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Parasha Vaiera

PARASHAT VAIERÁ — CUANDO DIOS APARECE EN EL ROSTRO DEL OTRO

Hay momentos en los que estamos tan ocupados con nuestras propias preocupaciones, nuestros dolores y nuestras urgencias, que dejamos de ver lo que sucede a nuestro alrededor. Y quizás uno de los mayores desafíos espirituales de nuestro tiempo no sea aprender a mirar más lejos, sino recuperar la capacidad de mirar a quien tenemos cerca.

Parashat Vaierá comienza con una frase extraordinaria: “Vaierá elav Adonai” “Y se le apareció Adonai” (Bereshit 18:1).

Dios se revela a Abraham. Sin embargo, apenas unos versículos después, Abraham levanta sus ojos, descubre a tres visitantes que caminan por el desierto y corre a recibirlos.

La Torá nos presenta una escena sorprendente: Abraham está frente a la Presencia Divina y, aun así, interrumpe ese encuentro para atender a unos desconocidos. El Talmud enseña de este episodio una enseñanza revolucionaria: “Guedolá hajnasat orjim mekabalat penei haShejiná”, recibir huéspedes es más importante que recibir la propia presencia del Kadosh Baruj Hu.

¿Cómo puede ser que atender a otro ser humano sea más importante que permanecer frente a Dios?

Quizás porque Abraham comprende algo esencial: la espiritualidad no consiste solamente en buscar a Dios en los cielos, sino en aprender a reconocer Su presencia en la tierra. Rashi, al comentar el comienzo de la parashá, explica que Dios había venido a visitar a Abraham mientras se recuperaba de su brit milá. Abraham está dolorido. Está vulnerable. Tiene motivos suficientes para permanecer concentrado en sí mismo. Y, sin embargo, cuando ve a los visitantes, se levanta y corre hacia ellos. Es justamente allí donde aparece su grandeza.

No espera a sentirse completamente bien para hacer el bien. No necesita que desaparezcan sus dificultades para reconocer las necesidades de los demás. Abraham nos enseña que incluso cuando algo nos duele, todavía podemos convertirnos en alivio para alguien más.

Vivimos en una época en la que vemos muchísimo, pero no siempre miramos verdaderamente. Estamos conectados con cientos de personas y, sin embargo, podemos permanecer desconectados de quienes tenemos al lado.

Quizás por eso la palabra que da nombre a nuestra parashá, Vaierá, “y se apareció”, nos invita a pensar también en nuestra propia capacidad de ver. ¿A quiénes estamos dejando de ver? ¿Quién está esperando una llamada, una palabra, una visita, una pregunta sincera? ¿A quién podríamos hacerle sentir que su presencia importa?

Una comunidad no se construye solamente compartiendo un espacio, una tradición o una tfilá. Se construye cuando aprendemos a reconocer al otro, especialmente cuando ese otro necesita ser visto. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas de Abraham: no tenemos que elegir entre nuestra relación con Dios y nuestra responsabilidad hacia los demás.

Porque muchas veces, el encuentro con Dios comienza precisamente cuando abrimos la puerta para recibir a otro ser humano.

Que este Shabat podamos levantar los ojos, como Abraham, y descubrir las presencias que esperan nuestra mirada.

Shabat Shalom.
Rabina Sarina Vitas

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