Parashat Lej Lejá. La Brajá Ancestral

 

El comienzo de la historia de nuestro pueblo está cruzada por la promesa divina a nuestro patriarca Abraham de una gran descendencia a cambio de la creencia y confianza en la existencia de un D´s Único, Todopoderoso y Supremo. Esta promesa se encuentra simbolizada en dos grandes parábolas con las que D´s bendice a Abraham:

“Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada”. (Bereishit 13:16)

“Y le dijo: Mirá ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.” (Bereishit 15:5)

Así es realmente en la historia del Pueblo Judío no existe mayor brajá que la de la continuación de nuestra historia por parte de nuestra descendencia. Todos somos hijos de Abraham a tal punto que en cada una de las 3 Amidot (tefilot) abrimos nuestra serie de brajot reconociéndonos como sus herederos y pidiendo ser escuchados por sus méritos.

Pero en las Brajot que D´s regala a Abraham se esconde una bendición aún mayor, no sólo la promesa de hijos, sino sobre todo en la calidad que ellos tendrían. Para clarificar, nosotros, generaciones de hijos de Abraham, llevamos en nuestro ser la capacidad de ser como el polvo de la tierra o como las estrellas del cielo. Cada judío sin importar su condición, su sexo, edad, estudio de Torá o grado de espiritualidad es en potencia polvo en la tierra y luz en las alturas.
Así entonces, todos nosotros debemos sentirnos firmemente arraigados con nuestros pies a este mundo, pero mantener nuestras mentes en los cielos. Aunque también esto pueda explicarse de otra forma.

Tal como la tierra permite que crezca vida vegetal y se alimenten de ella todos los seres de este planeta, nosotros debemos hacer crecer vida de nuestro interior para ayudar a que todo el ecosistema funcione y adquiera nueva  vitalidad. Así como a la tierra hay que regarla para que no se seque y se transforme en polvo, nosotros debemos dejar que la lluvia caiga sobre nuestras almas para no sentir la sequedad en nuestros corazones.

Y tal como las estrellas guían a los caminantes en las difíciles y oscuras noches, nosotros debemos ser luz para todos aquellos que aún caminan por este mundo sin rumbo, a tientas, en la mayor oscuridad de todas. El pueblo judío ha sido llamado “Or LaGoim”, una luz para los pueblos, lo que no debe verse como un factor de superioridad, sino como la responsabilidad de hacer que este mundo se llene de luz. Y más aún, tal como la luz de las estrellas llega a lugares remotos, el rol de todo heredero de Abraham es el de crear una luz que trascienda los tiempos y las distancias.

¡Que tengamos el mérito de ser continuadores de las obras de quienes nos precedieron!

Shabat Shalom

Alan Kuchler

 

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