Parashat Vaietzé. Viejas añoranzas – Comunidad Amijai

Parashat Vaietzé. Viejas añoranzas

 
El fruto nunca cae lejos del árbol. Y así es exactamente, todos llevamos rasgos, modos, genes de nuestros padres. Intentamos trascender sus flaquezas y problemas e imitar sus virtudes. Repetimos las historias y damos una vuelta de tuerca en algunos detalles, pero allí está, bien escondido en nuestro ser, la chispa que alguna vez fueron ellos y que hoy cargamos nosotros. No hablo solo de nuestros padres biológicos, hablo más que nada de nuestros patriarcas, Abraham, Itzjak y Iaacov, quienes nos dejaron su bendición en forma de legado y tradición.
Pero de los tres es Iaacov quien más nos marca. Tanto es así que el nombre que recibimos como pueblo es el de “Hijos de Israel (Iaacov)”, ya que éste representa la condición más humana en nuestros patriarcas. Abraham poseía una capacidad sin igual para la percepción de lo divino. Conversa con D’s, incluso hasta se anima a entender sus intenciones. Itzjak representaba lo completo, aquel que nunca dudó al punto tal que nunca abandonó la tierra que D’s le dio en heredad. Pero Iaacov tiene sus manías, sus problemas, sus angustias y sus puntos oscuros, él es un ser humano al cual se puede aspirar a ser.
Iaacov no es solo un modelo de imitación para cada judío en lo individual, sino sobre todo en lo colectivo. La vida del tercero de los patriarcas es la historia de todo el pueblo de Israel.
De sus 130 años de vida, 36 los pasó lejos de su hogar (Rashi Bereishit 28:9), en otras palabras, prácticamente un cuarto de su vida él lo vivió en el exilio. Y durante todos esos años solo un pensamiento lo mantuvo en eje, la añoranza de volver a la casa de su padre.
Y ya que te ibas, porque tenías deseo de la casa de tu padre” (Bereishit 31:30)
Según el mismo Labán, aún habiendo multiplicado exponencialmente su dinero, sus bienes, a pesar de haber formado una familia con varios hijos y esposas, Iaacov no era feliz. Todos esos años de éxitos materiales y familiares se encontraban opacados por la necesidad de volver a su hogar.
Así es la vida de cada judío en lo individual y en lo colectivo. Vivimos una vida en el exilio, gran parte de ese tiempo lo utilizamos para prosperar económicamente, socialmente y culturalmente. A veces incluso los años parecen minutos porque corremos detrás de la satisfacción de los deseos materiales. Pero al final nos damos cuenta que nuestro verdadero anhelo, esa vieja añoranza no es la de buscar el crecimiento económico, sino la de volver a la casa de nuestro padre en el cielo. A veces, entre tanta rutina, recordamos que vivimos en un estado de exilio de ese hogar que dejamos destruirse, de ese jardín del edén que no cuidamos.
El Vaietzé de Iaacov es aquella salida que alguna vez como pueblo lloramos, pero que al fin de cuentas, al final de nuestra historia recordaremos como una de las instancias que nos permitirán crecer y mejorar cada lugar de la tierra que durante nuestro exilio visitemos.

En aquel día veremos todo lo que conseguimos y nos sorprenderemos cuando nos demos cuenta que lo que verdaderamente importaba no era los bienes adquiridos, sino las experiencias, las luces que prendimos, la espiritualidad que incorporamos. Que comience el viaje.

Shabat Shalom

Alan Kuchler

 

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