El nombre que todavía podemos estrenar
Esta Haftará empieza hablando de ropa. El profeta Ieshaiahu dice: “Dios me vistió con ropas de salvación y me cubrió con un manto de justicia” (Ieshaiahu 61:10)
Y uno podría preguntarse: ¿qué tiene que ver la ropa con la salvación? Probablemente, bastante.
Porque todos salimos al mundo vestidos. No solamente con lo que encontramos limpio esa mañana o con ese saco que usamos cuando queremos que los demás crean que tenemos la vida más o menos ordenada.
También nos vestimos con historias.
Con lo que nos dijeron que éramos.
Con el lugar que ocupamos en nuestra familia.
Con nuestros logros, nuestros errores y las expectativas de los demás.
Y hay prendas que llevamos durante tantos años que terminamos creyendo que son nuestra piel.
“Yo soy así.”
“Esto no es para mí.”
“Siempre me pasa lo mismo.”
“A esta altura ya no voy a cambiar.”
Frases que parecen describirnos, pero que muchas veces terminan condenándonos.
Porque no es lo mismo decir “me equivoqué” que decir “soy un fracaso”. No es lo mismo haber sido abandonado que vivir para siempre bajo el nombre de “abandonado”.
Hay dolores que nos pasan. El problema empieza cuando les damos permiso para definirnos.
Y entonces Ieshaiahu anuncia: “Ya no te llamarán abandonada” (Ieshayahu 62:4)
Y agrega: “Serás llamada con un nombre nuevo” (Ieshaiahu 62:2)
Al parecer la redención empieza cuando dejamos de llamar identidad a una herida.
Dios no niega nuestro pasado. No nos propone hacer de cuenta que nada pasó, barrerlo debajo de la alfombra e invitar gente a casa como si ahí abajo no hubiera un pequeño quilombo emocional.
El judaísmo no nos pide negar lo vivido. Nos pide que no quedemos presos de eso.
Nuestro pasado puede explicar mucho de lo que somos, pero no tiene por qué decidir quiénes vamos a ser.
Después, el profeta cambia de imagen: “Como la tierra hace brotar sus plantas y como el jardín hace crecer sus semillas, así Dios hará brotar la justicia y la alabanza” (Ieshaiahu 61:11)
Una semilla es una cosa bastante rara. Es chiquita, la entierran, la tapan con tierra y la dejan en la oscuridad. Si uno no conociera el proceso, pensaría que no la están sembrando: la están castigando.
Sin embargo, debajo de la tierra algo está pasando.
A nosotros también nos toca atravesar momentos en los que aparentemente no pasa nada, pero por dentro algo empieza a moverse.
Una conversación nos queda dando vueltas.
Una pérdida nos obliga a revisar prioridades.
Un límite empieza a enseñarnos a cuidarnos.
Un pedido de perdón abre una puerta.
No todo crecimiento se ve. No toda transformación hace ruido. A veces, el cambio más importante empieza el día en que dejamos de repetir la misma respuesta de siempre.
Pero la Haftará tampoco nos deja esperando de brazos cruzados: “Por amor a Tzión no callaré y por amor a Jerusalem no descansaré” (Ieshaiahu 62:1)
La esperanza judía nunca fue decir: “Quedate tranquilo, todo va a estar bien”, y esperar que alguien más se haga cargo”
La esperanza judía es una responsabilidad. Es creer que el mundo puede ser distinto y, justamente por eso, entender que nosotros tenemos algo para hacer.
Por eso el profeta ordena: “Preparen el camino, quiten las piedras” (Ieshayahu 62:10)
No dice: “Esperen sentados, que Dios se ocupa de la obra”.
Dice: saquen ustedes las piedras.
Porque Dios puede mostrarnos un camino, pero somos nosotros quienes tenemos que hacerlo transitable.
¿Y cuáles son esas piedras?
Un prejuicio.
Un enojo que seguimos alimentando.
Una conversación que venimos pateando.
Una indiferencia que disfrazamos de falta de tiempo.
O esa capacidad tan humana de detectar, con una precisión impresionante, todo lo que los demás deberían cambiar.
El judaísmo es una protesta contra la idea de que el mundo tiene que quedarse como está. No podemos resolverlo todo, pero tampoco podemos usar eso como excusa para no hacer nada.
Estamos transitando Elul. Un tiempo para mirar el año que pasó y preguntarnos:
¿Qué nombre estuve llevando?
¿Qué historia sigo contando sobre mí?
¿Qué ropa ya no me representa?
¿Qué piedra puedo sacar del camino de alguien más?
Hacia el final, la Haftará nos regala una imagen profundamente tierna: “En todas sus angustias, Él estuvo angustiado… Con amor y compasión los redimió; los alzó y los sostuvo” (Ieshaiahu 63:9)
Dios no mira nuestro dolor desde una platea preferencial. No nos grita desde lejos: “Dale, vos podés”.
Dios se conmueve. Se acerca. Nos banca. Carga con nosotros.
Y quizás ésa sea también nuestra tarea: parecernos un poco más a ese Dios.
Estar presentes.
Ayudar a cargar.
No abandonar.
Y recordarle al otro que su dolor no es su nombre definitivo.
Una comunidad no es solamente un grupo de personas que se junta. Es un espacio en el que alguien puede llegar sintiéndose invisible y volver a sentirse mirado. Entrar creyéndose solo y descubrirse acompañado.
Que en este Elul podamos sacarnos las etiquetas que ya no nos dejan crecer. Que podamos vestirnos con un poco más de justicia, sensibilidad y esperanza.
Y que, cuando alguien se sienta “abandonado”, encuentre en nosotros una comunidad capaz de llamarlo por un nombre nuevo:
Buscado.
Querido.
Necesario.
Parte.
Porque quizás la redención no siempre empiece con un milagro.
A veces empieza cuando alguien nos mira con amor, nos llama por nuestro verdadero nombre y nos recuerda que nuestra historia todavía no terminó.
Shabat Shalom,
Wally Liebhaber
