Parashat Sheminí. El silencio habla más que mil palabras

 En Parashá, Parashá Levítico-Vayikrá

Sacerdotes desobedientes, un padre silencioso y un Dios sumamente severo son los títulos de una historia a la que cuesta encontrarle una respuesta en nuestra Parashá. En un brillante y soleado día de primavera, en algún lugar del desierto del Sinaí, se inaugura finalmente el Mishkán, el Tabernáculo. Luego de 7 días, durante los cuales Moshé les enseñó a quienes ahora serán los Kohanim, Aharón y sus cuatro hijos, cuáles debían ser las tareas que debían realizar allí.

Es una experiencia espiritual asombrosa en la que “Un fuego divino desciende de lo alto, en el que todas las personas cantan al unísono, y caen sobre sus rostros”. Es el momento de una experiencia máxima para todas las personas del pueblo de Israel, pero especialmente para Aharon , el Sumo Sacerdote y hermano de Moshé.

En ese momento, sus dos hijos mayores, Nadav y Avihu, dan un paso al frente y cometen un acto equívoco que disipa el estado de ánimo y arruina toda la experiencia. La Torá simplemente dice que “le ofrecieron a Adon-i un fuego extraño, algo que Él no les mandó a hacer”.

Como si hubiesen estado colmados por tanta alegría al percibir el nuevo fuego, buscaron redoblar su amor, y entonces la ira de Dios se expresó al instante. “Un fuego descendió delante de ellos y los consumió, y murieron en la presencia de Dios”.

Un padre perdió un hijo. No solo uno, sino dos. No a través de una enfermedad larga y debilitante, sino repentina e inesperadamente. Y no en cualquier circunstancia, sino en el contexto de un acto de adoración sagrada. ¿Cuál es la reacción de Aharón? ¿Llora y rasga su ropa? ¿Grita de pena? ¿O desahoga su ira contra el Dios que le quitó a sus hijos? Ninguna de las anteriores. “Vayidom Aharon”. Aharon está en silencio. ¿El silencio del shock? Quizás. ¿El silencio de la aceptación del destino? También podría ser posible. O, tal vez, el silencio que se produce cuando el alcance y la profundidad de las propias emociones son demasiado abrumadoras para expresarlas con palabras.

Tenemos una costumbre interesante que recuerda el silencio de Aharon. Es la práctica de omitir del Kadish de duelo, uno de los párrafos que forman parte del Kadish Shalem (Completo). Este párrafo, que comienza con la palabra titkabel, dice: “Acepta nuestras oraciones y la plegaria de toda la casa de Israel, desde tu morada celestial”.

¿Por qué se omite este párrafo? Es, creo, el silencio de Aaron. Esta omisión es una declaración de desvinculación. Sí, Dios, voy a continuar rezando y sirviéndote, pero no puedo esperar en este momento, cuando me quitaste al ser que amo, declarar que Tú eres el que escucha las oraciones. Mi oración, al menos, ha quedado sin respuesta. En este momento de luto, no voy a pretender lo contrario.

La creencia en Dios es comprometernos a una relación con la presencia viva de lo divino. Nuestra relación con Él, como cualquier otra relación, va a tener momentos de amor e intimidad, así como momentos de enojo y distancia.

Es importante y consolador saber que nuestra tradición reconoce que Dios no siempre va a cumplir con nuestros pedidos, y que debemos expresar esa decepción para mantener la integridad de nuestra relación. A veces, la respuesta más poderosa y apropiada es el silencio.

Shabat Shalom
Sem. Mati Bomse

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