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Parasha Sucot I

Seamos sinceros por un segundo. Si un arquitecto te presentara el proyecto de la sucá, lo echabas. “Mirá, tenés una casa con paredes que aguantan y un techo que, milagrosamente, no gotea. Bueno: la idea es que la dejes, te mudes siete días a una casilla de tres paredes, y que el techo (esto es importante) gotee. Por norma.” Le pedís la matrícula y lo acompañás a la puerta. Y sin embargo, a esa mudanza absurda la Torá le puso el mejor nombre de todo el calendario: zman simjaténu, el tiempo de nuestra alegría.

No es un descuido de redacción. Es una tesis.

Empecemos por el texto. La Torá dice (Vaikrá 23:43) que habitamos en cabañas “para que sepan las generaciones que en sucot hice habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de Egipto”. ¿Y qué eran esas cabañas? El Talmud (Sucá 11b) trae una discusión hermosa: Rabí Eliézer dice que eran las nubes de gloria, ananei hakavod; Rabí Akivá dice que eran chozas de verdad. O sea que hasta la protección original fue, o algo que no podías tocar, o cuatro palos en el desierto. Nunca fue una pared gruesa. Rab Jonathan Sacks Z´L lo llamaba “la festividad de la inseguridad”: la única fiesta que celebramos, a propósito, sin la seguridad del hogar. Casi todos los pueblos levantaron monumentos de piedra para gritar “esto dura para siempre”. Nosotros festejamos lo más alegre del año en una choza que se desarma con el viento.

Y en el centro de esos días, cuatro plantas atadas (Vaikrá 23:40). El midrash (Vaikrá Rabá 30:12) las lee así: el etrog tiene gusto y perfume; el lulav, gusto sin perfume; el hadás, perfume sin gusto; y la aravá, la ramita de sauce, no tiene ni una cosa ni la otra. Cuatro maneras de ser persona: el que tiene saber y buenas obras, el que tiene una sola, y el que aparentemente no tiene ninguna. ¿Y qué dice D´s, según ese midrash? Que se aten todos juntos en un mismo manojo, y unos expíen por otros. La mitzvá no se cumple si soltás una sola especie. Ni siquiera podés hacer el gesto sin el que, dicen, no trae nada. No lo toleramos: lo necesitamos.

Y fijate que no se agarran con la cabeza: se agarran con el cuerpo. Otro midrash (Vaikrá Rabá 30:14) dice que el lulav es la columna, el etrog el corazón, el hadás los ojos y la aravá los labios. Levantás las cuatro especies y estás levantando una persona entera. La alegría judía no es un concepto: se para, se sostiene, se agita.

Ahora la parte más humana. Nos pasamos la vida construyendo corazas: el título, la casa, la cara que ponemos para entrar a una reunión. La coraza protege, no lo discuto. Pero la misma pared que te cuida es la que deja al otro afuera, y uno puede terminar perfectamente seguro y perfectamente solo. La sucá es la decisión contraria: bajar la guardia, abrir la puerta. Por eso la tradición manda invitar a los ushpizín, los huéspedes celestiales. Pero el Zohar agrega algo que incomoda: la porción de esos huéspedes ilustres es, en realidad, la porción del pobre. Si te sentás a disfrutar tu sucá y en tu mesa no hay lugar para el que no tiene, los huéspedes se van. No hay alegría privada que sea kasher.

Por eso el Rambam (Hiljot Lulav 8:15) se anima a decir algo picante: la alegría con la que hacés la mitzvá es, ella misma, un gran servicio a D´s, y el que se guarda de esa alegría merece reproche. La simjá no es el postre de la mitzvá. Es la mitzvá.

Y entonces, el techo. El techo se deja abierto (esto es ley) para que, cuando levantes la vista desde adentro de esa casa frágil, todavía se vean las estrellas. Ahí está todo. Salís de la pared que te separaba, te sentás en una casa que cualquiera puede mirar por arriba, ponés al otro en tu mesa, y recién ahí mirás hacia arriba. Como si la única manera de ver el cielo fuera bajar un poco las defensas.

Que lo que te sostiene, al final, nunca haya sido la pared.

Jag saméaj! Shabat Shalom!
Wally Liebhaber

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