Haftará Pinjas Yrmiahu 1:1-2:3

 

Cuando el zeide Itzjak me pasaba a buscar por casa, el viernes a la tardecita, era señal de que lo iba a acompañar al servicio de kabalat shabat y shajarit al templo de la localidad de Victoria, donde hacía las veces de gabbai.
Una mañana fría, mientras recorríamos las cuadras que separaban el templo de la casa de mi tía (donde pernoctábamos para no viajar en shabat), me contó que se iniciaban los “troierike teg” (los días tristes), que hoy conocemos con el término arameo  tlat depuranuta. Sabemos que la taf (T) aramea se convierte en shin (SH) al hebreo, transformando el tlat en shalosh (tres) y hace referencia a las tres semanas de infortunio que transcurren desde la ruptura del muro de Yerushalaim, el día 17 del mes de Tamuz, y el 9 del mes de Av, fecha de destrucción del templo. Inmediato al término de estas tres inician las shivá denajamuta, las siete semanas de consuelo que concluyen con Rosh Hashaná. Durante estas diez semanas se leerán entonces diez haftarot específicas no relacionadas con la parashá de la semana; asimismo, sabemos que solo faltan diez semanas para la finalización del año.
Una de las funciones del gabbai es, libro en mano, permanecer de pie junto al lector de la parashá con el objeto de corregir  cualquier error en la lectura, ya que eso podría modificar no solo la comprensión de la parashá, sino también  la energía que emana de los textos sagrados.
En cambio, al iniciarse la lectura de la haftará solía tomar asiento en alguno de las ubicaciones a los lados del shulján (la mesa sobre la que se extienden los rollos).
Cuando algún comedido lo increpaba por no corregir la lectura de la haftará, solía concluir la discusión con un terminante “vi a shpigl tzu a blinder” (como un espejo a un ciego). Él insistía en que ya que la haftará surge en el período hasmoneo para reemplazar la lectura de la torá, prohibida  entonces por un edicto de Antíoco Epifanes, y que hoy en día dicho edicto no estaba vigente, la razón de continuar con su lectura era embellecer la mitzvá de estudio de la torá, y por lo tanto su interpretación era un intermedio musical para el disfrute de la comunidad como el que tenemos hoy día, previo a la alocución del rab en el kabalat shabat. Esa afirmación se fundamentaba en que la cantilación de la haftará era por lejos mucho más florida que la de la parashá. Por esa razón, afirmaba, que la interpretación de la haftará debía realizarse conectando visualmente con la comunidad, más que concentrado en el texto y que ese era el motivo por el que se decía leer (leienen) la torá y cantar (zinguen) la haftará.
De hecho, antiguamente la lectura de la haftará era tarea de los bnei mitzvá, y por esa aliá (maftir) se oblaba a la comunidad el doble de las anteriores ya que constituía no solo un honor, sino una oportunidad de distinguir tanto a los padres, por la educación hebrea provista a sus hijos, como a los bnei mitzvá por su pericia en la interpretación de los textos.
Con la lectura de la haftará de esta semana se inician las tres semanas de infortunio, con lo cual dentro de setenta días estaremos festejando Rosh Hashaná.
En ella  Yrmiahu profetiza con poco menos de cien años de anterioridad no solo la destrucción de Yerushalaim, sino la ubicación exacta de los campamentos enemigos durante el sitio.
Y es de aquí de donde surgen las palabras con las que J.F.K. inicia la gesta de Vietnam “pues desde el norte vendrá el mal”.

Shabat shalom,
Dudi Finkielsztein

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