Lunes 18 de julio de 1994, 9:53 hs.

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La mañana del 18 de julio de 1994 amanece soleada y fría.

El reloj marca las 9:50 hs. La vida despierta en este lunes de AMIA. Las oficinas abren sus puertas, las computadoras se encienden, se desarchivan los papeles, mientras una radio encendida todavía comenta la final del mundial de fútbol de la noche anterior.

Y está la gente. Está Paola, yendo a buscar el café que le trae Jorgito, el mozo del bar de la esquina. En el 4º piso está Andrea, suspirando, frente a la larga fila en la Bolsa de Trabajo, donde también otros jóvenes como Analía, Carla, Emiliano, esperan ilusionados con conseguir lo que seguramente será su primer trabajo. Ahí mismo, en el 4º, está también Yanina, comenzando su día después del descanso merecido del fin de semana. Un poco más arriba, en el 5º piso, está Verónica atendiendo el teléfono, o quién sabe, tal vez charlando con Cristian y Vivi, sentados frente al monitor de su PC. Marisa en la recepción saluda con su habitual simpatía, y Sebastián, que baja del subte de la mano de su mamá, sonríe. Qué otra cosa pueden hacer sus 5 añitos que no sea sonreir.

Nada distingue esta mañana de las demás. El mismo reloj avanza en su derrotero hacia las 9:53 cuando un estallido de odio indiscriminado detiene caprichosamente todos los instantes con su asesino explosivo de horror.

El mundo se detiene. La vida se detiene.

El estupor y la angustia nos clavan al asfalto buscando… Nuestras miradas, se pierden en rincones, en paredes, pero sólo encuentran polvo y escombros sepultando cuerpos, sueños y esperanzas…

El tiempo pasa. Inexorable.

Y en la geografía de sus horas, nos seguimos descubriendo en lo que somos, 24 años después de la bomba que nos dejara el infinito cráter de la ausencia en nuestras vidas.

Hoy quizá podamos decir que convivimos con el dolor. Ese dolor que sin avisar se instaló como uno más en la familia, compartiendo nuestra mesa y durmiendo nuestros sueños.

Un dolor que no siempre es llanto. Un dolor que lejos de paralizarnos, nos agudiza, nos inquieta, nos moviliza en esta lucha cotidiana. Una lucha que sigue haciéndose más difícil día a día. Porque si bien el dolor es siempre el mismo, la impotencia aún toma cuerpo y crece, en la medida que la impunidad sigue transitando nuestras calles.

Una lucha que no debiera ser de unos pocos, aquellos que vivimos con la ausencia cotidiana. Una lucha que debiera ser la de toda una sociedad, que se niegue a seguir escuchando la justificación que esgrimen los inmorales para mantener la injusticia.

El tiempo pasa. Sin embargo por momentos, cuando todavía sentimos el calor de su última mirada, del último beso, nos parece que fue hace tan sólo un instante.

Aún hay noches en que nos dormimos con la ridícula esperanza de despertarnos y que alguien nos diga que todo es mentira. Que nada pasó.

Pero despertamos y hay un plato vacío en la mesa. Y hay un abrazo que no es. Hay una habitación cuidadosamente intacta donde sus imágenes, como ecos, aparecen por los rincones. Hay recuerdos que acarician. Hay viajes a la infancia. Hay libros, hay fotos. Y hay tantas cosas que hace tanto no hay. Sólo queda intentar mirar al cielo, y ver que allí están, con sus rostros que no envejecen, con sus sonrisas eternas.

Por ellos. Por las ilusiones frustradas. Por los ojos que no miran. Por las manos que no abrazan. Por el consuelo que no llega. Por las voces que no pasan del silencio y por los sueños, que nunca dejarán de ser sueños. Es por ellos y nada más que por ellos que debemos ser inclaudicables en la lucha por Verdad, por Memoria y por Justicia.

Por ellos.
Marina Degtiar

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