Haftará Bo – Irmiahu Jeremías 46:13-46:28

 

Volvemos a tratar sobre las palabras de uno de los profetas más prolíficos y del cual tenemos más datos de su vida. Nació en el año 650 AEC, hijo de cohanim, en Hanatot. Vivió la aniquilación del Imperio Asirio, el primer sitio a Ierushalaim y la destrucción de la ciudad por los babilónicos. Él, particularmente, fue desterrado a Egipto donde probablemente murió, otros piensan que sobre el final de su vida emigró a Babilonia y murió allí.
Esta vez, más que profético, se trata de un relato casi histórico. Luego de vivir el asedio de Ierushalaim, y conociendo las fuerzas del imperio Babilónico a las puertas de Egipto, es fácil vaticinar el final de un ciclo. Los babilonios se apoderaran de Egipto y pondrán fin al mayor reinado de la antigüedad, hasta ese momento. La relación con la Parashah de la semana es clara porque se trata de dos enfrentamientos de Paroh, aunque este último será unos 700 años después del enfrentamiento con Mosheh (creemos que el éxodo se produjo el 1313 AEC y los hechos del relato cerca del año 610 AEC).

Esta Haftarah nos habla de lo efímero de nuestra existencia y de nuestra obra, se trata del fin de una civilización en manos de un nuevo liderazgo que también pronto acabará. Visto desde nuestros días, han sucumbido los egipcios en manos de los babilonios, sucumbieron los griegos, y los romanos en manos de los bárbaros. Más cerca de nuestros días: ha pasado la colonización española y el Imperio Británico, ya no hay Unión Soviética, y en algún momento cesará el liderazgo de Estados Unidos, así será, a mi entender, tarde o temprano para todo.
Sin embargo el pueblo judío persiste a través de los siglos. Y creo que hay dos condiciones que contribuyen a esta situación, una conocida pero otra menos famosa.

La primera es nuestra disposición al cambio, a la adaptabilidad, nuestra flexibilidad. Hemos sabido cómo movernos, cómo emigrar, cómo comerciar, cómo pertenecer y cómo diferenciarnos en cada crisis y en cada situación. Somos judíos hoy y lo fueron nuestros ancestros en Praga, en España, en Israel o en Roma.

La segunda condición de perdurabilidad es que no tenemos una meta, que sin duda finaliza o cambia, sino una forma, un modo de ser y vivir. No vivimos por algo, sino más bien, vivimos de cierta manera. El amor al prójimo, el agradecimiento, el tikún olam, la tzedaká, las mitzvot, los mandamientos, la kehilah, no son objetivos de vida sino formas de vida. Cuando la vida de los pueblos se rige por objetivos grupales éstos pueden desaparecer o mutar de tal forma que estos pueblos desaparezcan con ellos, pero cuando se cambia el acento a la forma de vivir, a resaltar el camino de la vida, es que se hace perenne.

Sean bienvenidos al camino de la vida, el objetivo es personal.

Shabat Shalom
Gabriel Rosenzvit

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