Parasha Vaikra

וַיִּקְרָ֖א אֶל־מֹשֶׁ֑ה וַיְדַבֵּ֤ר ה’ אֵלָ֔יו מֵאֹ֥הֶל מוֹעֵ֖ד לֵאמֹֽר.

“Y lo llamó a Moshé y le habló Adonai desde la Tienda de Reunión diciéndole…” Vaikrá- Levítico 1:1 Así comienza Sefer Vaikra, el tercer libro de la Torá, también conocido como Torat Hakoanim.

Un comienzo al menos enigmático que nos lleva a preguntarnos si hay aquí un problema sintáctico. Por qué lo llama antes de hablarle. ¿Será sólo una mera duplicación del intento de comunicarle algo? ¿Qué contenido tiene ese llamado? En la Torá nada esta librado al azar…

Uno de los modos que tenemos de descubrir, quizás, el sentido de este inicio es caminar hacia atrás en el texto y leer el final del libro anterior- Sefer Shemot/Éxodo y, ver si encontramos alguna respuesta allí…

“Y la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo. Moshé no podía entrar en la Tienda de Reunión porque la nube se posaba sobre ella y la gloria del Señor llenaba el Tabernáculo.” Shemot-Éxodo 40:34-35

Detengámonos aqui. Moshé trabajó arduamente para que el pueblo tuviera ese espacio físico sagrado donde la presencia de Dios se sientiera garantizada entre los hijos de Israel y, cuando se terminó de erigir, el libro de Shemot nos cuenta que Moshé no podía entrar a la Tienda porque la nube de la presencia divina se posaba sobre ella… En una primera lectura diríamos que es un tanto ¿injusto?

El Midrash Vaikrá Rabá va a explicarlo con una parábola: Esto es como un rey que le pide a su siervo «Constrúyeme un palacio». En cada objeto que construía el siervo, escribía en él el nombre del rey. Levantó muros y escribió en ellos el nombre del rey. Puso columnas y escribió en ellas el nombre del rey. Estableció vigas y escribió en ellas el nombre del rey.

Finalmente, cuando el rey entró en el palacio y vio que todo lo que veía contenía su nombre, dijo: Toda esta gloria me la hizo mi siervo, ahora yo estoy dentro, pero él está fuera… El palacio era majestuoso e imponente, honrando al rey en todos los sentidos. Pero también estaba desprovisto de gente y, por lo tanto, inútil como recipiente para el servicio real. Entonces el rey llama a su siervo y lo invita a entrar: «קראו לו שיכנס לפני ולפנים». No te quedes afuera, dice.

Ven y únete a m. Estate conmigo en este gran espacio…es aquí donde perteneces.”

Imagino a Moshé, líder fuerte y a su vez obediente a la voluntad divina, merodeando la construcción terminada perplejo por no poder ingresar; quizás con miedo o hasta con cierto enojo.

Y, entonces aparece la palabra Vaikrá- y lo llamó; como explican nuestros sabios, este llamado conlleva el lenguaje del afecto. -Ven, no te vayas, no te alejes, entra que este lugar es nuestro. Te invito.

Y, es más. Cuando abrimos el rollo de la Torá descubrimos que la “Alef”, la letra muda con la que culmina la palabra Vaikrá, está escrita más pequeña que las otras letras; וַיִּקְרָ֖א.

Algunos exégetas imaginan que el tamaño reducido de la letra indica el tono de voz- casi un susurro , con el que Moshe es llamado Lo convoca con una voz tranquila, para no asustarlo y permitirle que entre sin temor al lugar más sagrado del mundo; susurrándole que cruce el umbral de afuera hacia adentro.

Y siguen explicando nuestros maestros, que no es casual que sea la Alef la letra elegida para este guiño de la escritura; porque el número que la representa es el Uno…Ejad que alude a la unión, a lo completo ,lo compartido, lo nuestro. Es juntos, es de todos unidos…

Todos nosotros, habitamos hoy, todavía, en este mundo fracturado, también definido por un adentro habitado por pocos y vedado para todos los muchos que deambulan por fuera.

Aquellos que sólo necesitarían de un llamado en voz baja que los anime a cruzar esa barrera que los deja afuera de lo que deberían ser parte. A veces lo que se necesita es la voluntad de un llamado. Una mano tendida, una propuesta que los saque del territorio de las márgenes para legitimarlos en un adentro que les devuelva la dignidad.

Hacer valer esa “alef”, tan poderosa como la misma representación de la unicidad de Dios que sólo precisa de una pequeña manifestación para que lo divino tenga sentido en nuestros discursos al hacerlos actos de unificación de aquello que, la historia desigual de nuestro tiempo, se empecina en tornarlo un imposible.

Estamos preparándonos para la festividad de Pésaj; la gesta de un pueblo que construía mansiones viviendo en la peor de las miserias. La libertad es una de las maneras de borrar esa línea que divide a los de adentro con los de afuera.

Una libertad acompañada de dignidad y justicia.

La diferencia entre el afuera y el adentro, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, es la conciencia de un suave llamado. Entonces cualquier adentro, por más palacio que sea, se transformará en santuario.

Shabat Shalom Umevoraj
Sandra Leb Epstein

Haftara Vaikra

Del Sacrificio a la Proximidad.
por Seba Cabrera Koch.

Haftará Vaikra: Comentario a Ieshaiahu (Isaías) 43:21-44:23

Esta semana comenzamos Vaikra, el Libro del Levítico, cuyas páginas representan, sin duda, un desafío para el lector moderno: a simple vista, puede resultar difícil encontrar un significado al concepto de sacrificar animales, rociar su sangre sobre un altar y quemar su carne. Puede parecer absurdo, y hasta herir susceptibilidades en algunos.

El Rab. Harold Kushner Z´L explica que “muchos solemos visualizar el mundo como si tuviera dos aspectos: el de lo santo (lo religioso) y el de lo profano (lo cotidiano, lo no religioso)”. Para ilustrar este punto, cita al teólogo Martin Buber, que enseñó que “la verdadera división es entre lo santo y lo que todavía no lo es. Todo lo que hay en el mundo de Di-s puede ser santo si uno comprende su santidad potencial”.

¿Qué pretendían los israelitas con el sacrificio de animales? Quizás, sencillamente buscaban trascender lo conocido, conectarse con aquello que no podían comprender.

Esta semana, a propósito de la haftará que nos convoca, me reencontré con un ensayo de 1893 titulado “Sacerdote y profeta”. Aquí, el intelectual judío y fundador del Sionismo Cultural Asher Ginzberg (1856-1927), mejor conocido como Hajad Haam, analiza la diferencia entre el Cohen-sacerdote y el Naví-profeta.

Hajad Haam utiliza estos dos arquetipos para representar dos ideales: el profeta que clama por la justicia social y el sacerdote que busca la estructura, el ritual y el orden. Cada uno tiene su lugar y propósito, pero ambos buscan conectar con la dimensión que los trasciende, en una búsqueda de cercanía con D-s y su mensaje.

Así como el Libro de Levítico comienza con la palabra Vaikra, “y [D-s] llamó” (Levitico 1:1); la Haftará (la porción de los profetas) para esta parashá, declara: “Este pueblo que formé para Mí, para que cuenten Mis alabanzas” (Isaias 43:21). D-s llama a un ser humano, un concepto extraordinario y desafiante desde la primera palabra, y le da un propósito.

Todo se trata de comunicación. Y la comunicación se trata de cercanía. La palabra en hebreo para sacrificio, korban, significa “acercar”. Ya sea a través del lenguaje de los korbanot en el pasado, o mediante la tefilá (la plegaria) en el presente, el ser humano sigue en búsqueda de esa proximidad.

¿Cómo logramos la cercanía con D-s? Y más aún, ¿cómo la logramos entre nosotros, con ese “próximo”? No lo sé, sinceramente, pero sin duda cada vez que intentamos tender puentes hacemos posible esa cercanía, ese llamado, para escuchar y ser escuchados, para reconocer y ser reconocidos. Un llamado, para dar lugar y entidad a un Otro. Un llamado, para construir Comunidad.

En un mundo fragmentado, el mensaje de esta semana es ese llamado, una invitación a reconstruir el pedacito de mundo que nos toca habitar, sobre la base de la responsabilidad mutua y el acercamiento a lo Divino. Beezrat H´ que podamos transformar el “sacrificio” en una verdadera “proximidad”, elevando cada dia, nuestra existencia cotidiana a la categoría de lo sagrado.

Shabat Shalom umeboraj!
Seba Cabrera Koch

Bibliografía / Lecturas sugeridas
-Avruj, A. Et ba zman. Sidur Tefilot Shabat y Festividades. 1er edición. 2015. Comunidad Amijai. Pág. 212.
-Coffman, A. Vaikra, Levítico 1:1–5:26. Tora con comentario de Rashi, tomo 3 Vaikra. 2001. Editorial Jerusalén.
-Goldstein E. Why I Love Leviticus. Vayikra, Leviticus 1:1−5:26. 2026 © Union for Reform Judaism
-Kandel Lamdan S. Torá y Revolución: Entre “Tikun Adam” y “Tikun Olam”. Maj´shavot. Volumen 60 Número 1 Año 2023. © 2026
Seminario Rabínico Latinoamericano “Marshall T Meyer”
-Surazski, G. (2021). “Fragmentos de cielo: perlas y comentarios a los cinco libros de la Torá”. Ediciones Seminario Rabínico
Latinoamericano “Marshall T Meyer”.Pág. 529.
-Zimran A. Este es el pueblo que formé para Mí, para que cuente mis alabanzas. Comentario a Yeshaiahu 43. © HaTanakh.com

Parasha Vayakhel-Pekudei

Las parashot de Vayakel y Pekudei, describen en detalle la construcción del Mishkán, el santuario que acompañó al pueblo de Israel durante su travesía por el desierto. Estas parashot cierran el libro de Shemot y relatan cómo el pueblo se une para llevar adelante un proyecto espiritual y comunitario de enorme importancia. Vayakel relata el proceso deconstrucció n, mientras que Pekudei describe su finalización y la rendición de cuentas de los materiales utilizados y el momento en que la presencia divina se posa sobre él. Es decir, juntas muestran el recorrido completo de una obra: desde la organización del pueblo hasta el momento en que el Mishkán queda finalmente terminado.

Uno de los midrashim más conocidos sobre la construcción del Mishkán plantea una pregunta interesante: ¿de dónde obtuvo el pueblo de Israel la madera necesaria si estaban en el desierto? El Midrash enseña que esos árboles habían sido plantados muchos años antes por Iaakov Avinu cuando descendió a Egipto con su familia. Iaakov entendió que algún día sus descendientes serían redimidos y necesitarían madera para construir un santuario para Dios, por lo que decidió sembrar cedros pensando en ese futuro.

Este midrash transmite una enseñanza profunda: construir no es solo una acción del presente, sino también un acto de visión hacia el futuro, saber mirar hacia adelante. Iaakov no llegó a ver el Mishkán, e incluso sus hijos tampoco lo verían terminado, pero su decisión permitió que generaciones después el pueblo pudiera llevar adelante esa construcción. El Mishkán fue posible porque alguien sembró pensando en el mañana.

De esta manera, el Mishkán no es solo una obra material, sino el resultado de un esfuerzo que atraviesa generaciones. Cada persona aportó algo diferente: materiales, habilidades, trabajo o creatividad. La Torá muestra así que los grandes proyectos comunitarios no se construyen de manera individual, sino a partir de la participación de todo el pueblo.

Parashat Pekudei marca el momento en que esa obra finalmente se completa. Cuando la nube divina desciende sobre el Mishkán y la presencia de Dios llena el santuario, nuestros sabios comparan ese momento con una boda: el día en que el pueblo de Israel y Dios sellan su vínculo, como una pareja que comienza una nueva etapa juntos.

Tal vez ese sea uno de los mensajes más actuales de estas parashot. Las comunidades no se construyen solo con recursos materiales, sino con visión, compromiso y continuidad entre generaciones. Cada generación recibe algo de quienes vinieron antes y tiene la responsabilidad de seguir construyendo para quienes vendrán después.

En ese sentido, cada uno de nosotros formamos parte de esa cadena. Así como Iaakov plantó cedros para el futuro, Vayakel y Pekudei nos recuerdan que todos somos, de alguna manera, constructores del Mishkán de nuestra generación.

Yael Krochman

Haftara Vayakhel-Pekudei

Hace algunos renglones nos encontrábamos frente a una de las construcciones mas conocidas de la Tora, el Becerro de oro, símbolo y creación de todo lo que no debía ser.

Ejemplo terrenal de todo lo que alguna vez Moshe le pidió a su pueblo que no hiciera.

La construcción que tiene como una de sus consecuencias la destrucción de las primeras tablas de la ley, pero a su vez fue la principal atracción para enfrentamientos, discusiones y conflictos.

Luego de aquella construcción volvemos a la programación habitual del final del libro de Shemot con la construcción del Mikdash. Pero aquí la belleza de nuestra Tora; Entre construcción y construcción, Moshe le recuerda al pueblo que ningún fuego debía ser encendido en Shabat. Y me pregunto ¿Qué tiene que ver el Shabat y el fuego entre la construcción de lo que no y la construcción de lo que si?
Absolutamente todo.

No hay ninguna manera de seguir construyendo sin frenar para levantar la cabeza y observar lo construido. No hay mejor Shabat que el que sirve para poder frenar la semana y  observar no solo donde estamos parados sino con quien estamos parados.

¿Y el fuego?

El fuego es el todo. Es el reflejo de lo mas profundo de nuestro alma, cambiante, colorido, en movimiento constante.

En las construcciones erradas o no acertadas, el fuego es la calentura, la ira, el enojo, el odio y la envidia. En las construcciones acertadas el fuego es la sonrisa, el abrazo y las ganas de bailar.

¿Qué es lo que no debemos encender en Shabat?

El enojo, la envidia, los celos, el fuego que te hace dejar de ser vos, para descansar entre construcción y construcción y de esa forma encontrarnos a nosotros mismos, para construir en cuerpo, alma y espíritu en el camino y la forma correcta.

Shabat Shalom
Sem. Brian Bruh

Más de 400 pastores evangélicos participaron en Buenos Aires del encuentro “Argentina Ama a Israel”

Más de 400 pastores evangélicos de toda la Argentina participaron el pasado martes 3 de marzo en el encuentro “Argentina Ama a Israel – Un Encuentro de Unidad, Fraternidad y Compromiso”, una iniciativa impulsada por la Unión Mundial Macabi a través de su Departamento de Educación, en el marco de su programa internacional “Embajadores de la Verdad”.

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Parasha Ki Tisa

Parashat Ki Tisá – Todos amamos el día de Shabat

Una canción de shule, dice “kol ejad ohev et iom ha-shabat / todos amamos el día de Shabat”, y yo les pregunto ¿es así? Primera pregunta.
El día de Shabat es kodesh, sagrado. ¿Qué significa eso para vos? Segunda pregunta.

Algunas ideas.
Pensemos en la Bendición del Shabat. Dice la Torá (Génesis 2:3): “Y bendijo Dios al séptimo día”. Hasta ese momento de la creación del mundo fueron bendecidas las criaturas y no los días, y ahora fue bendecido el día mismo. ¿Por qué un día —que es una medida de tiempo, un límite numérico y, por ende, una limitación— podría resultar en una bendición, que significa expansión y amplitud (exactamente lo opuesto)?

Solamente un día fue bendecido… es un poco raro.

Quizás tiene la particularidad el Shabat de ser especial (bendecido) desde el aspecto de la espiritualidad, y su perfección está dentro de sí misma y no le falta nada del exterior. Hay una explicación muy conocida de Rashí que dice que cuando comienza Shabat deberías sentir como si toda tu labor ya estuviera hecha (aunque por lo general eso no sea así, porque el lunes -o incluso antes- ya tenemos una agenda cargada).

Hay una idea al respecto en el Talmud (Shabat 118a): “A todo el que deleita el Shabat le dan una heredad sin límites”. Significa que quien amerita alcanzar el nivel del Shabat, saca de ese día las limitaciones materiales y logra un apego a lo espiritual tendrá un verdadero deleite, generando para él un estado de no-limitación. La bendición del Shabat es la expansión desde la estrechez mental limitada por los conceptos de este mundo hacia el mundo de la espiritualidad que es la ‘heredad sin límites’.

Resulta que podemos aprender que el concepto del Shabat es apartarse de los valores negativos y limitados de la materialidad. Y las prohibiciones de las labores (melajot) y el pedido de descanso con todos sus parámetros también son desde esta perspectiva (Mijtav Me-Eliahu, T.2, pág.15).

Nuestros Sabios nos enseñan (Beitzá 16a) que todos los preceptos fueron dados en público excepto el Shabat que fue dado en privado, como está dicho en esta parashá “Entre Mí y los Hijos de Israel es una señal para siempre” (Éxodo 31:17, y lo cantamos siempre en el “Beshamrú” del viernes a la noche, y el kidush del sábado al mediodía), y explicaron también que su recompensa no fue revelada. Esto sería así porque la santidad del Shabat se encuentra en el interior del corazón de cada uno de nosotros, en nuestra esencia.

El Shabat es la raíz de toda santidad y de él se extiende la santidad hacia el resto de los días de la semana. Hacia todo nuestro tiempo.

Toda la santidad de la vida se interpreta y se verifica en la medida de nuestro apego (dvekut) al Shabat. El Shabat aclara si es verdad que no tenemos nada que hacer, excepto dedicarnos a la espiritualidad. Y esto es “entre Mí y los Hijos de Israel es una señal”, porque el Shabat es la señal que aclara la verdad de la persona.

Entonces ¿Quién ama el Shabat? – “Mis Shabatot habrán de observar, ya que un signo es entre Mí y entre ustedes para vuestras generaciones,” (Éxodo 31:13).

En lugar de un mensaje unilateral desde estas líneas les dejo unas últimas preguntas, las cuales podemos charlar si alguno me busca:
Cierren los ojos por un momento y piensen: ¿qué asociaciones les evoca la palabra “Shabat”?

¿Qué es el Shabat para ustedes: un día libre de la escuela o del trabajo? ¿Tiempo de esparcimiento y charla con la familia? ¿Un día para el estudio de la Torá y plenitud espiritual? ¿Están satisfechos con la forma en que se ve su Shabat?

La mayoría de las respuestas están en vos que estás leyendo.
¡Un fuerte abrazo para toda la kehilá!

Shabat Shalom
Rab Meir Szames
La Ieshive

Haftara Ki Tisa

Lo que adoramos termina moldeando lo que somos.
Esta semana leemos la Parashá Ki Tisá, que significa “Cuando tomas”.
Los sucesos que se relatan en ella tienen una estrecha relación con la Haftará. El Becerro de Oro y las Tablas que arroja Moshé sobre el Becerro, no son solo un episodio del pasado; reflejan una crisis de identidad.

El pueblo, impaciente y temeroso, necesitó algo visible, algo inmediato, algo que pudiera controlar. Cambió lo eterno, por lo tangible.

Años más tarde, el Profeta Elías enfrentará una escena similar, tal como se relata en el libro de Reyes I.
En el contexto histórico, Elías fue un profeta del siglo IX a.e.c., vivió en el Reino del Norte de Israel, que atravesaba una profunda crisis espiritual. Emerge como figura solitaria pero firme, defendiendo el monoteísmo ético frente al poder político y la presión social.

El rey Acab y su esposa Jezabel, promovían activamente el culto al dios Baal, desplazando la fidelidad al D’s de Israel.

La influencia de la reina -princesa de origen fenicio-, introdujo prácticas paganas y persiguió a los profetas, los cuales fueron asesinados. Elías fue el único que logró escapar.

El reino sufría sequía y hambruna y muchos culpaban a Elías por esos males.
En esa circunstancia, desafía a 450 falsos profetas de Baal en el Monte Carmel. Se construyen dos altares y se ofrece como holocausto un toro en cada uno. Allí se demostraría quién era el verdadero D’s.
Pero antes del fuego, antes del milagro, viene la pregunta del Profeta, que atraviesa generaciones, “…¿Hasta cuándo vacilarán entre dos caminos?…” “…Si D’s es el verdadero, síganlo; y si lo es Baal, síganlo a él…”.

Esa pregunta no quedó en el Monte Carmel. Sigue viva.
Podemos preguntarnos entonces, ¿Qué estamos adorando hoy?
Porque actualmente no fundimos oro para hacer estatuas, pero seguimos construyendo becerros. No existe la idolatría tal como la vemos en los textos antiguos. Sin embargo, encontramos otro tipo de idolatría, quizás más sutil y si se quiere, más nociva.
Hay quienes adoran el dinero, el poder o la fama, muchas veces a costa de otros. Miran al resto con aire de superioridad, creyendo que lo material define su valor, su estatus.

No comprenden que eso es efímero.
Adoran la riqueza; el éxito; el poder; el reconocimiento.
Vivimos en una cultura que mide el valor en cifras, cargos y exposición. Que admira al que acumula, sin preguntar cómo lo hizo. Que confunde visibilidad con grandeza. Que puede llegar a justificar la falta de ética, en nombre del progreso.
El dinero no es el enemigo. El poder no es el enemigo. La fama tampoco.

El problema comienza cuando dejan de ser herramientas y se convierten en el centro de nuestra identidad.
Cuando el “tener” desplaza al “ser”.
Cuando el prestigio pesa más que la conciencia.
Cuando el otro deja de ser prójimo y pasa a ser competencia.
Esa es la idolatría moderna, silenciosa, elegante, socialmente aceptada.

El profeta Elías se paró solo frente a una multitud. Moshé rompió las Tablas cuando entendió que no se puede sostener una alianza si el corazón está en otro lugar.

Ambos nos enseñan, que la verdadera crisis no es externa, sino interna.

Entonces la pregunta vuelve a surgir: ¿Qué estamos adorando hoy?

No importa cuánto tengas en tu cuenta bancaria, ni cuántas posesiones acumules. Lo que permanece es la integridad, la empatía y la coherencia.
Nuestra neshamá -alma- no tiene precio. No se vende.
Nuestra dignidad no cotiza en los mercados.
Y nuestra verdadera grandeza no necesita de aplausos.
Incluso después del Becerro hubo segundas Tablas. Una nueva oportunidad.

Siempre se puede volver a elegir.

Que, aun atravesando momentos oscuros, podamos responder con honestidad a la pregunta de Elías y elegir el camino de la claridad interior.

Que, si descubrimos pequeños becerros en nuestra vida, tengamos la valentía de desarmarlos.

Que este Shabat encuentres paz dentro de tu neshamá -tu alma-, sin miedo a equivocarte, dejando afuera lo mundano, lo superfluo y buscando la luz divina que ilumine a quienes te
rodean.

Shabat Shalom.
Am Israel Jai
Susy Lapilover

Haftara Tetzavé

La haftará de Shabat Zajor, tomada del Libro de Samuel I, nos cuenta cómo el rey Saúl recibe la orden de enfrentar a Amalek, el pueblo que atacó a Israel cuando estaba débil y vulnerable.

Shaúl gana la batalla, pero no cumple del todo: deja con vida al rey y guarda lo mejor del botín. Cuando el profeta Shmuel lo confronta, Shaúl se justifica. Y ahí aparece la enseñanza central: no alcanza con “casi” hacer lo correcto.

Amalek, en nuestra tradición, simboliza la frialdad moral, la indiferencia, el “no es tan grave”.

Y el peligro más grande no siempre es el mal evidente, sino aquello que dejamos pasar, lo que relativizamos, lo que justificamos.

Shabat Zajor el Shabat de recordar no nos invita solo a mirar al pasado, sino a revisar el presente:

¿Dónde estamos actuando a medias?

¿En qué aspectos de nuestra vida sabemos lo que está bien, pero elegimos no hacerlo completo?

La haftará nos recuerda que la integridad no es parcial. Recordar es animarnos a vivir con coherencia, sin dejar vivo ese pequeño Amalek interior que enfría nuestra conciencia.

Sem. Martín Smith

Parasha Tetzavé

Respirar Amijai: la luz que no se apaga
Hay lugares donde uno entra y algo se afloja.
El pecho se abre. El ruido baja. Y por un instante, todo respira distinto.
La parashá Tetzavé, que estudiamos esta semana, comienza con un mandato simple: traer
aceite puro para encender la luz perpetua.
La luz del Mishkán no descendía del cielo.
Dependía del aceite que traía el pueblo.
Sin aceite, no había luz.
Sin luz, el espacio sagrado se apagaba.
La Torá nos enseña algo profundo:
los lugares que nos devuelven la paz no se sostienen solos.

Tetzavé, además, es la única parashá desde el nacimiento de Moshé donde su nombre no
aparece.
El líder está, pero no figura.
Porque la luz no depende de una persona, sino de una red que sostiene.

Vivimos rodeados de ruido, exigencias y ansiedad.
Por eso necesitamos espacios donde bajar la guardia, cantar, emocionarnos y sentir que no
estamos solos.
Eso no sucede por casualidad.
Sucede porque hay quienes prenden la luz, acomodan, organizan, escuchan y sostienen.
Sucede porque existe una comunidad como Amijai.

El mensaje de la Tora esta semana no es solo encender la luz.
Es no dejar que se apague.
Porque cuando la luz permanece encendida, todos respiramos mejor.

Sem. Brian Bruh