pensamos que las grandes crisis aparecen de un día para otro. Sin embargo, casi nunca es así. Siempre hay pequeñas señales que nadie quiso ver.
Palabras que dejamos pasar. Injusticias que consideramos normales. Personas que dejaron de ser escuchadas. Y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, aquello que nos parecía sólido, comienza a resquebrajarse.

Hoy también vivimos rodeados de voces. Opiniones, noticias y hasta de discusiones permanentes.
Pero escuchar de verdad es otra cosa, porque no es lo mismo oír que escuchar.

Escuchar implica prestar atención, abrir el corazón y estar dispuestos a dejar que algo nos transforme.

Quizás por eso Jeremias no nos habla solamente del pasado. Nos recuerda que siempre existe un instante antes de que sea demasiado tarde. Un momento en el que todavía podemos pedir perdón, reparar un vínculo, cambiar una actitud, empatizar con el otro o elegir un camino diferente.

Tal vez esa sea la invitación de esta primera Haftará, no esperar a que las ruinas nos enseñen el valor de aquello que todavía podemos cuidar.

Que en este Shabat podamos escuchar esa voz interior que nos inspire a transformar la oscuridad en luz.

Susy Lapilover
Am Israel Jai

Parasha Pinjas

Hay parashiot que se recuerdan por un momento dramático, un celo, un castigo, una plaga que se detiene. Pinjás tiene ese comienzo. Pero si seguimos leyendo, la parashá se abre hacia algo distinto: dos escenas de cierre, casi al final del libro de Bamidbar, que hablan menos de fuego y más de estructura. De cómo un pueblo que está por entrar a su tierra necesita, antes que nada, saber a quién le pertenece esa tierra y quién va a conducirlo hacia ella.

La primera escena es la de las hijas de Tzelofjad. Majlá, Noá, Joglá, Milká y Tirtzá se presentan ante Moshé, ante Elazar, ante los príncipes y ante toda la comunidad, en la entrada del Mishkán, la Tienda de Reunión. Su padre murió en el desierto sin dejar hijos varones, y ahora que la tierra está por repartirse por familias, ellas corren el riesgo de quedar afuera de la herencia, no por haber pecado, sino simplemente por haber nacido mujeres en una estructura pensada para los hijos varones. Su reclamo es corto: “¿Por qué ha de ser eliminado el nombre de nuestro padre de su familia, por no haber tenido hijo? Dennos posesión entre los hermanos de nuestro padre” (Bamidbar 27:4).
Lo notable no es solo lo que piden, sino cómo lo piden. Se presentan juntas, con argumento ordenado, sin resentimiento y sin acusar a nadie de injusticia deliberada. Y Moshé, que ha resuelto solo casi todos los conflictos del pueblo hasta ahora, esta vez no responde de inmediato: lleva el caso ante el Kadosh BarujHu. La Torá registra la respuesta divina sin matices: “Bien hablan las hijas de Tzelofjad” (27:7). No hay una corrección incómoda ni una concesión a medias. Hay razón, lisa y llana, y una ley que a partir de ese momento cambia para todo el pueblo.
Me parece que ahí hay algo que vale la pena señalar: la Torá no presenta este episodio como una excepción compasiva, sino como una corrección estructural. Las hijas de Tzelofjad no piden un favor personal, señalan un vacío legal genuino. Y el sistema, a través de Moshé, que reconoce no tener la respuesta y busca una superior, se muestra capaz de escuchar y modificarse. Eso, en el desierto, después de tantos episodios de queja, castigo y rebeldía, es en sí mismo un logro simbólico: una demanda de justicia que llega en el momento correcto y encuentra un canal legítimo para resolverse.

La segunda escena parece, a primera vista, no tener relación con la primera. Apenas resuelto el asunto de la herencia, Moshé se dirige a Hashem con un pedido propio: que el pueblo no quede “como ovejas sin pastor” (27:17) cuando él ya no esté. Pide un sucesor, no por su propio prestigio, sino por la comunidad que necesita conducción para entrar a la tierra que él mismo no va a pisar. Hashem le indica que ponga su mano sobre Iehoshúa bin Nun, “un hombre en quien hay espíritu” (27:18), y que lo instale frente a Elazar el sacerdote y frente a toda la congregación, transmitiéndole autoridad, aunque, dice el texto, no toda su gloria.
Y ahí está, creo, el hilo que une ambas escenas. La parashá “cierra” el libro de Bamidbar resolviendo dos preguntas sobre continuidad: quién hereda la tierra, y quién conduce al pueblo hacia ella. En los dos casos, lo que se pide y lo que se entrega no es un privilegio personal sino una responsabilidad hacia el futuro. Las hijas de Tzelofjad no piden tierra para enriquecerse, piden que el nombre de su padre no se borre. Iehoshúa no recibe el liderazgo para su propia gloria, lo recibe con la instrucción explícita de que deberá consultar a Elazar, de que no gobernará solo. La autoridad, en ambos casos, viene acompañada de límites y de vínculo comunitario, nunca es un poder aislado.

Quizás la enseñanza más simple, y a la vez más exigente, de esta parashá sea esa: que tanto pedir justicia como recibir liderazgo son actos que se sostienen en la comunidad, no por encima de ella. Las hijas de Tzelofjad se presentan frente a todo el pueblo. Iehoshúa es investido frente a todo el pueblo. Nada de lo que define el futuro de Israel, ni el derecho a la herencia, ni la conducción, sucede en privado. Sucede a la vista de todos, porque a todos les pertenece.

Shabat shalom
Yael Krochmal

Haftara Jukat-Balak

Hay una pregunta que aparece al final de la haftará de esta semana que, en realidad, es una de las grandes preguntas de toda persona de fé.

¿Con qué me presentaré ante Adonai? (Mijá 6:6).

Es una pregunta profundamente humana. ¿Cómo se acerca una persona a Dios?¿Con más rezos? ¿Con más sacrificios? ¿Con más rituales?
El profeta Mijá imagina una respuesta exagerada y dice ¿Habrá que ofrecer miles de carneros? ¿Ríos de aceite?. Y entonces llega una de las respuestas más famosas de todo el Tanaj: “Ya se te dijo, hombre, qué es lo bueno y qué pide Adonai de vos: hacer justicia, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios.” (Mijá 6:8)

Es interesante que el texto no elimina los rituales, tampoco dice que no importan. Lo que dice es que, si todo eso que haces no transforma la manera en que vivís, entonces perdiste de vista lo esencial.

En el segundo principio el texto no dice solamente hacer jesed, dice amar el jesed. Porque hacer el bien puede convertirse en una obligación, uno puede ayudar porque corresponde, porque queda bien o porque siente culpa.
Mijá nos llama a algo mucho más profundo, llegar al punto de disfrutar hacer el bien, de buscar oportunidades para ser generosos, de que la bondad deje de ser una acción ritual aislada y se convierta en parte de nuestra identidad.

Y el tercer principio es quizás el más difícil de todos, caminar humildemente con Dios. No hacer grandes demostraciones de espiritualidad para el afuera, no vivir la fe para ser vistos. Sino caminar con Dios en silencio, en lo cotidiano, en las decisiones que nadie aplaude y que muchas veces nadie ve.

Mijá nos recuerda que una parte esencial de la vida espiritual ocurre justamente donde no hay cámaras, ni aplausos, ni reconocimiento.

Si alguna vez te preguntaste qué espera Dios de vos, la respuesta no parece estar en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir de manera extraordinaria las cosas más simples, actuar con justicia, enamorarnos de la bondad y caminar, cada día, con humildad junto al Kadosh Baruj Hu.

Shabat Shalom
Sem. Mati Bomse