El frío del rey
Hay textos bíblicos que empiezan con truenos y revelaciones. Este empieza con un señor mayor que tiene frío.
“El rey David era anciano, entrado en días; lo cubrían con ropas, pero no entraba en calor” (Reyes I 1:1). El mismo David que mató a Goliat con una piedra, que bailó delante del Arca, que escribió los Salmos, ahora está en la cama pidiendo otra frazada. La solución de sus asesores es, digamos, muy de época: buscan una joven hermosa, Abishag, para que lo abrigue. No funciona. Porque hay fríos que no se arreglan con calefacción.
La haftará de Jaié Sará se eligió por una frase. La parashá dice “Abraham era anciano, entrado en días”. La haftará dice exactamente lo mismo de David. Dos viejos en el mismo umbral. La diferencia es qué hace cada uno con el tiempo que le queda. Abraham, viejo, se mueve: compra una tumba, busca una nuera, ordena la herencia. David, viejo, tirita.
Y mientras el rey tirita, el reino no espera. Su hijo Adoniá se autoproclama rey con carros, jinetes y cincuenta muchachos corriendo adelante, que es la versión bíblica de llegar al cumpleaños de la abuela con bombos y redoblantes. Organiza un banquete con sacrificios e invita a todos los hermanos y a todos los funcionarios de medio reino. A todos menos a Salomón. Una asunción con lista de invitados curada. Nada nuevo bajo el sol, como diría justamente Salomón unos años después.
Pero el texto esconde, en el versículo 6, la frase que lo explica todo: “Su padre nunca lo había contrariado en toda su vida, diciéndole: ¿por qué hiciste esto?”.
Ahí está el verdadero frío de David. No viene de la vejez. Viene de antes. Un padre que nunca preguntó “¿por qué?”, que nunca dijo que no. El que venció a Goliat no se animó con sus propios hijos. Y el hijo al que nunca le pusieron un límite crece con una convicción peligrosa: que todo le corresponde. Hasta el trono de un padre que todavía respira. A veces lo que parece ternura es, en el fondo, ausencia. Y la ausencia también educa.
Entonces entra en escena Batsheva, empujada por el profeta Natán, que le arma el libreto completo. Ella lo dice tal cual, pero después improvisa la mejor línea de la obra: “Mi señor rey, los ojos de todo Israel están puestos en vos, para que les digas quién se sentará en tu trono”.
No le pide un favor. Le devuelve el lugar. Le recuerda que no decidir también es decidir, y casi siempre lo peor. Natán remata con una pregunta tan educada como filosa, y algo en el viejo rey se destraba. Jura que Salomón reinará, y agrega: “Lo haré hoy mismo”.
Hoy mismo. Después de años de postergaciones, el hombre que no entraba en calor con ninguna manta se calienta con una decisión.
Algunos dicen que la medida de un líder no es lo que construye mientras está, sino lo que deja funcionando cuando ya no está. Abraham lo entendió temprano. David lo entendió tarde y con ayuda. Pero lo entendió. Y Batsheva, inclinándose ante un anciano que temblaba, le dijo: “Que viva mi señor el rey David para siempre”. Parecía una exageración protocolar. Era una profecía. David vive todavía, cada vez que alguien reza por Jerusalem, porque en el último minuto eligió que su historia siguiera en otro.
Hay algo profundamente espiritual en esto: la eternidad no se consigue aferrándose, sino soltando bien.
Todos tenemos algo que traspasar alguna vez. Una historia, un oficio, un lugar en la familia, una manera de estar en el mundo. Y todos conocemos la tentación de dejarlo para mañana, de no incomodar a nadie, de esperar que se acomode solo.
La haftará no nos dice qué hacer. Apenas nos deja una pregunta, de esas que conviene llevarse a casa: ¿cuál es esa decisión que venís postergando? Y la sospecha, un poco incómoda, de que quizás sea ella la que te está dejando frío.
Shabat Shalom.
Wally Liebhaber
