Parasha Vayakhel-Pekudei

Las parashot de Vayakel y Pekudei, describen en detalle la construcción del Mishkán, el santuario que acompañó al pueblo de Israel durante su travesía por el desierto. Estas parashot cierran el libro de Shemot y relatan cómo el pueblo se une para llevar adelante un proyecto espiritual y comunitario de enorme importancia. Vayakel relata el proceso deconstrucció n, mientras que Pekudei describe su finalización y la rendición de cuentas de los materiales utilizados y el momento en que la presencia divina se posa sobre él. Es decir, juntas muestran el recorrido completo de una obra: desde la organización del pueblo hasta el momento en que el Mishkán queda finalmente terminado.

Uno de los midrashim más conocidos sobre la construcción del Mishkán plantea una pregunta interesante: ¿de dónde obtuvo el pueblo de Israel la madera necesaria si estaban en el desierto? El Midrash enseña que esos árboles habían sido plantados muchos años antes por Iaakov Avinu cuando descendió a Egipto con su familia. Iaakov entendió que algún día sus descendientes serían redimidos y necesitarían madera para construir un santuario para Dios, por lo que decidió sembrar cedros pensando en ese futuro.

Este midrash transmite una enseñanza profunda: construir no es solo una acción del presente, sino también un acto de visión hacia el futuro, saber mirar hacia adelante. Iaakov no llegó a ver el Mishkán, e incluso sus hijos tampoco lo verían terminado, pero su decisión permitió que generaciones después el pueblo pudiera llevar adelante esa construcción. El Mishkán fue posible porque alguien sembró pensando en el mañana.

De esta manera, el Mishkán no es solo una obra material, sino el resultado de un esfuerzo que atraviesa generaciones. Cada persona aportó algo diferente: materiales, habilidades, trabajo o creatividad. La Torá muestra así que los grandes proyectos comunitarios no se construyen de manera individual, sino a partir de la participación de todo el pueblo.

Parashat Pekudei marca el momento en que esa obra finalmente se completa. Cuando la nube divina desciende sobre el Mishkán y la presencia de Dios llena el santuario, nuestros sabios comparan ese momento con una boda: el día en que el pueblo de Israel y Dios sellan su vínculo, como una pareja que comienza una nueva etapa juntos.

Tal vez ese sea uno de los mensajes más actuales de estas parashot. Las comunidades no se construyen solo con recursos materiales, sino con visión, compromiso y continuidad entre generaciones. Cada generación recibe algo de quienes vinieron antes y tiene la responsabilidad de seguir construyendo para quienes vendrán después.

En ese sentido, cada uno de nosotros formamos parte de esa cadena. Así como Iaakov plantó cedros para el futuro, Vayakel y Pekudei nos recuerdan que todos somos, de alguna manera, constructores del Mishkán de nuestra generación.

Yael Krochman

Haftara Vayakhel-Pekudei

Hace algunos renglones nos encontrábamos frente a una de las construcciones mas conocidas de la Tora, el Becerro de oro, símbolo y creación de todo lo que no debía ser.

Ejemplo terrenal de todo lo que alguna vez Moshe le pidió a su pueblo que no hiciera.

La construcción que tiene como una de sus consecuencias la destrucción de las primeras tablas de la ley, pero a su vez fue la principal atracción para enfrentamientos, discusiones y conflictos.

Luego de aquella construcción volvemos a la programación habitual del final del libro de Shemot con la construcción del Mikdash. Pero aquí la belleza de nuestra Tora; Entre construcción y construcción, Moshe le recuerda al pueblo que ningún fuego debía ser encendido en Shabat. Y me pregunto ¿Qué tiene que ver el Shabat y el fuego entre la construcción de lo que no y la construcción de lo que si?
Absolutamente todo.

No hay ninguna manera de seguir construyendo sin frenar para levantar la cabeza y observar lo construido. No hay mejor Shabat que el que sirve para poder frenar la semana y  observar no solo donde estamos parados sino con quien estamos parados.

¿Y el fuego?

El fuego es el todo. Es el reflejo de lo mas profundo de nuestro alma, cambiante, colorido, en movimiento constante.

En las construcciones erradas o no acertadas, el fuego es la calentura, la ira, el enojo, el odio y la envidia. En las construcciones acertadas el fuego es la sonrisa, el abrazo y las ganas de bailar.

¿Qué es lo que no debemos encender en Shabat?

El enojo, la envidia, los celos, el fuego que te hace dejar de ser vos, para descansar entre construcción y construcción y de esa forma encontrarnos a nosotros mismos, para construir en cuerpo, alma y espíritu en el camino y la forma correcta.

Shabat Shalom
Sem. Brian Bruh

Más de 400 pastores evangélicos participaron en Buenos Aires del encuentro “Argentina Ama a Israel”

Más de 400 pastores evangélicos de toda la Argentina participaron el pasado martes 3 de marzo en el encuentro “Argentina Ama a Israel – Un Encuentro de Unidad, Fraternidad y Compromiso”, una iniciativa impulsada por la Unión Mundial Macabi a través de su Departamento de Educación, en el marco de su programa internacional “Embajadores de la Verdad”.

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Parasha Ki Tisa

Parashat Ki Tisá – Todos amamos el día de Shabat

Una canción de shule, dice “kol ejad ohev et iom ha-shabat / todos amamos el día de Shabat”, y yo les pregunto ¿es así? Primera pregunta.
El día de Shabat es kodesh, sagrado. ¿Qué significa eso para vos? Segunda pregunta.

Algunas ideas.
Pensemos en la Bendición del Shabat. Dice la Torá (Génesis 2:3): “Y bendijo Dios al séptimo día”. Hasta ese momento de la creación del mundo fueron bendecidas las criaturas y no los días, y ahora fue bendecido el día mismo. ¿Por qué un día —que es una medida de tiempo, un límite numérico y, por ende, una limitación— podría resultar en una bendición, que significa expansión y amplitud (exactamente lo opuesto)?

Solamente un día fue bendecido… es un poco raro.

Quizás tiene la particularidad el Shabat de ser especial (bendecido) desde el aspecto de la espiritualidad, y su perfección está dentro de sí misma y no le falta nada del exterior. Hay una explicación muy conocida de Rashí que dice que cuando comienza Shabat deberías sentir como si toda tu labor ya estuviera hecha (aunque por lo general eso no sea así, porque el lunes -o incluso antes- ya tenemos una agenda cargada).

Hay una idea al respecto en el Talmud (Shabat 118a): “A todo el que deleita el Shabat le dan una heredad sin límites”. Significa que quien amerita alcanzar el nivel del Shabat, saca de ese día las limitaciones materiales y logra un apego a lo espiritual tendrá un verdadero deleite, generando para él un estado de no-limitación. La bendición del Shabat es la expansión desde la estrechez mental limitada por los conceptos de este mundo hacia el mundo de la espiritualidad que es la ‘heredad sin límites’.

Resulta que podemos aprender que el concepto del Shabat es apartarse de los valores negativos y limitados de la materialidad. Y las prohibiciones de las labores (melajot) y el pedido de descanso con todos sus parámetros también son desde esta perspectiva (Mijtav Me-Eliahu, T.2, pág.15).

Nuestros Sabios nos enseñan (Beitzá 16a) que todos los preceptos fueron dados en público excepto el Shabat que fue dado en privado, como está dicho en esta parashá “Entre Mí y los Hijos de Israel es una señal para siempre” (Éxodo 31:17, y lo cantamos siempre en el “Beshamrú” del viernes a la noche, y el kidush del sábado al mediodía), y explicaron también que su recompensa no fue revelada. Esto sería así porque la santidad del Shabat se encuentra en el interior del corazón de cada uno de nosotros, en nuestra esencia.

El Shabat es la raíz de toda santidad y de él se extiende la santidad hacia el resto de los días de la semana. Hacia todo nuestro tiempo.

Toda la santidad de la vida se interpreta y se verifica en la medida de nuestro apego (dvekut) al Shabat. El Shabat aclara si es verdad que no tenemos nada que hacer, excepto dedicarnos a la espiritualidad. Y esto es “entre Mí y los Hijos de Israel es una señal”, porque el Shabat es la señal que aclara la verdad de la persona.

Entonces ¿Quién ama el Shabat? – “Mis Shabatot habrán de observar, ya que un signo es entre Mí y entre ustedes para vuestras generaciones,” (Éxodo 31:13).

En lugar de un mensaje unilateral desde estas líneas les dejo unas últimas preguntas, las cuales podemos charlar si alguno me busca:
Cierren los ojos por un momento y piensen: ¿qué asociaciones les evoca la palabra “Shabat”?

¿Qué es el Shabat para ustedes: un día libre de la escuela o del trabajo? ¿Tiempo de esparcimiento y charla con la familia? ¿Un día para el estudio de la Torá y plenitud espiritual? ¿Están satisfechos con la forma en que se ve su Shabat?

La mayoría de las respuestas están en vos que estás leyendo.
¡Un fuerte abrazo para toda la kehilá!

Shabat Shalom
Rab Meir Szames
La Ieshive

Haftara Ki Tisa

Lo que adoramos termina moldeando lo que somos.
Esta semana leemos la Parashá Ki Tisá, que significa “Cuando tomas”.
Los sucesos que se relatan en ella tienen una estrecha relación con la Haftará. El Becerro de Oro y las Tablas que arroja Moshé sobre el Becerro, no son solo un episodio del pasado; reflejan una crisis de identidad.

El pueblo, impaciente y temeroso, necesitó algo visible, algo inmediato, algo que pudiera controlar. Cambió lo eterno, por lo tangible.

Años más tarde, el Profeta Elías enfrentará una escena similar, tal como se relata en el libro de Reyes I.
En el contexto histórico, Elías fue un profeta del siglo IX a.e.c., vivió en el Reino del Norte de Israel, que atravesaba una profunda crisis espiritual. Emerge como figura solitaria pero firme, defendiendo el monoteísmo ético frente al poder político y la presión social.

El rey Acab y su esposa Jezabel, promovían activamente el culto al dios Baal, desplazando la fidelidad al D’s de Israel.

La influencia de la reina -princesa de origen fenicio-, introdujo prácticas paganas y persiguió a los profetas, los cuales fueron asesinados. Elías fue el único que logró escapar.

El reino sufría sequía y hambruna y muchos culpaban a Elías por esos males.
En esa circunstancia, desafía a 450 falsos profetas de Baal en el Monte Carmel. Se construyen dos altares y se ofrece como holocausto un toro en cada uno. Allí se demostraría quién era el verdadero D’s.
Pero antes del fuego, antes del milagro, viene la pregunta del Profeta, que atraviesa generaciones, “…¿Hasta cuándo vacilarán entre dos caminos?…” “…Si D’s es el verdadero, síganlo; y si lo es Baal, síganlo a él…”.

Esa pregunta no quedó en el Monte Carmel. Sigue viva.
Podemos preguntarnos entonces, ¿Qué estamos adorando hoy?
Porque actualmente no fundimos oro para hacer estatuas, pero seguimos construyendo becerros. No existe la idolatría tal como la vemos en los textos antiguos. Sin embargo, encontramos otro tipo de idolatría, quizás más sutil y si se quiere, más nociva.
Hay quienes adoran el dinero, el poder o la fama, muchas veces a costa de otros. Miran al resto con aire de superioridad, creyendo que lo material define su valor, su estatus.

No comprenden que eso es efímero.
Adoran la riqueza; el éxito; el poder; el reconocimiento.
Vivimos en una cultura que mide el valor en cifras, cargos y exposición. Que admira al que acumula, sin preguntar cómo lo hizo. Que confunde visibilidad con grandeza. Que puede llegar a justificar la falta de ética, en nombre del progreso.
El dinero no es el enemigo. El poder no es el enemigo. La fama tampoco.

El problema comienza cuando dejan de ser herramientas y se convierten en el centro de nuestra identidad.
Cuando el “tener” desplaza al “ser”.
Cuando el prestigio pesa más que la conciencia.
Cuando el otro deja de ser prójimo y pasa a ser competencia.
Esa es la idolatría moderna, silenciosa, elegante, socialmente aceptada.

El profeta Elías se paró solo frente a una multitud. Moshé rompió las Tablas cuando entendió que no se puede sostener una alianza si el corazón está en otro lugar.

Ambos nos enseñan, que la verdadera crisis no es externa, sino interna.

Entonces la pregunta vuelve a surgir: ¿Qué estamos adorando hoy?

No importa cuánto tengas en tu cuenta bancaria, ni cuántas posesiones acumules. Lo que permanece es la integridad, la empatía y la coherencia.
Nuestra neshamá -alma- no tiene precio. No se vende.
Nuestra dignidad no cotiza en los mercados.
Y nuestra verdadera grandeza no necesita de aplausos.
Incluso después del Becerro hubo segundas Tablas. Una nueva oportunidad.

Siempre se puede volver a elegir.

Que, aun atravesando momentos oscuros, podamos responder con honestidad a la pregunta de Elías y elegir el camino de la claridad interior.

Que, si descubrimos pequeños becerros en nuestra vida, tengamos la valentía de desarmarlos.

Que este Shabat encuentres paz dentro de tu neshamá -tu alma-, sin miedo a equivocarte, dejando afuera lo mundano, lo superfluo y buscando la luz divina que ilumine a quienes te
rodean.

Shabat Shalom.
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Tetzavé

La haftará de Shabat Zajor, tomada del Libro de Samuel I, nos cuenta cómo el rey Saúl recibe la orden de enfrentar a Amalek, el pueblo que atacó a Israel cuando estaba débil y vulnerable.

Shaúl gana la batalla, pero no cumple del todo: deja con vida al rey y guarda lo mejor del botín. Cuando el profeta Shmuel lo confronta, Shaúl se justifica. Y ahí aparece la enseñanza central: no alcanza con “casi” hacer lo correcto.

Amalek, en nuestra tradición, simboliza la frialdad moral, la indiferencia, el “no es tan grave”.

Y el peligro más grande no siempre es el mal evidente, sino aquello que dejamos pasar, lo que relativizamos, lo que justificamos.

Shabat Zajor el Shabat de recordar no nos invita solo a mirar al pasado, sino a revisar el presente:

¿Dónde estamos actuando a medias?

¿En qué aspectos de nuestra vida sabemos lo que está bien, pero elegimos no hacerlo completo?

La haftará nos recuerda que la integridad no es parcial. Recordar es animarnos a vivir con coherencia, sin dejar vivo ese pequeño Amalek interior que enfría nuestra conciencia.

Sem. Martín Smith

Parasha Tetzavé

Respirar Amijai: la luz que no se apaga
Hay lugares donde uno entra y algo se afloja.
El pecho se abre. El ruido baja. Y por un instante, todo respira distinto.
La parashá Tetzavé, que estudiamos esta semana, comienza con un mandato simple: traer
aceite puro para encender la luz perpetua.
La luz del Mishkán no descendía del cielo.
Dependía del aceite que traía el pueblo.
Sin aceite, no había luz.
Sin luz, el espacio sagrado se apagaba.
La Torá nos enseña algo profundo:
los lugares que nos devuelven la paz no se sostienen solos.

Tetzavé, además, es la única parashá desde el nacimiento de Moshé donde su nombre no
aparece.
El líder está, pero no figura.
Porque la luz no depende de una persona, sino de una red que sostiene.

Vivimos rodeados de ruido, exigencias y ansiedad.
Por eso necesitamos espacios donde bajar la guardia, cantar, emocionarnos y sentir que no
estamos solos.
Eso no sucede por casualidad.
Sucede porque hay quienes prenden la luz, acomodan, organizan, escuchan y sostienen.
Sucede porque existe una comunidad como Amijai.

El mensaje de la Tora esta semana no es solo encender la luz.
Es no dejar que se apague.
Porque cuando la luz permanece encendida, todos respiramos mejor.

Sem. Brian Bruh

Haftara Truma

En la Haftará de esta semana (Reyes 1 5:26 6:13) leemos sobre la iniciativa del Rey Shlomo y la construcción del Primer Beit Hamikdash.

En en inicio, el texto describe la construcción del esqueleto externo del Templo, una estructura grande e impactante y previo a la descripción del interior D’s le habla a Shlomo diciendo: (versículos 12 y 13 del capítulo 6 ) “En cuanto a esta casa que estás edificando, si anduviereis en Mis estatutos, cumpliereis Mis ordenanzas y guardareis todos Mis mandamientos andando en ellos, Yo cumpliré Mi palabra contigo, la cual hablé a David tu padre, y habitaré en medio de los hijos de Israel, y no abandonaré a Mi pueblo Israel” D’s le aclara a Shlomo que su permanencia en el Templo tiene condiciones, que el Beit Hamikdash sea una casa para D’s depende de nosotros, somos nosotros quienes con nuestro comportamiento nos acercamos o alejamos de la presencia divina.

Sin embargo, Shlomo, aun con las advertencias y la incertidumbre acerca del futuro, no se desanima, no renuncia y continúa construyendo el Templo con entusiasmo, embelleciéndolo.

D’s le recuerda la importancia de lo interior, los valores profundos que hacen que el Templo se convierta en un Santuario y Shlomo sigue adelante con convicción y esperanza Que este poderoso mensaje nos acompañe fortaleciendo nuestra identidad , manteniendo nuestro compromiso con los valores del pueblo judío y la esperanza y convicción en un futuro mejor para Israel y para toda la humanidad.

Am Israel Jai
Shabat shalom
Debi Fridman

Parasha Truma

Hay parashiot donde la Torá nos cuenta una historia. Y hay parashot donde la Torá… nos arma un plano

Esta es una de esas semanas donde, si uno está distraído, puede pensar: “¿Otra vez medidas? ¿Otra vez materiales?”. Oro, madera de acacia, cortinas, anillos, rampas (Shemot 25–27). Casi dan ganas de decir: “Moshe, confiamos en vos, no hace falta tanto detalle”.

Pero la Torá no escribe por metro cuadrado. Si detalla, es porque quiere enseñar algo. El Rambán dice que el Mishkán es la continuidad del Sinaí en versión cotidiana (Rambán a Shemot 25:1). En el Sinaí hubo fuego, truenos, revelación. Pero eso no puede vivir solo del impacto. Necesita estructura para quedarse.

El judaísmo no se sostiene sobre momentos místicos aislados, sino sobre marcos que transforman la emoción en vida diaria. La revelación sin estructura se evapora. La estructura sin espíritu se vacía. Entonces, ¿qué representa el Mishkán?

En el centro está el Arón con las Lujot (Shemot 25:16). En el corazón hay palabras. Hay valores. Hay Torá. Eso ya es un mensaje fuerte: lo que sostiene todo no es lo que brilla, es lo que orienta. Después está la Menorá (Shemot 27:20). Rashi explica que su luz no es para que Dios vea, sino para simbolizar sabiduría. Luz es claridad. Y sin claridad, uno puede tener mucha energía… pero no dirección.

La mesa con el Lejem HaPanim (Shemot 25:30) representa el sustento. El pan está ahí toda la semana. El judaísmo no huye del mundo material. Lo ordena. Lo integra. Lo pone en su lugar. El altar del incienso (Shemot 30:7–8) habla de lo invisible. El aroma no se ve, pero transforma el ambiente. Hay cosas que no hacen ruido, pero cambian el clima entero.

Y el gran altar exterior (Shemot 27:1–8) es acción. Allí algo se ofrece, se transforma. No alcanza con tener valores lindos en el Arón si no bajan al patio de la vida.

Ahora, vayamos esto a nuestro hoy: vivimos en una época donde todo es fachada y poco es centro. Mucha exposición, poca estructura. Mucho discurso, poca coherencia. Cuando una persona no tiene un “centro” claro, vive fragmentada. Mucha emoción, poca dirección. Mucha reacción, poca conciencia. Una sociedad sana necesita marcos que traduzcan ideales en prácticas concretas.

El Mishkán no es nostalgia arquitectónica. Es un modelo de vida.

Primero, un centro claro: ¿cuáles son mis Lujot? ¿Qué valores realmente me orientan? Después, luz: ¿mi mirada está iluminada por sabiduría o por impulsos? Luego, lo material: ¿el pan es medio o es fin? Interioridad: ¿hay algo en mí que no se muestra pero sostiene todo? Y finalmente, acción: ¿lo que creo se traduce en lo que hago?

Espiritualidad no es flotar. Es ordenar. En un mundo acelerado, el Mishkán nos recuerda algo simple y profundo: sin estructura, la emoción se pierde; sin valores en el centro, todo lo demás se desordena.

Tal vez la pregunta de esta semana no sea cómo era el Mishkán hace miles de años. Tal vez sea esta: ¿Mi vida tiene un centro tan claro como el suyo? ¿O estoy construyendo hacia afuera sin haber definido qué guardo adentro?

¡Shabat Shalom!
Wally Liebhaber

Haftara Mishpatim

Esta haftará corresponde a la Parashá Mishpatím, que significa
“Ordenanzas” o “Leyes”. No se trata de normas abstractas, sino de
mandatos que regulan la vida cotidiana y las relaciones humanas, como la justicia social, la responsabilidad, la dignidad y el cuidado del otro. Desde ese punto se entiende la fuerza del mensaje profético que acompaña a esta lectura.

Jeremías fue un profeta que vivió uno de los momentos más oscuros de la historia de Israel, en los últimos años del reino de Yehudá, poco antes de la destrucción de Jerusalén y del Primer Templo. No fue un profeta cómodo ni querido. Alzó su voz cuando la mayoría prefería callar, cuando la fe y los valores habían perdido peso en la vida cotidiana. Su mensaje no apuntaba a la falta de ritual, sino a algo más profundo, la incoherencia entre lo que se decía creer y la forma en que se vivía.

En la haftará, el pueblo había sellado un pacto sagrado, liberar a los esclavos hebreos, como lo ordena la Torá; luego de seis años de trabajo, en el séptimo debían ser liberados. Lo hicieron, pero luego retrocedieron.
Cuando la presión del rey disminuyó, volvieron a someterlos.

El profeta es contundente, un pacto con D’s no se cumple solo cuando
conviene. No se puede hablar de libertad mientras se oprime al otro.

No se puede invocar el Nombre divino y traicionar la justicia.
La haftará nos deja preguntas que atraviesan el tiempo y nos alcanzan hoy, ¿Somos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos?
¿Defendemos la justicia solo cuando no nos incomoda?
¿Liberamos al otro, o solo cambiamos las formas de la opresión?

El mensaje final, de Jeremías, devuelve esperanza. Así como el pacto con el día y la noche es inquebrantable, también lo es el compromiso de D’s con su pueblo. Pero esa promesa no anula la responsabilidad humana. D’s no abandona, pero tampoco reemplaza nuestra conciencia.

Hoy, desde Israel, estas palabras resuenan con una fuerza especial. Como la voz de un pueblo que vive entre la amenaza y la esperanza, esta haftará nos llama a no perder la humanidad en nombre de la defensa, a no confundir firmeza con dureza, ni fe con indiferencia. Nos recuerda que la verdadera fortaleza de un pueblo no está solo en su poder, sino en su ética; que la fidelidad al pacto se expresa en cómo cuidamos la vida, en cómo tratamos al más vulnerable, incluso en los momentos más difíciles.

Que sepamos sostener la justicia no solo cuando es fácil, sino cuando es necesaria.

Que la fe no quede solo en palabras, sino que se vuelva gesto, elección y cuidado.

Que aun en tiempos de miedo, cansancio y dureza, no apaguemos la chispa de humanidad que habita en nosotros.

Que este Shabat sea un espacio de descanso para el alma, un tiempo para volver al centro, para recordar que la libertad empieza dentro y que la justicia florece cuando el corazón permanece sensible.

Que el Kadosh Barjú nos conceda la fuerza de elegir el bien, la sabiduría de no endurecernos y la luz para caminar con dignidad, incluso en los días difíciles.

Shabat Shalom
Am Israel Jai
Susy Lapilover